Historias

Roberto Ojunián, el jugador que creció al lado de las figuras y hasta le ganó al campeón del Mundo

11/7/2021 | 09:05 |

Su época de futbolista. El costo que pagó por irse de 9 de Julio a Olimpo. Jugar con los mejores y “el triunfo” con Bahía ante Yugoslavia.

Roberto, a la distancia, agradeció el homenaje. Su camiseta está en lo alto del Tomás. Fotos: Jano Rueda y archivo.

 

Por Fernando Rodríguez

Twitter: @rodriguezefe

Instagram: ferodriguez_

(Nota publicada en la edición impresa)

 

   La réplica de la 11 de Roberto Ojunián ya cuelga en lo alto del Norberto Tomás, junto con las de otras figuras históricas aurinegras. Con ese número defendió cantidad de veces la camiseta de Olimpo, de Bahía y de Provincia. Hace 30 años que vive en La Plata y se lamenta no haber podido estar en el acto de los 50 años del triunfo bahiense ante Yugoslavia, el sábado 3 de julio.

Dagna recibe el presente que estaba destinado a Ojunián. A su lado, la tesorera aurinegra, Antonella Marchegiani y Alfredo Adrián Monachesi.

 

   “Agradecí mucho a Alfredo Dagna, el presidente del club, porque tuvo la deferencia de insistirme, pero la verdad que no me animé, por la pandemia. Me hubiese gustado –asegura- juntarme con Palometa (Monachesi), con Coco Bruni, a quien hace años que no veo y que fue tan útil para las selecciones; también con el Gordo Cortondo, con quien llegamos juntos a Olimpo...”.

   Ahí, cuando pasó a ser local en el aurinegro, Ojunián empezó a fortalecer su carrera basquetbolística.

   El cambio no fue sencillo, claro. Es que por entonces, la figurita de 9 de Julio ya había ganado cinco torneos: Cadetes Infantiles (‘62 y ‘63), Tercera de Ascenso (’66), Reserva de Tercera (’67) y Reserva de Segunda (’68), además de tres zonales, dos provinciales y hasta un Argentino de Mayores cuando, en 1969, tentado por el dirigente Carlos Lemos dejó sus raíces, sus amigos y, en definitiva, su club, priorizando el crecimiento deportivo sobre lo sentimental.

   —¿Fue traumático alejarte de 9 de Julio?

   —Sí, fue bastante complicado. Era mi club, lo quería, tenía todos mis amigos, los que después dejaron de saludarme.

   —¿Con el tiempo se fue cerrando la herida?

   —Con el tiempo, pero nada fue lo mismo. Algunos no me hablaron más.

   —Fue el costo de la decisión...

   —Sí. Mirá que Elsio Tarabelli, el dirigente más importante que tenía 9 de Julio, era mi cuñado y no me dirigió más la palabra.

   —¡Cómo cambiaron los tiempos!

   —Claaaro... Mi papá (Eduardo) fue presidente de 9 de Julio. Y ni a él le había dicho que me iba.

   —¿Y? ¿Cómo reaccionó?

   —Nunca se metió en esos temas y jamás me dijo nada. En realidad, yo no tenía problemas con nadie en 9 de Julio.

Roberto, defendiendo a Luis Núñez (El Nacional).

 

   —¿Te fuiste en busca de un salto de calidad?

   —Claro. Yo en 9 de Julio jugaba en Segunda y si bien ya estaba en el seleccionado, desde los 18, veía que únicamente con esos partidos no me alcanzaba para mejorar. Y traté de crecer un poco más.

   —El tiempo te dio la razón del cambio.

   —Es que Olimpo jugaba a nivel nacional y hasta sudamericano (fueron terceros, en 1979).

Con los mejores

   Con el aurinegro, Roberto cosechó ocho títulos locales, tres en la provincia y uno a nivel nacional.

   —¿Cómo fue abrir la puerta del vestuario de Olimpo, el cual, imagino, imponía un respeto absoluto?

   —Lo que pasa que yo los conocía de la Selección. No sentí tanto la transición. Pero claro, te imaginás lo que era entrar y encontrarte con tipos como el Negro De Lizaso, Lito...

   —¿Si no tenías personalidad era difícil entrar?

   —Y, era medio difícil. Por eso Jorge (Cortondo) brilló, porque su personalidad no permitía que lo pasaran por encima. De todos modos, eran jugadores que te ayudaban constantemente, te alentaban. Si bien los tres, incluido Beto (Cabrera) fueron unos fenómenos, a nosotros nos necesitaban, porque éramos quienes se la pasábamos.

Regreso triunfal. Cabrera, Monachesi, De Lizaso, Ojunián y Adolfo Scheines. Atrás, Bill A. Brusa.

 

   —Ustedes, los de segunda línea, los ayudaron. ¿Cuánto te favoreció en tu crecimiento compartir equipo con ellos?

   —Cuando jugás con los mejores naturalmente crecés. Por eso nadie desentonaba. En la Selección, por ejemplo, se sumaba Raúl López, con una tremenda personalidad, y aportaba. En cambio otros, a pesar de tener talento, no los ayudaba el carácter para estar al lado de ellos. En mi caso, nunca recibí un reproche.

   —Puede haber sido porque de movida te hiciste respetar.

   —Puede ser. Eso sí, cuando el que defendías te metía 20, en el vestuario tenías que aguantarte las cargadas, je, pero más que nada lo hacían como incentivo.

   —¿El perfil del jugador de Olimpo se emparentaba con lo que transmitía la Selección?

   —Sí. Bueno, Beto, que venía de Estudiantes, era un fenómeno; Raúl Alvarez cuando se ponía la camiseta de Bahía se transformaba; Alvarez Rojo rendía... Era el empuje de los mejores y, también, lo que transmitía la tribuna. Eso era espectacular.

   —¿Te movilizaba?

   —¡Seee...! Te llevaba para adelante como loco.

Un clásico. Roberto, defendido por Alvarez Rojo. Observan Cortondo, Jaime Scheines y Beto Cabrera.

 

   —¿Lo que transmitía la gente hizo que te mandaras alguna de la que te arrepentiste?

   —Je. En un Estudiantes-Olimpo se armó una batahola en la tribuna. Estaba peleándose Chiquito Lliteras, en la volteada entró Carlitos Lemos y subimos a pelearnos con todos. ¡Se armó un lío! Después fuimos todos presos. La policía me fue a buscar a casa al día siguiente. Le dije a mi señora “quedate tranquila, ahora llamo a Carlitos y en 10 minutos estoy afuera”. Cuando llegué al patrullero, él también estaba detenido, je. Todos al calabozo.

   —Otros tiempos...

   —Totalmente...

El DT que "no fue"

   Roberto tiene 73 años, disfruta en La Plata de Felipe, su nieto de 3 años y de su hija, Valentina (42).

   En la ciudad de las diagonales trabaja con Mario, su hermano, en una empresa de medicina laboral. Y si bien perdió vínculo directo con el básquetbol y viene poco por Bahía (acá tiene a su hermana Norma), los recuerdos permanecen vivos en él. Así y todo, durante la charla se llevó una sorpresa.

   —El Lungo Brusa tenía una foto en su casa, arriba del televisor, en la que estaba un quinteto que, según él, era al que más cariño le tenía: Cabrera, Fruet, De Lizaso, Ugozzoli y vos. ¿Lo sabías?

   —¡Mirá! La verdad que me estás dando una grata sorpresa. Me acuerdo de esa foto...

   —El Lungo, como técnico, era un buen formador de grupos, ¿no?

   —Tenía la virtud de juntarnos a todos. Lo quería con locura a Fruet y se llevaba muy bien con Beto. Él entendía que la mejor preparación era un entrenamiento y tres asados. A pesar de no tener los conocimientos de otros técnicos, él nos conocía como personas y nos sacaba lo mejor. En mi caso tuve la suerte de tener a (Carlos) Danussi en la Selección y a Tite Boismené, de quien fui ayudante en la Liga.

Tite le da aire a Ojunián. Etapa de jugador, con un DT que lo marcó.

 

   —Claro, en la Liga ‘85. Y en la ’90, también en Olimpo, reemplazaste a Paquito Alvarez, sumando 14 triunfos y 15 derrotas.

   —Ese equipo teníamos a Terry Coner, Manuel Forrest, Claudio Severini, Diego Grippo...

   —Martín Ipucha...

   —Sí, Martín. ¡Un fenómeno! Había que estar vigilándolo, jajaja.

   —¿Tu figura de técnico nació cuando Tite te pidió que lo acompañaras o tenías intenciones de dirigir?

   —Hice algunas cosas, fui dos o tres años a dirigir a Pigüé. También estuve en Macabi, pero no era algo que me enloquecía. Después, me gustó dirigir la Liga y nos fue bien, pero Olimpo no me renovó. Ya me vine a La Plata, estuve dos años en Gimnasia y también en Unión Vecinal. Y no dirigí más.

   —Tu retiro como jugador fue en Independiente, con un equipo que excedía la Segunda división local.

   —Nosotros (Santini, Monachesi y él) jugábamos siempre en serio. Veníamos de Olimpo y salíamos a ganar y los más chicos se contagiaron.

Independiente, campeón de Segunda 1984. Parados, desde la izquierda, Fernando Rabbione, Ricardo García Casal, Roque De Pasquale, Víctor Duckart, Guillermo Llorens y Luis Vignatti. Abajo: Roberto Ojunián, Héctor Santini, Eduardo Goyeche, Alfredo Monachesi, José Rodríguez y Gustavo Márquez.

 

  El 5 de Liniers

   Roberto vivía en calle Mendoza 999 y pasaba a diario por Charlone y 9 de Julio cuando iba para Liniers, donde jugaba al fútbol.

   “Un día –recordó- estaban entrenando, entré, me apoyé en la baranda y, como era alto para la edad que tenía (12), me preguntaron si quería sumarme. Y así empecé”.

   Hasta los 17 jugó al fútbol, de 5. Un día se enojó y dejó.

   “Me habían citado para un torneo nocturno de Primera y hasta jugué un partido", recordó.

   "Al siguiente, le dieron camiseta a los otros pibes que estaban conmigo y a mí no. Entonces -admitió- me fui y no volví más. Me fue a buscar (Arnaldo Lieja) Castelli y algunos dirigentes, pero me decidí por seguir únicamente con el básquet".

    Su primer técnico en 9 de Julio fue Néstor Radivoy.

   “Después tuve a Luis Lasdica, que fue quien me enseñó, con toda la paciencia, los fundamentos. Vivía adentro del club. La primera cancha de 9 de Julio en la que jugué era de tierra, ¿te la imaginás?", consultó.

Momentos

   —¿Qué recuerdo más claro te quedó con Olimpo?

   —Cuando salimos campeones Argentinos en Santiago del Estero (1978). Nosotros sin extranjeros, ellos sí y con Tola, Raffaelli, Romano... Casi Selección argentina. Y nosotros éramos Monachesi, Cabrera, Meschini, Jorge, yo... ¡Y les ganamos! Otro fue el Sudamericano de clubes, en Isla Margarita.

Su primer Argentino, Paraná, 1967. Arriba, desde la izquierda, Héctor Barreneche, Alberto Galliadi, Atilio Fruet, Osvaldo Goizueta, Gorrasi y Alberto Cabrera. Abajo: Carlos Ferraris, José I. De Lizaso, Norberto Tomás, Roberto Requi, Miguel Chicharro y Roberto Ojunián.

 

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   —¿Cuál de los cuatro títulos Argentinos con Provincia te marcó más?

   —El que se jugó en el Luna Park (1972). El Flaco Fruet fue tarde (en reemplazo del lesionado Ugozzoli) y no lo dejaron jugar. Le ganamos a Capital (64-57) y fue un disfrute importante. En su momento teníamos pica con ellos, pero con la prensa, que no nos daba pelota y ganábamos todo, no con los jugadores. Entonces, ese torneo fue como una descarga.

   —¿Y con Bahía, más allá de los 13 títulos, que llevás grabado a fuego?

   —Y... Haberle ganado a Yugoslavia, que era campeón del Mundo. Yo tenía 23 años.

   —¿Se te vienen imágenes?

   —Recuerdo, más que escenas del partido, la reacción de la gente cuando se dio cuenta que ganábamos. Ya no teníamos a Beto, pero estaba el Negro y Jorge.

   —¿Te sentías gigante en ese momento? ¿Cambió algo en vos?

   —Nosotros no sé si nos dábamos cuenta de lo que hacíamos en ese momento. En Bahía digamos que éramos famosos, pero al otro día había que ir a laburar como cualquier ciudadano. Nosotros teníamos los pies sobre la tierra.

Con la camiseta de 9 de Julio, Olimpo, Bahía y Provincia.

 

   —Del pibito que empezó en 9 de Julio, al jugador ya formado que integró el equipo que le ganó al campeón del Mundo, ¿cómo fuiste viviendo la manera en que se potenció y transformó el básquetbol en la ciudad?

   —El primer torneo Argentino que me tocó ganar, en Paraná (1967), cuando llegamos a Bahía no se podía creer cómo nos recibieron en el teatro Municipal. El periodismo, que nos ayudó muchísimo y la gente, se sentía identificada. En 9 de Julio hasta me recibieron con una autobomba. ¡Tenía 18 años! A partir de eso, los clubes de Bahía trabajaron muchísimo y todos los chicos querían jugar al básquetbol. Y eso fue creciendo y siguieron saliendo jugadores, como estos monstruos de Pepe, Manu, Montecchia... Fue maravilloso. Aquello considero que fue la semilla.

   Pasaron más de 50 años y el básquetbol bahiense siguió fortaleciendo sus raíces con jugadores como Roberto Ojunián, inclusive, varios fueron mejores. Eso sí, con la diferencia que él figura entre el puñado de privilegiados que se dieron el gusto de ganarle, con Bahía, al campeón del Mundo. ¡Salud!

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