Con las herramientas bajo el brazo

“A los 15 años quedé solo, no salí de caño y aprendí a trabajar; ¿por qué no lo iba a hacer ahora?"

4/7/2020 | 06:30 |

Nació en Córdoba y su mamá lo abandonó. Trabajó en la noche y tuvo todo lo malo al alcance de la mano. Dirigió su primer partido junto al Loco Montenegro. Después de 23 años con el arbitraje como medio de vida, a los 55 supo reinventarse. Otro capítulo de una historia de vida dura, a la que el Negro siempre le hizo frente.

Ramallo y su banco de trabajo. Ella, la pelota, siempre a su lado. Fotos: Emmanuel Briane y archivo-La Nueva.

 

Por Fernando Rodríguez / ferodriguez@lanueva.com

(Nota publicada en la edición impresa)

 

   Alejandro escuchó que golpeaban la puerta y salió disparado. Cuando abrió era una señora alta y morocha.

   —¿Vos sos Alejandro?

   —Sí.

   —¿Vos quién sos?

   —Tu mamá.

   El Negro, con sus inocentes seis años, no alcanzó a dimensionar quién tenía enfrente. Dio media vuelta y fue a contarle a su abuela Silvia.

   Las dos llegaron a un acuerdo: encontrarse al día siguiente en la plaza de la esquina. Había temas profundos por hablar.

   A la hora acordada, ellos estuvieron ahí. La otra parte, no. Un desencanto más. O el último.

   “Estuvimos sentados una hora y media. Ella nunca llegó”, recordó Alejandro.

Manos a la obra...

 

   La escasez de recursos económicos y la ausencia de su madre no impidieron que Alejandro creciera sano y envuelto en cariño en su Córdoba natal, aunque le iban quedando sueños por cumplir.

   Por eso, después de cuatro años en Bahía, se dio el gusto de comprarse una bicicleta.

   “A los 14 años tuve mi primer trabajo, como cadete”, contó.

   El Negro caminó derecho apuntalado por la abuela paterna, quien dejó un  vacío muy grande cuando falleció.

   Su papá, que había estado al frente de un local nocturno de calle Soler, armó el bolso y siguió la ruta para Comodoro, donde Alejandro se negó a acompañarlo. Y la relación se rompió.

   “A mi viejo le gustaba más la noche que a Drácula”, comparó, a esta altura, entre risas.

   Tenía solo 16 años. Anduvo de pensión en pensión y básicamente dos personas lo contuvieron: Mary y Beto Reiner. Los padres de Darío, para identificarlos con el ambiente basquetbolístico.

   “Tuve la suerte de que estuvieran cerca”, agradeció.

   Otro que supo acompañarlo fue Hernán Montenegro. Justamente con el Loco debutó arbitrando oficialmente.

   “Fue un partido de Mini, Comercial-Napostá, en White. ¿Cómo me fue? ¡Se armó un lío tremendo! Menos mal que me trajo Oscar Frola (dirigente de Napostá) tirado en la parte de atrás de un Peugeot 404. Y Hernán cruzó para el bulevar, je”, recordó Ramallo.

   Lo cierto es que el Negro empezó a caminar las canchas, tanto como la calle.

Cuando se iba consolidando en el arbitraje. Le entrega la pelota a César Andreoli (Argentino).

 

   Su círculo y “la ayuda de Dios”, como él mismo reconoce, le permitieron aprender a no meterse en problemas.

   “Podría haber caído en la droga, en la delincuencia; tuve todo al alcance de la mano”, admitió.

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   En el trayecto aprendió lo bueno, lo malo, a tener mucho y, también, a quedarse sin nada. Siempre –aseguró– bajo una misma línea: “Preferí salir a pedir, que robar”.

   Con el regreso de su padre de Comodoro y recomponiendo la relación, se le abrieron las puertas de la noche para trabajar en medio de luces de colores, copas, música y un ambiente en el que predominan ciertos códigos. Ahí estuvo cuatro años.

   “Un policía que conocía del básquet me aconsejó: ‘si bien no estás en nada raro, esto no es para vos negrito...’”.

   Pasó el tiempo, se fue ganando su lugar en el arbitraje, comenzó a marcar un estilo, obtuvo la licencia nacional, después la internacional, hasta que en 1997 pitó su primer partido de Liga Nacional: Olimpia de Venado Tuerto-Ferro, con Eduardo D’Atri.

Mirando desde "abajo" al gigante Fernando Varas. El Negro nunca se achicó.

 

   Cumplió 23 años dirigiendo la A, conjuntamente con presencias fuera del país, también recorriendo la argentina en todas las categorías y, siempre, cerca del básquetbol local.

   Su último partido fue el 10 de marzo en Olavarría. Regresó a Bahía y el 14 tenía que dirigir en Plottier con Emanuel Sánchez.

   Ya estaba listo para salir, cuando le avisaron que se había suspendido. El bolso quedó armado. 

   “Pasaron los días y la situación no cambiaba. No podía quedarme sentado”, aseguró.

   En medio de la pandemia, a Ramallo, como a muchos en el mundo, se le abrieron dos caminos: mirar hacia un costado o enfrentar la realidad.

   Sus conocimientos adquiridos en la Escuela Nº1, sumado al trabajo que realizó durante años en Espora y más tarde reparando barcos en YPF, le sirvieron mucho.

   Así, con 55 años, cambió la rutina de trabajo que llevaba hacía 23 años interrumpidos, a excepción de los 311 días que estuvo sin dirigir, tiempo que le demandó recuperarse de la fisura de cadera.

Junto a su compañero de mil batallas y su primer cliente: Raúl Chaves.

 

   “El ‘Colo’ (Raúl) Chaves me impulsó a agarrar la caja de herramientas y salir a trabajar. Fue mi primer cliente. Hago electricidad, gas, agua... Lo que me pidan. El secreto es saber hacer de todo y no matar a nadie”, entendió el Negro.

   “Tengo facilidad y paciencia. A veces –contó– algún cliente se sorprende cuando entro a la casa y me reconoce, porque le parecía que lo único que sabía hacer era dirigir”.

   Alejandro hoy vive con Priscila (23 años), Agustina (15) y Kyara (10), tres de sus hijas. También es padre de Cintia (25) y Ayrton (20).

   “La vida me demostró que todo pasa por algo. Y lo que hoy parece terrible no es tan así”, aseguró Alejandro, que tiene como objetivo comprarse una camionetita para tener mejor movilidad.

   Y si él se lo propone...

   “A los 15 años quedé solo, no salí de caño y aprendí a trabajar; ¿por qué no lo iba a hacer ahora?”, se preguntó.

   La respuesta está en cada mañana, cuando agarra la caja de herramientas y sale a la calle a visitar los clientes, esos que fueron descubriendo el otro lado de este árbitro, el que tuvo capacidad y decisión para saber reinventarse a tiempo.

 

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