Más allá del silbato

Javier Sánchez: “Me gusta más el fútbol que el básquet”

22/8/2020 | 06:30 |

Uno de los mejores árbitros de la ciudad explicó la presión que siente dirigiendo en Bahía. También contó, entre otros temas, la particular relación con su padre y la causa por la que lleva 20 años sin prenderse en un picadito. 

Fotos: Emmanuel Briane y archivo-La Nueva.

 

Por Fernando Rodríguez

Twitter: @rodriguezefe

Instagram: ferodriguez_

(Nota publicada en la edición impresa)

 

   En Coronel Suárez, la ciudad que ya lo adoptó como un hijo, Javier sabe que siempre encuentra ese abrazo del alma. La eligió, esta vez, para radicarse durante gran parte de la pandemia.

   “Fue para estar más tiempo con mi familia, ya que después de cumplir con la cuarentena podía hacer en Suárez lo mismo que en Bahía. Estuve con mi hijo (Felipe, de 8 años), en busca de afectos y cariño, lo cual hace muy bien”, explicó.

Ana María, Martín, Karina, Javier y Felipe disfrutaron la cuarentena en familia.

 

   Allí vive su mamá Ana María, su hermana Karina y sus sobrinos Martín (basquetbolista de Deportivo Sarmiento) y Javier  (gran jugador de golf). En síntesis, su familia, porque el restante integrante, para Javier, nunca estuvo.

   “¿Mi viejo? Por ahí anda...”, ironizó.

   El silencio en la charla hizo ruido. Se generó un vacío. Faltaba esa parte que hoy Javier aún no puede confirmar si la borró completamente.

   “Cuando tenía dos o tres años mis viejos se separaron y nunca se generó un vínculo padre e hijo. En algún momento –aclaró- tuvimos un acercamiento, pero sin vínculo paternal”.

   —¿Esto pudo haber moldeado un poco tu personalidad?

   —Puede ser, por la ausencia de la figura paterna. De hecho, el vínculo que tengo con mi hijo es excesivo. Paso con él todo el tiempo que puedo. Asumo que ese exceso puede ser un error de mi parte, pero es lo que a uno le nace. Eso está relacionado con la carencia de la imagen paterna que tuve durante mi niñez. 

   —¿El ejemplo de tu mamá y la ausencia de tu papá te hizo crecer más rápido?

   —Sin dudas. Mi vieja laburó toda la vida para que no nos faltara nada, pudiéramos estudiar y hacer deporte. Con mi hermana, cuando tuvimos edad empezamos a generarnos nuestros ingresos para sacarle una carga económica a ella.

   —¿Todo esto ya lo naturalizaste?

   —Yo no noto nada, lo cual no significa que conviva con algo y que, alguna vez, necesite trabajarlo. Hasta ahora, y ya tengo 42 años, en ningún momento me hizo ruido o viví situaciones en las cuales me dijeran “che flaco, trabajá esto...”. Creo que lo de mi viejo ya lo asimilé como algo que nunca tuve. 

 

¡Qué jugador!

   El nivel arbitral de Javier es muy diferente al que mostró en su etapa como jugador.

   “Era muy limitado. Eso sí –aclara-, siempre fui muy entusiasta, je”.

Testimonio. Javier, entrando en calor previo a un juego con Bahiense.

 

   Jugó en Bahiense del Norte hasta Juveniles.

   “Pasé por todas las categorías B, je. Obviamente, en la A había otros que jugaban mucho mejor que yo”, admitió.

   Confesó, además, que cantidad de veces recibió faltas técnicas. Acaso, porque su personalidad lo traicionaba.

   “Era verborrágico y, encima, me gustaba el tema de las reglas; a los árbitros los molestaba con eso, pero me llevó a generar buena relación con ellos”, aseguró.

   Para tener un billete en el bolsillo y darse algunos gustos, paralelamente hacía planilla y reloj. Pasaba mucho tiempo en Salta 28.

   —¿Te sentís identificado con Bahiense?

   —No, es un club más para mí. De hecho, mucha de la gente que está hoy ni sabe que jugué ahí. 

   —¿Y cómo te metiste en el arbitraje?

   —Cuando dejé de jugar me invitaron al Colegio y me gustó.

   —¿La falta de árbitros favoreció a ese grupito que integrabas para que los promovieran rápidamente?

   —Empecé a los 18 años y antes de cumplir 20 ya dirigía Primera. Fuimos afortunados, junto con un grupito, de incorporarnos al Colegio cuando el más joven era Pablo Mercado, con 28 años. Por eso tuvimos más posibilidades de las que tiene actualmente cualquier chico. Además, nos perdonaban y nos aceptaban un montón de cosas que nos permitieron aprender y desarrollarnos.

 

El profe que no fue

   Javier estudió hasta tercer año de Educación Física y guardavidas. Dejó la carrera porque necesitaba trabajar y no le coincidían los horarios.

   Durante 15 años trabajó en un gimnasio y hace cuatro años que decidió apostar todo al básquetbol.

   “Desde que empecé a dirigir la Liga, los viajes me impedían compatibilizar las dos actividades, por eso tuve que decidir –señaló- y elegí el arbitraje”.

Entre las estrellas. Campazzo, Vildoza, Herrmann y, atrás, Sánchez.

 

   Ya afianzado en la élite, después de consolidarse en la Liga Argentina, también buscó alternativas fuera de la cancha.

   “El año pasado hice el curso de productor de seguros y ahora es lo que me está ayudando a cubrir los gastos fijos. Pero estoy empezando. La idea es tenerlo como un complemento del arbitraje. Pero actualmente soy uno más que la está pasando complicada”, admitió.

   Al respecto, recordó que la inclusión de otro árbitro en cada partido de Liga lo sintió en lo económico, más allá de la mejora en lo deportivo.

   “Con el ingreso del tercer árbitro tuvimos que ceder algunas cosas desde lo económico –señaló-, aunque nos sentimos gustosos de que más chicos tuvieran la posibilidad de dirigir”.

   —¿En el mayor reparto de designaciones no tienen más partidos?

   —No. La estadística indicaba que se incrementaban tres o cuatro partidos, lo cual no hacía la diferencia en lo económico.

Javier, Daniel Rodrigo, Dante Laveneziana (comisionado) y Alejandro Chiti.

 

   —Con esta metodología de tres árbitros, ¿se diferencian bien el uno, el dos y el tres?

   —Yo creo que el uno está bien marcado. No así los dos y los tres.

   —¿Qué hay que tener para ser uno?

   —Experiencia, conocimiento, años... Los número uno tienen 10, 12 o 15 años en la competencia y nosotros, en cambio, cuatro o cinco. Hay procesos, etapas, asimilaciones y maduración que solo te lo da el tiempo y dirigir. Es un proceso evolutivo, como el que llevó a cada árbitro a ser uno en su ciudad o federación.

   —Más allá del reglamento, ¿qué se aprende de los árbitros más grandes?

   —Quienes tenemos la posibilidad de estar con árbitros de élite aprendemos cómo manejan las situaciones, la empatía que tienen, cómo se reconstruyen...

   —¿Cómo?

   —Muchos se reconstruyen en base al básquet moderno, en cuanto a mecánica y situaciones. Tomo como ejemplo a Pablo Estévez: si dirigiendo de una manera llegó a la final de los Juegos Olímpicos y hoy adapta su arbitraje para dirigir Liga Nacional, ¿cómo no lo vamos a hacer los más jóvenes?

   —Me imagino que también observarás lo que no hay que hacer.

   —Como en la vida misma.

   —¿La toma de decisiones, el ser valiente -lo cual no significa ser menos temeroso- y el coraje te lo dan los años, se trabaja o viene con la personalidad?

   —Tiene mucho de impronta personal. Obviamente que después, la aceptación que vos tenés a través de los años te da respaldo para tomar determinadas decisiones. Pero aquel árbitro joven que tiene impronta de tomar decisiones, lo va a hacer por más que sea novato en la competencia. Eso va en la esencia individual. 

   —¿Cuál es tu fuerte como árbitro?

   —Los árbitros que nos desarrollamos en Bahía tenemos la suerte de estar en una competencia que, por su exigencia, nos forma con una personalidad y temple particular. Convivimos constantemente con la presión. Nosotros dirigimos partidos locales que a veces son muchos más intensos y generan más presión que algunos de Liga Nacional.

   —Y rodeados de gente a la que te cruzás por la calle la mañana siguiente.

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   —Exactamente. Te encontrás a la vuelta de tu casa con la gente que la noche anterior te estaba presionando.

   —¿Eso te condiciona?

  —No. Nunca sentí condicionamiento. Pero insisto, una de las mayores virtudes de los árbitros que nos desarrollamos en este medio es la fortaleza en la personalidad, el hecho de ser fríos en las tomas de decisiones, el no ser emocionales...

   —Antes eras de reaccionar más rápido. ¿Lo mejoraste?

   —¡Sí! Antes era más reaccionario, más vehemente, no medía las consecuencias...

   —¿Propio de la edad?

   —Puede ser propio de la juventud... No sé si estábamos preparados emocionalmente para dirigir Primera con dos años de arbitraje. Y eso, por ahí te lleva a subirte a un caballo que no te corresponde, sentirte mucho más importante de lo que sos, o perder el foco del lugar que ocupás. Ahora, si con 24 años dirigiendo Primera no asimilé el lugar que ocupo, evidentemente no entendí nada.

 

Convivir con el error

   —¿Cómo se procesa internamente una buena o una mala noche arbitral?

   —Nosotros sabemos cuándo cometemos un error. Llega un momento en el que aprendés a convivir con el error porque es parte del arbitraje. Obviamente que cuando llego a mi casa analizo lo que me pasó, me fastidio, me pongo de mal humor y, cuando he tenido partidos malísimos, hasta pasé dos días sin querer hablar con nadie.

   —¿Lo reconocés?

   —Es que tampoco voy a salir a pedir disculpas, porque el más interesado en que a mí me salga bien el partido soy yo mismo. Soy al único que quiero beneficiar en un partido, porque pretendo seguir dirigiendo hasta la final. Soy así. Es más, por mi personalidad, discuto permanentemente con Emanuel Sánchez cuando en el torneo local hay un partido que considero el más importante de la fecha y me da otro.

   —¿Para vos tendrías que dirigir siempre el partido más importante de la fecha?

   —Sí. Y cuando no pasa me enojo. Así me lo exige mi personalidad. Es porque siempre quiero elevar mi nivel de exigencia, no por considerarme indispensable.

Javier, en el medio, acompañado por Mauro Reyes y Emanuel Sánchez.

 

   —¿En qué momento el árbitro confunde personalidad con soberbia?

   —Mi experiencia personal me indica que ponerme soberbio, pedante o altanero significaba propia inseguridad. Y por inexperiencia, desde ese lugar quería imponer algo que ni siquiera yo estaba seguro que había sancionado bien. Hoy no es que asimilo todo, sí tengo más seguridad y convencimiento de las decisiones que tomo, lo cual me da la posibilidad de acercarme o responderle a quien me consulta. En otro momento, mi propia inseguridad quería contrarrestarla con soberbia o altanería.

 

Monumental

   —¿Tu hijo juega al básquet?

   —Juega al fútbol en la academia de Don Bosco, que es cien por ciento recreativo. Empezó a jugar en Bahiense porque su mamá vive cerca. Fue tres o cuatro meses, pero siempre que tenía que ir a básquet le pasaba algo. Y un día le pedí que fuera sincero: “Papá, a mí  no me gusta jugar al básquet, yo solo fui porque quería darte el gusto y jugar en tu club”, me contestó. Es futbolero. Su habitación, de todo lo que tiene, parece el Monumental. Es fanático de River. En mi casa se mira más fútbol que básquet.

   —¿A vos te gusta el básquet?

   —Muy buena pregunta... Me gusta más el fútbol que el básquet. Disfruto mucho más del fútbol que del básquet. Si hay un buen partido de fútbol y otro de básquet por televisión, miro el fútbol.

   —¿Nunca jugaste?

   —Jugaba con amigos, era muy rústico. Pero dejé de hacer deporte en conjunto cuando empecé a dirigir en Primera. 

   —¿Por qué?

   —Porque si me lastimaba iba a traerme problemas en mi trabajo. El clic lo hice jugando un partido de básquet en cancha de Velocidad con otros árbitros. En un momento me caí y entendí que si me lesionaba no podía dirigir. Desde ese momento nunca más jugué. Y ahí empecé a meterme en el gimnasio. Hace 20 años que no juego un partido de nada.

Con la pelota de fútbol Javier hace su juego.

 

   —Los árbitros de básquet cuando miran un partido observan más a sus colegas que a los jugadores. ¿En el fútbol a quién mirás?

   —En el fútbol miro a los jugadores. A los árbitros a veces los puteo un poco, je.

   —¿Superaste el problema en las piernas?

   Tengo una insuficiencia venosa que lo voy a llevar conmigo toda la vida, pero uso medias de comprensión. No me limita en nada. Lo único que me pide el médico es actividad aeróbica.

 

"Soy muy nuevo"

   —¿Qué aspiraciones tenés a nivel arbitral?

   —Mis aspiraciones pasan por afianzarme en la Liga, establecerme como segundo árbitro fuerte y pasar a ser primero. Tener el consenso para que alguna vez en la Liga digan: “Si lo cobró Javier está bien”.

En las canchas muchos confunden a Javier con Silvio Guzmán (foto).

 

   —Hoy todavía sos el pelado desconocido al que confunden con Silvio Guzmán, je.

   —Tal cual, je. Hoy muchos se acercan y no saben ni mi nombre. Es tiempo. Yo soy muy nuevo.

   —Respetás más al jugador y al entorno que ellos a vos.

   —Totalmente de acuerdo. Son etapas. No puedo pretender tener con un jugador el mismo diálogo que tiene un compañero que lleva 20 años en la Liga.

   —¿Un partido inolvidable?

   —Tengo más en el TNA que en la A, porque ahí me sentía más cabeza de ratón y ahora soy cola de león. Los ascensos de Quilmes en Once Unidos; el cuarto partido final de Estudiantes-Comunicaciones, en Olavarría... El Final Four de la A fue una muy buena experiencia... O dirigir San Lorenzo-Instituto...

Dirigiendo un partido de Argentina, con Campazzo y Scola. Un lujo.

 

  —¿Rendís examen en cada partido de Liga y a nivel local es diferente?

   —No. En el torneo local siento más presión que dirigiendo en otro nivel. Acá, con el tiempo te van observando y midiendo porqué estás dirigiendo más arriba. Pero es mi forma. No me gustan las cosas a medias. A veces algunos compañeros me dicen que respeto demasiado y lo que yo hago es respetarme a mí mismo. Por eso, en el torneo local dejo la piel.

   Javier Sánchez, con sus aciertos y errores, actualmente es uno de los integrantes del podio del arbitraje bahiense. Y si bien excede el nivel local, su esencia hace que afronte cada partido, donde sea, como un desafío personal. Ojalá que nunca la pierda. Ese día, seguramente será momento de colgar el silbato...

 

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