Un antes y un después

Ugolini, el mensajero de Villa Mitre, hoy siente alivio por la decisión que tomó antes de la pandemia

11/7/2020 | 06:30 |

Ascendió con el tricolor a la Liga Argentina y se bajó. Los 30 años de antigüedad en el Correo Argentino pesaron más que su ilusión como entrenador. 

Ugolini, en el emblemático edificio donde lleva tres décadas trabajando. Fotos: Pablo Presti y archivo-La Nueva.

 

Por Fernando Rodríguez / @rodriguezefe

(Nota publicada en la edición impresa)

 

   Una semana de clases en la Universidad Tecnológica Nacional fue suficiente para que Ariel Ugolini asumiera que Ingeniería Electrónica no era su vocación.

   “No le voy a hacer gastar guita a mi viejo (Rodolfo, en esa época camionero) para algo que no me gusta”, pensó. Y dejó.

   De brazos cruzados no se iba a quedar. Así que estuvo un año trabajando en una casa de materiales de electricidad, hasta que, aprovechando unas vacantes en el Correo, en 1989 se convirtió en mensajero, en la sucursal de Don Bosco 1021.

Ugolini y el clásico buzón del Correo.

 

   Desde ahí arrancaba Ariel todas las mañanas, con su bici o en su Zanellita 50, con los telegramas en el bolso, desafiando al frío, calor, lluvia o viento para entregar, básicamente, notificaciones de despido laboral o pésame por fallecimiento.

   “Abarcaba un sector importante, desde las colonias ferroviarias hasta la rotonda de Colón; Villa Nocito, Bajo Rondeau...”, enumera Ariel.

   Un año mantuvo ese ritmo, hasta que del Correo central pidieron jóvenes con conocimientos contables.

   “Yo había estudiado en la Media Nº3 bachiller contable y me sirvió para entrar en la administración. En junio ya cumplí 31 años”, recuerda.

   Todo ese tiempo invertido y ya con más años trabajados de los que le quedan por trabajar, lo obligó a tomar una de las decisiones más dolorosas de su carrera como entrenador de básquetbol: decir que no dirigía la Liga Argentina, después de ascender con Villa Mitre.

La última gran alegría: el equipo que ascendió a la Liga Argentina, con Ariel como DT.
 

   —¿En qué momento te resignaste por completo?

   —Cuando decidieron continuar con el formato que tenía la Liga Argentina. Ahí se lo comuniqué a los dirigentes.

   —¿Hoy, en medio de la pandemia y con todo parado, te pesa menos la decisión que tomaste?

   —Sí. Porque dirigir la Liga hubiera significado tomarme un año sin goce de sueldo en el Correo, con el riesgo que implicaba al momento de volver.

   —Es decir, lo que ahora le genera sufrimiento a muchos técnicos, curiosamente a vos te trajo alivio.

   —¡Totalmente!

 

***

 

   Ariel tiene 51 años, está casado con María Gabriela Galán y son padres de Giuliana (22) y Bruno (18), también jugador del tricolor.

Los Ugolini: Bruno, Ariel, Giuliana y Gabriela.

 

   Antes del entrenador de básquet existió el Ugolini jugador, que se inició en la cancha descubierta de Kilómetro 5 y a los 11 años pasó a Olimpo.

   “Salimos campeones en Mini B, Mini A y Preinfantiles”, puntualiza.

Olimpo, campeón en Mini A, en 1981. Parados, desde la izquierda, A. De Simón, M. Guariste, E. Jacubavicius, J. Muñiz, M. Barros, G. Bartolomé, R. González y D. Mazza (DT). Abajo: R. Iglesias, C. Spinelli, L. Pérez, S. Errazu, M. Moro, A. Ugolini y C. Gubetta. También jugaron Mariano Grippo, M. Palou y M. Feliú.

 

   La felicidad completa se recortó cuando inició el secundario. Es que las bajas notas que Ariel llevaba a su casa pusieron firme a Norma, su mamá: “Se terminó el básquet”, lo castigó. Y cumplió, sin dudar.

   El tiempo cambió el escenario.

   “Al año siguiente, Eduardo Durando, que era el papá de un amigo (Fabián) y vivían enfrente de mi casa, me insistió con ir a Pacífico”, recuerda Ariel.

   Así, en Castelli y Charlone echó raíces, llegando a Primera, con un paso por San Lorenzo.

   “Como jugador tenía más ganas que talento”, admite.

Pacífico campeón de Segunda 1992. Parados, desde la izquierda, O. Navarrete (masajista), O. Venditti, D. De Mayo, M. Puefil, R. Pasetti, Gustavo Candia, A. Genitti, Gastón Candia, J. Alarcón y M. Crocco. Abajo: F. Petroni, W. Ugolini, J. Montero, A. Salvatori, A. Ugolini, M. Illiana, L. Pombo y C. Martínez. Dt: Carlos Spaccesi.

 

   Y algo de eso vio Jorge Richotti, quien lo invitó a que le diera una mano con la escuelita.

   “Empecé a cambio de un equipo largo que usaba el equipo de Liga, je”, apunta.

   En Pacífico permaneció hasta el año 2000.

   “Pasé por todas las categorías. Vivía ahí adentro. Llegué a dirigir cinco al mismo tiempo, lo cual hoy veo muy mal y, paralelamente, jugaba y laburaba. Una locura”, admite.

   Lo cierto que el tiempo pasó y ese pibe que empezó dirigiendo con más entusiasmo que conocimiento, es el mismo que fue campeón de Primera con El Nacional (una vez), Villa Mitre (cuatro, más el ascenso a la Liga Argentina) y en Segunda con 9 de Julio.

El 9 del ascenso. Parados, desde la izquierda, Ariel Ugolini (DT), Nahuel Rizzo, Alejandro Chotard, Matías Amigo, Germán Rausemberg, Nicolás Renzi, Lisandro Simoncini y Cristian Lambrecht (PF). Abajo: Gonzalo Badano, Fernando Temporelli, Fernando Colletta, Damián Suárez, Francisco Diez y Gonzalo Spikerman.

 

   También cosechó dos títulos en menores con Pacífico y cinco con El Nacional. A todo esto también le suma participaciones con selecciones de Bahía, Provincia y una de Argentina.

   “En El Nacional completé siete años. En 2006 –recuenta– me fui a 9 de Julio y estuve seis años. Ahora llevo nueve en Villa Mitre”.

   —¿Elegís ser jugador o entrenador?

   —Me pasaron mejores cosas como entrenador que como jugador y disfruté en todos los lugares que estuve. Me fue bien en todo sentido. Me gusta ser entrenador y disfruté mucho dirigiendo chicos, pero uno va creciendo y, al revés de lo que debería ser, los clubes destinan más plata para los más grandes que para los chicos. 

   —Al margen de la plata, ¿te gusta más formar equipos que jugadores?

   —Creo que al estar más grande tengo menos paciencia. Igual, siento debilidad por entrenar alguna categoría de chicos. Disfruto ver el crecimiento. Pero a esta altura me inclino por formar equipos, lograr una identidad, tener buenos grupos. Si bien he tenido algunas malas experiencias, en general formé buenos grupos.

   —¿Qué malas experiencias?

   —Por ahí de haber traído algún jugador que por comentarios era una cosa y después fue la manzana podrida. Todo es experiencia. Me gusta mucho hablar con los jugadores.

Ugolini aseguró que le gusta estar cerca de la persona, más allá del jugador.

 

   —¿Cuál es el límite entre el jugador y vos?

   —En el básquet local los jugadores no son completamente profesionales. Acá todos laburan, tienen sus problemas y hay que ser contemplativos. Me gusta estar cerca de la persona. Con algunos logré una amistad a raíz de compartir mucho tiempo.

 

Entre dinero y amor

 

   —¿Tener trabajo afuera del básquet y mantener una estabilidad económica te ayuda a dirigir más tranquilo?

   —Creo que en Bahía solo dos o tres entrenadores pueden vivir del básquet. No es mi caso, aunque tengo esa tranquilidad. Uno dirige porque le gusta y, aparte, es una ayuda económica.

El básquet, sin ser su medio de vida, le significa una ayuda económica.
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   —¿Hoy pesa más tu gusto por el básquet o la plata?

   —Hasta acá fueron ambas. Tal vez, más adelante, cuando mis hijos se independicen, si puedo seguir dirigiendo será únicamente por placer.

 

Acostumbrado a ganar

 

   —Los últimos años aprendiste a convivir con el triunfo, ganando mucho más de lo que perdiste. ¿Cómo imaginás que podrías sobrellevar las derrotas?

   —Este año iba a ser atípico respecto de los anteriores. Teníamos pensado armar algo lindo con seis o siete chicos y cuatro o cinco mayores. Me gustaba esa mezcla de juventud y experiencia. Y, a esta altura, no tengo que demostrarle nada a nadie. Si en el club no me quieren encontraré otro y, de última, no dirigiré. Con esto te digo que hago mi trabajo, no intento demostrar nada.

   —Bueno, pero este respaldo te lo dieron los triunfos.

   —Sí. Siempre tuve suerte en los lugares donde caí, porque hubo buenos grupos y jugadores. No me vuelve loco pensar qué puede pasar si no gano. Este año si estábamos de mitad de tabla para arriba y nutriendo de chicos al equipo de Liga Argentina, hubiese sido ideal. 

 

Detrás del banco

 

   —¿Cómo viviste los primeros partidos de la Liga Argentina desde afuera?

   —Al principio me mordía la lengua, lo sufrí bastante. Inclusive, algún partido no fui, porque me ponía mal. Es que era el mismo equipo del Federal y yo, en vez de estar delante del banco estaba atrás. Aparte, no me podía meter en las decisiones de Lichi (Lisandro De Tomasi), más allá que el equipo fue una pinturita (sic). Pero no ser parte me ponía mal. El peor momento era cuando iban a entrenar, porque yo terminaba con la Primera local y ellos empezaban. Me quedaba un ratito y me iba. Te juro que en un momento los extrañé mucho.

Lisandro De Tomasi, su asistente, tomó las riendas del equipo.

 

   —Esta decisión de haberte bajado de la ruta del éxito que transitabas, ¿puede marcar un antes y un después en tu carrera y, a la vez, cambia el foco de tus objetivos cómo técnico?

   —A lo máximo que podía aspirar era a ser campeón del Federal, porque sabía que no podía dirigir más arriba. Y bueno, debo asumir que no es normal dirigir tantos años, llegar y cuando un club te da la oportunidad no la tomás...

   —¿Qué torneo de los que ganaste con Villa Mitre sentiste más presión?

   —Capaz que el primero, je... Cuando llegué, charlando con Ruben Gallucci en la puerta del club apareció un personaje, se saludaron y Ruben le preguntó cuándo había salido de la cárcel. ¡Yo no entendía nada, je!. Otro día, me hicieron una nota y, lógicamente dije que íbamos tratar de salir campeones y uno me mandó un mensaje: “Ugolini esto es Villa Mitre, acá hay que salir campeón”, je. 

Ariel aprendió a convivir con el mundo tricolor.

 

   —¿Cómo aprendiste a convivir con eso?

   —Nunca había vivido desde adentro la cancha llena y lo que genera la gente, que es impresionante... Te aclaro que en nueve años jamás tuve un problema. Siempre mantuve una excelente relación con la gente. Es muy pasional. 

 —¿Cómo manejás, desde tu lugar de técnico, esta situación con los jugadores?

   —En estos nueve años llamé a algunos jugadores para que vengan, hasta dos o tres años seguidos, pero no aceptaron. Creo que alguno tuvo un poco de miedo o indecisión. Todo lo contrario a lo que me pasó cuando llamé a Bachi Allende, que era odiado en Villa Mitre. Fue una apuesta de ambos. Yo me ponía la gente en contra porque llevaba al ex Olimpo y Liniers, y él iba a tener que convivir con la gente que se había peleado, incluso, con algunos jugadores que no lo querían.

   —Un jugador que odias tenerlo enfrente, pero lo querés en tu equipo.

   —Totalmente. Inclusive, esos jugadores que en principio no lo querían, lo terminaron amando. Son cosas que tenés que vivirlas

Martín Allende fue la principal apuesta que hizo Ugolini dirigiendo Villa Mitre.

 

   —¿En algún momento sufriste o te enojaste por algo que genera esa pasión en la gente?

   —En su momento, con lo que pasó con Huracán de San Justo. Podríamos haber pasado de fase ganando acá. Después, bueno, lo que nos hicieron en Buenos Aires. Y después, lo que hizo Pérfora acá, cuando entró un hincha que ni tocó al jugador de ellos y querían simular un golpe.

   —¿Cuánto te identificás con Villa Mitre?

   —Creo que mucho. Villa Mitre me traslada a la época de Pacífico cuando estuvo en la Liga.

   —¿Pacífico es tu club o después de haber dirigido tantos años afuera perdiste las raíces?

   —Es como que perdí un poco las raíces. 

 

Entre Juan García y el Colo Navallo

 

   —¿Cuánto disfrutás y cuánto sufrís dirigiendo?

   —Soy poco demostrativo. Cuando dirigía menores era más efusivo y temperamental y en El Nacional, una vez Juan (García) me dijo que tenía que estar más tranquilo. Creo que empecé a cambiar a partir de ahí. 

Con Argentina estuvo de la mano de Alejandro Navallo (al medio).

 

   —¿Juan te marcó como técnico?

   —Juan nunca tuvo que estar encima de mí. Sabía que entrenaba y siempre me dejó laburar tranquilo. Eso me marcó. La verdad que hoy, por muchas cosas tomo como referente al Colo (Navallo). Lo aprecio mucho, más allá del básquet. Aparte, le estoy siempre agradecido que me llevó como asistente a dirigir la Selección argentina (Sudamericano de Cadetes, en 1995). Creo que para muchos entrenadores de Bahía hoy es un referente y, en mi caso, un amigo también.

   —¿Sos un técnico conservador, de pisar firme, cauteloso, o más bien de arriesgar?

   —Yo diría exigente. Me gusta mucho entrenar, a veces más de la cuenta. Soy exigente de buena manera, no necesito el mal trato para entrarle al jugador, sí creo en que debe convencerse.

   Las decisiones lo marcaron a Ugolini, tanto en el estudio, el deporte y el trabajo; estas dos últimas pudo conjugarlas hasta que alcanzó determinado nivel. No obstante, ese “no a la Liga” que en principio significó un sufrimiento, la pandemia lo tradujo en alivio.

   En esta vida de prueba y error, Ariel una vez más eligió el camino correcto, algo que hoy le permite vivir tranquilo. Y eso, a esta altura, no es poco...

 

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