La pelota sigue picando

Ferrari-Iglesias-Privitello, ese triángulo y dos que sigue apostando a defender la familia

24/10/2021 | 06:30 |

Alejandro y Juan Manuel se conocieron cuando vinieron a Bahía a jugar la Liga Nacional por Estudiantes. Hoy son cuñados y dos de sus hijos, Franco y Manuel, participan del torneo local en San Lorenzo y Bahiense del Norte, respectivamente. 

Manuel y Franco, picadito entre primos. Fotos: Pablo Presti y archivo-La Nueva.

 

Por Fernando Rodríguez

Twitter: @rodriguezefe

Instagram: ferodriguez_

(Nota publicada en la edición impresa)

 

   Franco y Manuel tienen varias coincidencias: juegan el torneo de básquetbol local (el primero en San Lorenzo y el otro en Bahiense del Norte). Nacieron en Sunchales, cuando sus respectivos padres jugaban por Libertad en la Liga Nacional, y el apellido materno es el mismo, Privitello.

   El inicio de la historia se remonta a 1993, cuando Alejandro Ferrari y Juan Manuel Iglesias llegaron a Bahía para jugar por Estudiantes.

   “No me llovían ofertas, pero supongo que Tite (Boismené) me habrá visto condiciones”, entiende Ale, quien con 23 años, y proveniente de Buenos Aires, ya había jugado Liga en San Andrés, Ferro y Boca.

   Para Juan, con 18 años, se trataba de su primera salida de Puerto Madryn. Había hecho todas las inferiores en Deportivo y una temporada de TNA (ahora Liga Argentina).

   “A mi viejo (Chato) le encantaba el básquet y mi vieja (Fanny) era más reacia. Siempre me dijeron ‘vos jugás, pero tenés que estudiar algo’. Esa era la condición. Y fui al Juan XXIII”, recuerda el base, que se recibió de Analista en Computación.

Juan Manuel y Alejandro, con la camiseta de Estudiantes.

 

   Tres temporadas consecutivas fueron suficientes para que ambos echaran raíces en la ciudad.

   Ale se puso de novio con Juliana y ese vínculo derivó en otra relación familiar entre Juan y Marianela, la hermana de Juliana. Hoy ambos son cuñados, después de transitar el camino picando la pelotita.

   Además de las tres primeras temporadas en Estudiantes, compartieron una en Regatas de San Nicolás.

   “El nombre de mi viejo está incorporado en el ambiente. De a poco me voy haciendo el mío, pero la figura de él estuvo muy arraigada acá en Bahía, por su paso por la Liga Nacional”, reconoce Franco Ferrari.

   “Me dicen que mi papá –cuenta Manuel- jugaba muy bien, que era explosivo y tenía buen tiro. Yo en realidad lo vi poco”.

Manuel, atacando ante Dottori, está jugando a muy buen nivel.

 

   Las dos familias recorrieron parte del país y –Ferrari- hasta del extranjero con el básquet. Así, Catalina Ferrari (de 18 años, jugadora de vóley de Tiro) nació en San Nicolás, y María Iglesias (15), en Olavarría.

   Bahía fue la segunda salida para Ferrari. Los últimos meses en el servicio militar vendía la guardia, acumulaba días y viajaba a Rafaela para jugar la Liga C por Independiente.

   “Los dirigentes siempre me preguntaban por San Andrés y la Liga. Cuando me fui, me consultaron por un entrenador que pudiera armar una estructura y le recomendé a Gonzalo García (ahora técnico de Boca). Yo ya tenía mi vida independiente, con mi platita y, encima, Buenos Aires no me gusta, por eso no me costó alejarme”, contó Alejandro.

   De todos modos, mirando en perspectiva, reconoce que de volver a tomar una decisión, buscaría otra alternativa.

   “Hoy te diría que fue una locura dedicarme exclusivamente al básquet. Por eso, apoyo a mi hijo cuando prioriza el estudio. Yo con el básquet me tenía fe, y crecí en San Andrés, donde había muy buenos proyectos como

   Cocha, Sucatzky, Lolo Farabello, Leo Diebold... Y entrenadores de primera: Vecchio, Lamas, León...”, destaca.

Alejandro, en una visita a Bahía con Libertad.

 

 Su recorrido incluyó: San Andrés, Boca, Ferro, Estudiantes de Bahía, Estudiantes de Olavarría (2 temporadas), Libertad (3), Gimnasia de Comodoro (una), Regatas de San Nicolás (una), seis años en Italia (Dinamo Sassari serie A2, Massafra C2, Santeramo C2 y Cus Jónico Taranto Serie D) y terminó despuntando el vicio en Velocidad y Pueyrredón.

   “Si bien mi esposa me acompañó a todos lados, reconozco que relegó parte de su carrera. Es profesora de plástica recibida en la universidad. Apostó a la familia y eso lo valoro. Tiene su familia acá en Bahía, habíamos construido una casa y cuando volvimos de Italia decidimos radicarnos definitivamente”, recuerda Ale, quien tiene un negocio de calzado en Ingeniero White.

   Juan, actualmente al frente de una firma de seguros en Madryn, desde que viajó a Bahía se tenía mucha fe con el básquetbol.

   “Yo estaba convencido de que podía jugar en la Liga. El base era Tati (Del Sol) y cuando dijeron que llevaban a (Guillermo) Gallo me agarró una locura, pero bueno, cosas de chico. Después se lesionó Tati, no hice el viaje de egresados porque me llamaron para jugar contra Gimnasia de Pergamino, fui titular y me fue bien. Así empecé”, puntualizó.

   En la A jugó cuatro temporadas en Estudiantes, otras tantas en Regatas, dos en Estudiantes de Olavarría (lo salvó del descenso con un triple en cancha de Ferro) y una en Libertad. En TNA (hoy Liga Argentina): Madryn, San Andrés, La Unión de Formosa (dos) y Ben Hur de Rafaela.

Juan y una clase de postura defensiva y concentración.

 

   Manuel, su hijo, llegó con los mismos sueños, aunque otras expectativas. Perimetral, de brazos largos, con 1m93 puede jugar en diferentes posiciones y hasta de base.

   “Siempre quise venir a jugar acá. Aunque nunca me imaginé que podía llegar, porque es un nivel muy alto comparado con Madryn. Pensaba que iba a jugar solamente en mi categoría y hasta ahí nomás. Pero cuando fui viendo que podía, gané en confianza y me fui animando”, reconoce.

   En cambio, la mirada respecto del básquetbol de su primo Franco es diferente desde hace unos años.

   “De chico me ponía la meta de ser jugador, pero una vez que egresé del secundario reconocí mis limitaciones y la universidad está por encima del básquet –aclara-. Estoy en cuarto año de Historia. Con el básquet me puse como objetivo afianzarme en Bahía y la idea es pelear el ascenso con San Lorenzo”.

   —¿Querés darte el gusto de ser protagonista en Primera?

   —Tuve un buen año en Primera, en 2018, con Emiliano Roldán en Liniers, que me dio mucho lugar y me hizo mejorar con el trabajo paralelo al equipo, por lo que estuve muy agradecido con él. Después tuve un paso corto por Olimpo y cuando me llamaron de San Lorenzo acepté. Me está haciendo bien rasparme en Segunda, para el día de mañana jugar en Primera”.

   Franco fue casi siempre de la mano de su papá, desde que volvieron de Italia, en 2009.

   “Jugué un año en San Lorenzo, me fui hasta Preinfantiles a Pueyrredón, donde dirigía mi viejo, lo seguí a El Nacional (donde estuvo un par de años) y ya en Cadetes me llamó Alejo Agulló para ir a Liniers”, enumeró.

Franco, desprendiéndose del balón. Se amoldó muy bien a Segunda.

 

   Salvando las diferencias de categoría que alcanzaron, Franco entiende que heredó algunas características de su papá.

   “Era un jugador de talla importante para jugar de tres; me identifico con lo que era su intensidad, rebotero, atlético, jugador de equipo, que hacía de todo un poco”, compara.

   Y su papá lo define a él: “A Franco lo veo muy bien, contento, entusiasmado, disfrutando de un torneo durísimo. Tenía una medida prepandemia y al regreso lo noté muy mejorado, en una categoría que le viene muy bien y máxime que suma muchos minutos. Ha incorporado cosas a su juego”.

   Algo similar le sucedió a Juan con su hijo Manuel.

   —Durante la pandemia un día le dijiste a tu papá que la estabas empezando a volcar. Y se sorprendió cuando lo comprobó. ¿Qué pasó ahí?

   —No me di cuenta, pero pegué un estirón. Cuando se supo que el parate iba a ser largo, le metí muchas horas de entrenamiento, era la oportunidad para lograr un cambio físico y de aumentar unos kilos. Hacía gimnasio en casa, salía a correr y algo de básquet en una plaza, porque los clubes estaban cerrados.

María, Marianela, Manuel y Juan Manuel, la familia Iglesias.

 

   Manu estaba a punto. No podía postergar más la decisión de jugar en Bahía, lo cual significó una movida familiar. 

   “A Manuel lo veo con muchas ganas de aprender, deseo e ilusión de jugar. Eso es fundamental. Cuando surgió la posibilidad de que fuera a Bahía lo apoyé, pero no fue fácil”, reconoce su papá.

   Actualmente vive con sus abuelos Roque y Nora Privitello, cursa sexto año en la Media Nº12 y cuando puede, como este fin de semana, regresa a Madryn a recargar las pilas.

   “Un poco se extraña”, confiesa.

Los abuelos Roque y Nora están felices de tener a Manu en casa.

 

   —Tenés una frase en el celular: “Cumple sus sueños quien resiste”. ¿Estás resistiendo?

   —Sí, como debe ser.

   —¿En busca de qué objetivo?

   —En busca de llegar lo más alto posible dentro de las posibilidades. Jugar varios partidos me ayuda mucho. Porque en Madryn jugaba uno por semana, en cambio acá juego tres y termino muerto. Tuve que acostumbrarme a la intensidad y a tirar más rápido. Lo que más me falta es crecer físicamente y mejorar defensivamente.

Franco y Manuel, unidos a una pasión.

 

   Más allá de todo lo que tiene por delante, Manu se está ganando un lugar en el ámbito local.

   “Mi primo me sorprendió”, admitió Franco.

   “Tiene continuidad, hace puntos y está muy bien. Lo importante es que se mantenga. Está en un club con una muy buena estructura y juega en varias categorías”, destacó.
Alejandro, el tío, sigue de cerca a su sobrino, respetando, claro, el lugar que ocupa. 

   “Si me pregunta le digo algo, pero si bien es su primer año en Bahía y está conociendo, trato de no meterme, más allá de acompañarlo. Disfruto de verlos jugar tanto a él como a Franco. Somos muy unidos como familia”, dijo Ale, orgulloso.

   Ferrari-Iglesias-Privitello, con Franco y Manu corriendo por toda la cancha, forman un triángulo y dos para defender lo más sagrado que, más allá de la distancia, supieron construir con los años: una familia muy unida.

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