Stefano Barba

Nació en Italia, creció en Bahía y el básquetbol, sin imaginarlo, le abrió las puertas de España

1/8/2020 | 06:30 |

Fefo jugó el torneo local en ocho equipos. También estuvo en Corrientes, Entre Ríos e Italia. Tiene 30 años y lleva uno y medio en Cádiz junto a su mujer. Aún es jugador, dirige, es profe y acompañante terapéutico.

Stefano, disfrutando con Anahí uno de sus logros.

 

Por Fernando Rodríguez

Twitter: @rodriguezefe

Instagram: ferodriguez_

(Nota publicada en la edición impresa)

 

   “¿Dónde queremos vivir? ¿En un lugar con playa o con montañas?”. Inmediatamente después de preguntárselo, Stefano y Anahí se miraron y, sin dudar, coincidieron en la respuesta: ¡Playa!

   Ellos venían transitando juntos desde que se conocieron en Saladas, cuando el básquetbol lo llevó a él hasta esa ciudad del interior de Corrientes para jugar en Atlético la temporada 2014-15 del torneo Federal.

   Hoy disfrutan del encanto de la Costa del Sol, en Benalmádena, Cádiz (España).

Día de playa, ideal para relajarse.

 

   “Si bien no fue fácil dejar todo en Bahía y acá muchas veces no tuvimos ni un mango, hoy podemos disfrutar de esto”, cuenta Barba, mientras aprovecha de una tarde libre en la playa.

   Él, profe de educación física y acompañante terapéutico y ella odontóloga, no estaban mal en nuestra ciudad. De todos modos, querían mejorar la calidad de vida. Y entendieron que era momento de probar suerte.

   “No teníamos absolutamente nada. Vinimos a trabajar”, aclara Fefo, quien circunstancialmente nació en San Severino Marche, un pueblito al oeste de Italia.

   Sus padres se habían instalado allí por cuestiones laborales, la experiencia no resultó y regresaron a Bahía, con el bebé de un mes.

Típica acción de Stefano, jugando 1x1 de espaldas.

 

   A los 18 años volvió a Italia, ya como jugador.

   “Estuve dos años en Napoli. Jugué en la serie D y ascendimos con Basket Telese. La segunda –recordó- jugué en Pallacanestro Marigliano, de la C”.

   —¿Fue casi como una aventura aquel viaje?

   —¡Total! La verdad que fue un crecimiento absoluto. Italia me marcó a nivel personal, porque estaba solo, más allá de que conviví con uno de Buenos Aires, un pampeano y un lituano; con este último fue una experiencia de vida fabulosa, que no me voy a olvidar jamás.

   La positiva experiencia de Fefo en Italia fue el faro que mantuvo iluminada su decisión de regresar algún día a Europa.

Walter Herrmann (camiseta blanca) fue de visita al club. Stefano aparece tercero, desde la derecha.

 

   Claro que, en esta oportunidad, con un objetivo diferente, después que Emiliano Massarelli –hermano de Luciano, exjugador de Ferro- quien vive ahí, le pintara un panorama optimista de la situación como para instalarse.

   “Lo último que guardé en mi valija fue la calza y el pantalón corto. No era la idea venir a jugar. Inclusive, el último torneo en Bahía lo arranqué tarde por un posgrado que fui a hacer a La Plata. Acá se presentó la posibilidad de jugar, la aproveché y me abrió una gran puerta a lo social y laboral”, reconoce Stefano.

Fefo, con la camiseta de Los Andes, atacando a Goenaga.

 

Sangre tricolor

 

   Villa Mitre fue el club donde empezó a picar la pelota. Pintaba bien. Integró la Selección bahiense de Preinfantiles y Juveniles.

Juveniles de Bahía, 2008. Parados, desde la izquierda, Oscar Bruni (U), Mario Errazu (DT), Matías Donofrio, Mateo Gaynor, Stefano Barba, Matías D'Elía, Franco Amigo, Luis Badano (D) y Martín Ipucha (A). Abajo, Nicolás Renzi, Germán Ressia, Braian Alonso, Sebastián Susbielles, Matías Martínez, Nicolás Themtham y Marcos Fernández.

 

   Se fue a El Nacional, pasó por Argentino, nuevamente estuvo en Villa Mitre y voló a Italia.

   Tras esa experiencia, regresó y jugó en Independiente, Barracas, Huracán de Villaguay (en Entre Ríos, torneo Provincial), Atlético Saladas (Federal), Alem, El Nacional, Pueyrredón y Los Andes de Punta Alta.

   “Cuando me fui a Italia empecé a ver al básquet de otra manera: había un representante de por medio, un contrato y me daban casa, comida y sueldo. Hasta ahí era un deporte para compartir entre amigos. Lo que más rescato es que me permitió conocer mucha gente”, aseguró.

 

El vehículo

 

   Dispuestos a pagar el derecho de piso en lo laboral y social, Stefano y Anahí encontraron mediante el básquetbol un importante canal de comunicación e inserción.

   “La verdad que se vive una realidad diferente. Llegué a un club (Benalmádena) donde había un dirigente argentino (Matías Jagemann) de Mar del Plata y me abrió las puertas junto al presidente Aurelio Cano. Ascendimos en la primera temporada –aseguró Stefano- y todo se fue facilitando”.

Una copa más para las vitrinas.

 

   —Siempre fuiste un jugador que tuviste que ganarte los minutos.

   —Sí, totalmente. Porque mi altura (1m89) para la posición que juego no me ayuda en absoluto y tampoco soy un talentoso. Siempre traté de ver qué podía aportar al equipo. Soy un jugador que si el equipo no funciona, yo no funciono.

   —Por las referencias sos el mismo jugador de acá, aunque mucho más delgado, ¿puede ser?

   —Sí, sí. Adelgacé muchísimo este último tiempo. Pero sigo siendo el mismo jugador. Todavía no tiro de tres puntos, je. Quizá sí con mayor responsabilidad, porque el equipo es joven.

 

Serán tres

 

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   Con el paso del tiempo, durante este año y medio Stefano y Anahí fueron encontrando estabilidad. Él fue campeón con su equipo, aunque asegura que la próxima temporada la afrontará con otras exigencias y responsabilidades, replanteando prioridades.

   En esa decisión (“ya no voy a cobrar”, apuntó), mucho tiene que ver el nacimiento de su hija, a la que esperan para diciembre.

   Actualmente, Fefo dirige a los Sub 22 e Infantiles. No obstante, está siempre dispuesto cuando surge alguna actividad alternativa.

   “De movida tuve que trabajar con una empresa de decoración que llevaba muebles a diferentes eventos y, ahora, también acepto cuando me llaman los fines de semana”, reconoció.

Rodilla al piso y tabla en mano, Stefano es centro de atención de sus jugadores.

 

   Mientras tanto, gradualmente se fue abriendo camino como entrenador.

   “Arrancás siempre de atrás”, aseguró.

   “Pero es entender –agregó- que se trata del proceso natural para estabilizarte en el lugar que querés estar. Muchas veces tuve que morderme la lengua, pero es así”.

   Su mujer aún tampoco puede ejercer su profesión.

   “La homologación tarda dos años y por ahora tuvo que hacer un curso de auxiliar dental. De todas manera, en un año y medio dimos pasos que no habíamos pensado”, destacó.

 

No es solo pelotita

 

   En medio de todo este proceso de adaptación surgió la pandemia, situación que lo obligó a intentar reinventarse para sobrevivir.

   “Cree una plataforma para adultos y adultos mayores, con el fin de desarrollar actividad física mientras cada uno está en su casa. Y dos veces por semana doy pilates. En Bahía –apuntó- descubrí que la gente mayor no tenía tantas posibilidades de ir al gimnasio. Es un proyecto que está funcionando muy bien. Tengo alumnos de Perú, México, Venezuela y muchos de Argentina”.

   —¿Las puertas se les abren fácilmente a los argentinos?

   —El español está acostumbrado a convivir con argentinos. Tenemos que ganarnos el lugar como cualquiera, pero entramos bien. Además, el argentino tiene una calidez humana superior al europeo y ahí corre con ventaja.

   —¿Cómo recibís las noticias de Argentina?

   —Si bien no somos de mirar mucho las noticias, nos generan un sabor amargo. Acá, con la pandemia la pasamos mal, llegamos a 700 muertos por día y si eso pasa en Argentina, la cosa va a estar muy complicada. Así que, rezamos para que no lleguen a estar como acá.

   —Hablás en pasado. ¿El presente no lo notás tan complicado?

   —Es que, al haberlo pasado tan feo, hoy sentimos que estamos bien. Por ejemplo, ahora estoy en la playa (junto a Santiago Susbielles, otro bahiense y su familia) y hay muchísima gente, cantidad sin barbijos y sin respetar la distancia social. Dicen que en septiembre u octubre puede haber una recaída.   

El verano europeo permite jugar al aire libre mientras se supera la pandemia.

 

—¿Cómo llevan las actividades bajo techo?

   —Cada región autónoma se maneja de forma independiente. Donde estamos nosotros se pueden realizar actividades, siempre cumpliendo con el protocolo. Actualmente estamos trabajando en un campus de verano, en técnica individual, y todos usamos barbijos. Los chicos no pueden jugar uno contra uno y ni hacer partidos.

   —¿Qué secuelas evidencian en los chicos que regresaron a las canchas?

   —Ansiedad en ellos y miedo en los padres. Mucha gente no aceptó participar del campus. Y es entendible, porque son 70 u 80 chicos. Pero los chicos son muy conscientes de lo que pasó y los cuidados que deben tomarse.

   Pasan los años y la experiencia de vida de Stefano sigue directamente relacionada con el básquetbol.

   Como canta Joan Manuel Serrat: “Caminante son tus huellas... El camino y nada más... Caminante, no hay camino, se hace camino al andar...”.

 

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