Sus raíces, el éxito, la vida misma...

Néstor García en Bahía: "Los argentinos tenemos que estar muy orgullosos de Pepe Sánchez"

18/10/2020 | 06:30 |

Después de mucho tiempo, el entrenador volvió a caminar por las calles de la ciudad. Disfruta del Dow Center y de Bahía Basket. Su futuro es incierto. Lo más importante, puede estar cerca de su mamá.

El Che y Pepe están disfrutando una experiencia diferente. Fotos: archivo-La Nueva.

 

Por Fernando Rodríguez

Tuitter: @rodriguezefe

Instagram: ferodriguez_

(Nota publicada en la edición impresa)

 

   Néstor no parece ser el mismo Che García de siempre. Se acuesta y se levanta muy temprano, camina, va descubriendo calles desconocidas después de tantos años alejado de la ciudad. Y se mete cada mañana en la cocina de Bahía Basket, que funciona en el maravilloso Dow Center.

   “Encontré un lugar increíble para este momento de mi vida”, asegura.

   El foco lo tiene ahí, su máxima atención en Hilda, su mamá.  Esa mujer a quien hoy, en su día, después de muchos años saludándola a la distancia, la siente tan cerca como lejos a la vez.

Esa sonrisa espontánea del Che y la complicidad de Hilda, su mamá.

 

   “Al no estar mi madre en mi casa, me encontré con Bahía Basket –destaca-, donde me dan la posibilidad de distraer mi mente, mantenerme en forma, sentir respeto, energía de los chicos y tener largas charlas con Pepe”.

   —Un vínculo que, como nunca, hasta les permite compartir la cancha.

   —Es súper productivo. Y eso, en este momento, en el cual no estaba preparado para lo de mi mamá, fue una válvula de escape. Y los pibes son increíbles conmigo. 

   Néstor –padre de Tomás (28 años, Licenciado en Gobierno y Relaciones Internacionales y vive en Nueva York) y Macarena (arquitecta, 26 años, radicada en Buenos Aires)- está metido en su burbuja cotidiana.

Macarena y Tomás, los orgullos de Néstor.

 

   El intenso y profundo ritmo basquetbolístico que habitualmente lleva, esta vez contrasta con lo relajado que pasa sus días en Bahía, cerca de su mamá y aguardando alguna posibilidad laboral. El equilibrio justo.

   “Me acuesto a las nueve o nueve y media de la noche. Me duermo para no pensar el tema de mi mamá –confiesa-. Me levanto a las siete, tomo mate, miro las noticias y arranco a caminar unos 10 kilómetros hasta el Dow. Me pasa a buscar Facundo Tabares (coordinador metodológico), que es un crack, caminamos por ahí afuera 45 minutos o una hora y me meto en la práctica”.

   —Desde que dirigiste por última vez a Estudiantes (temporada ‘91-92) que no permanecías tanto tiempo en la ciudad.

   —Jamás.

Néstor junto a Espil, El Búho Arenas, Jorge Faggiano y Hernán Montenegro, rodeado de chicos que hoy ya son grandes. Hace 19 años. Desde esa época de Estudiantes que el Che no se instalaba en Bahía.

 

   —¿Volviste a las raíces y a sentirte bahiense?

   —Salgo a caminar y veo en todos los patios aros de básquet. Esto es increíble, fabuloso. Soy muy bahiense y discuto con todos por defender lo nuestro. Eso sí, hay cosas que no entiendo, por ejemplo, cómo la foto de Fruet, Cabrera y De Lizaso no está en un lugar destacado de la ciudad. O que en la rotonda de entrada al Dow Center no haya una referencia de los tres campeones olímpicos...

   —Ufff... Un reclamo que está escrito acá mismo hace tiempo...

   —¡Es increíble!

 

Olimpo, su casa

   Néstor nació el 11 de enero de 1965, el día que la Asociación Bahiense de Básquetbol cumplía 36 años. Creció en Olimpo, donde pasó casi más tiempo que en su casa, mientras el Rafa, su papá, atendía la cantina.

   El Che es el mismo que armó el bolso a los 23 años, vivió en nueve países y dirigió cinco selecciones nacionales de distintos países. Único.

Año 1979. Olimpo, subcampeón de Infantiles. Parados, desde la izquierda, Jorge Martínez (DT), Néstor García, G. Calmens, A. Sarachaga, A. Ávalos y J. Perrín. Abajo: D. Seijas, J.M.López, C. Ruesga, A. Santini y M. Ambrossi.

 

   “Me crié –recuerda- escuchando lo que hablaban Cortondo, Ojunián, Monachesi, Tito (Santini), los Allende (Daniel y Marcelo)...”.

   Curioso, intrépido, atrevido y soñador, Néstor salía del colegio Ciclo Básico, se metía en el club, entrenaba con su categoría y las mayores, ilusionado después con que la Primera tuviera cantidad impar de jugadores.

   “Si eran 11 faltaba uno para las parejas de tiro y si eran 9 esperaba que Tite Boismené me llamara para completar. Eso sí –aclara- me cagaban a trompadas...”.

   —¿Qué aprendiste metido entre los grandes?

   —Eran tremendos. Lo que aprendí lo estoy percibiendo ahora: los chicos de Bahía Basket que vienen del básquet de Bahía tienen esa cosa de “me peleo, te pego, me importa poco quién sos...”. ¿Me explico?

   —¿A qué atribuís esa impronta?

   —Me parece que el mundo ha cambiado. Los jóvenes tienen otra manera de comunicarse. Y hasta creo que si el Lungo Brusa se despierta se desmaya. Pero dejó cosas como todos, que tienen que ver con ser competitivos.

   —¿Qué es ser competitivo?

   —No tener miedo a perder ni a ganar. Dar el máximo y quedarte tranquilo. Me parece que pasa por ahí lo del básquetbol de Bahía. 
Néstor piensa cada respuesta, profundiza, escarba. Siempre tiene algo más para decir.

   “Acá el básquet tiene identificación”, resalta.

   Y lo enlaza con un increíble recuerdo del Preolímpico de Puerto Rico, en 2003, donde fue en representación de Uruguay.

   “Entre los vestuarios me crucé con Popovich (DT de los Spurs) y cuando le dije de dónde era se sorprendió: ‘¡¿Otro más de Bahía?!'. No sé si en Bahía somos muchos, sí somos referentes”, comparó.

Néstor y Oveja, dos bahienses de Selección.

 

   Y respaldó con otra situación que vivió con Sergio Hernández.

   “El Oveja es dos años mayor que yo. Él dirigía la Reserva de Villa Mitre y yo jugaba en Olimpo... En la final de América (2015, en México) estaban todos los NBA y los dos pibes que nos habíamos criado en Bahía nos enfrentábamos en la final”, resaltó.

   “Y en el último Mundial –agregó- éramos cuatro entrenadores argentinos (Oveja, Julio Lamas, Fernando Duró y él). Hay algo que te da este país, y particularmente esta ciudad, en el básquet, es el extra de eso. Bahía Blanca te da una genética espiritual, no física, para el básquet, que se transmite a través de las generaciones”.

   Y, en este caso, elogia el compromiso de Pepe.

    “Lo que respeto y admiro de este chico es que, por más que traiga jóvenes de afuera, trata de transmitir, con el mejor complejo deportivo de todo América, inclusive comparado con NBA y tratando de incorporar cosas. He visto gente fanática de Bahía, pero ninguno que haya creído tanto en las raíces. Y, además, que quiera aggiornarse al nuevo momento”, destaca.

   “Y la pone ¡eh!”, enfatiza.

   “Porque es muy fácil hablar cuando no la ponés... Él podría estar en cualquier otro lugar. Lo suyo es amor y arte al básquet, no es política”, respalda.

 

Sus referentes

Héctor "Japonés" Santini fue quien vio algo en Néstor.

 

   —¿Si te nombro al japonés Héctor Santini y a Julio Toro, salvando las distancias, estoy hablando de dos referentes en tu carrera?

   —No hubo ninguna distancia. El japonés Santini cuando empezó tenía una foto en la que éramos 32 entre Premini, Mini e Infantiles. Y pasamos a ser ciento y pico pibes. Él potenció el básquet menor de Olimpo. Él nos educaba en todo sentido. Formó una organización brillante dentro del básquet menor. Y como Olimpo era un club poderoso en Bahía, tuvieron el atrevimiento de traer a los entrenadores puertorriqueños del momento. Cuando vino Flor Meléndez a Obras llegó Julio Toro a Bahía. 

   —Y te le pegaste.

   —Yo tenía 15 años. Y mi papá era quien lo llevaba y traía a todos lados. De hecho, Victoria, su hija, nació acá y papá era el padrino. En medio de todo eso yo pensé: “De este tren no me bajo ni en pedo”. 

Olimpo, 1980. Parados, desde la izquierda, Claudio Grippo, Alejandro Meschini, Héctor Pacchetti, Levan Macharashvilli, Nelson Ramírez y Julio Toro Díaz. Abajo: Mauro Grippo, Jorge Varlaro, Marcelo Allende, Ariel Sarachaga y Néstor García. También jugaron Tim Billingslea, Héctor Santini, Jorge Cortondo, Charles Thompson y Elisha McSweeney.

 

   —¿Cómo mantuviste el vínculo cuando se fue Julio?

   —En esa época era muy difícil tener un teléfono en tu casa y empecé a comunicarme por carta, preguntándole cosas, porque el japonés me puso a los 16 años al frente de la escuelita de Olimpo. El japonés me descubrió como para enseñar, básicamente a partir de cómo jugaba. Y después Julio me dio la estocada para que siguiera amando la profesión. 

   —Vos eras un buen jugador, hasta llegaste a integrar el equipo de Olimpo que ascendió a la Liga con Olimpo en el ’84. ¿Te costó la elección?

   —Éramos un grupo de juveniles que nos criamos juntos y unos tenían más cualidades que otros. Cuando terminaba cada práctica me sentaba con el Pelado Boismené a preguntarle cosas. También fue muy importante Daniel Allende en las menores, porque traía material de Estados Unidos. Entonces, yo entrenaba con los Infantiles, los Cadetes, los Cadetes Mayores, me quedaba con la Primera, era el hijo del cantinero, viajaba con Julio Toro, hablaba con Boismené y tenía a Daniel Allende. ¡En algo me tenía que meter, je!

Año 1984. Néstor, definiendo de contraataque, con Olimpo, frente a Lanús.

 

   —¿Hilda no quería que te fueras a Puerto Rico?

   —¡No! Yo trabajaba en Tribunales, que era un laburo excelente: un mes de vacaciones en verano, 15 días en invierno, obra social y lo que hacía era coser expedientes. Estudiaba abogacía y el Cabezón (Ricardo) Montecchiari me dio la posibilidad de dirigir las menores en Pacífico.

   —Claro, y hasta fuiste asistente de Paquito Álvarez en cuatro partidos de la Liga del ’88.

   —Estuve ahí con Paquito, tenía mi novia, algunas amigas y jugaba en Independiente. ¡No me alcanzaban las 24 horas, je! Entonces, cuando Julio Toro me dijo que viaje, arranqué. Me ayudaron mucho el Chula Orieta, Daniel García y el Turco (Héctor) Calderón. Trabajábamos todos en el mismo piso de Tribunales y cuando les conté que me había surgido esto me dijeron: “¡Andate ya!”

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    Claro que la decisión, en principio, tuvo su costo afectivo y económico.

   “Mi mamá no quería que dejara el trabajo. Y mi papá vendió el Dodge 1500 para pagarme el viaje”, aclara Néstor.

Tanto sacrificio se vio reflejado. Néstor y un festejo íntimo, la noche que salió campeón con Peñarol. En el hotel Pico, junto a su padre y a su asistente Marcelo Plá.

 

   Con poco más que lo puesto se tomó el colectivo hasta Buenos Aires.

   “Cuando llegué no tenía más que cinco dólares. Hablé con (Guillermo) Vecchio, que había estado en Puerto Rico, me levantó en la Panamericana –recuerda- me llevó al aeropuerto y me dio 100 dólares. Increíble. Tenía 23 años”.

   —¡Mirá vos! Ya en Puerto Rico me imagino que se te facilitó todo.

   —Llegué al aeropuerto de San Juan, donde me buscó Julio, y en el primer semáforo me dijo ‘bajá la ventana y agarrá lo que te dan’. Era un preservativo. Imaginate, año 88. Y me aclaró: ‘El tema del SIDA está tremendo’. En Argentina, al SIDA lo relacionábamos con Rock Hudson, un artista que se contagió y lo contaron en el noticiero de Andino, al mediodía. ¿Me explico? Ahí empecé a aprender algunos cuidados.

El maestro y el alumno: Julio habla y el Che escucha. Como siempre.

 

   —Vos todavía eras el hijo único al que su mamá le cortaba las uñas de los pies.

   —El mismo. Pero me tomé el avión y fui otro. Respeté las reglas de la casa y mis padres me apoyaron para que me fuera, lo cual agradezco. El auto de papá era el ahorro que había hecho trabajando en el ferrocarril y de mi vieja como portera del edificio. 

   —Sí, humilde, trabajadores.

   —Nosotros no teníamos casa, porque nos daban la de la portería del edificio. Durante 12 o 13 años yo dormí en el sofá de la cocina, lo cual me enorgullece enormemente. Una familia trabajadora. Y mis viejos apostaron a que me fuera, más allá de que mi vieja de movida no quería porque era hijo único. Después pasó a ser la fanática más insoportable que tuve.

   —¿Confiaban en vos?

   —Tiempo después me enteré que mi viejo lo llamó a Julio y le preguntó: “Testealo; ¿está para esto?”. Y Julio le respondió: “Está pa esto, pa esto y pa esto...”. Y ahí arranqué.

   —¿Ser hijo único y echarte a volar en algún momento te generó un sentido de culpa?

   —Nunca me lo hicieron sentir. Salvo la última parte, que mi padre falleció y mi mamá me extrañaba. Y tenía maneras muy dulces de manipularme. A través de eso empecé a investigar mucho sobre lo que es la manipulación y la independencia. Con mi viejo tuve un montón de diálogos y a mi mamá nunca la pude acomodar. Siempre fue más fuerte su estrategia. Una manipulación amorosa. Impresionante. Ahí descubrí que uno está hecho por un hombre y una mujer. El género es otra cosa. De hecho, estoy en Bahía, porque mamá está en un geriátrico, aunque todavía no puedo ir a verla.

   —Hoy, en esta situación, ¿te hubiera gustado tener algún hermano, más allá de los que te dio la vida?

   —¡Sabés que bueno es poder elegir a tus hermanos y no pelearte durante años, je...! Uno piensa en situaciones límites, en buscar contexto que te contenga en tus debilidades. A mis viejos les agradezco todo y hoy puedo elegir a mis hermanos. Y elegir, en cualquier contexto, es lo más difícil que hay en la vida. Uno va aprendiendo que la gente tiene que elegir, equivocándose o acertando, pero se debe amar el error. Hoy más que nunca, porque es lo único que te ajusta para la vida. Esto va a mil por hora. Como me criaron a mí es completamente obsoleto. Cambió todo y para las nuevas generaciones lo anterior termina siendo un simple cuento.

   —¿Cometiste errores de los que estás arrepentido o con los que tuviste que aprender a convivir?

   —Todo lo positivo que he logrado en mi vida fue por los errores que cometí. Mis padres o Julio Toro, la persona más erudita que conocí en mi vida, me enseñaron a ajustar. Soy muy creyente y si empezás a internalizar las señales te das cuenta si la estás cagando. La dejás pasar una, dos o tres veces, hasta que te la ponés. Estoy súper arrepentido de muchas cosas, no castigándome, solo ajustando, porque si no te arrepentís no cambiás. 

   —¿En qué etapa de tu vida estás?

   —Incertidumbre total. Respeto y cuidado extremo.

   —¿Qué te hace tener tanto respeto?

   —Este bicho tiene dos características: traidor y se te puede meter por cualquier lado. Pero te alertó. Y en la vida hoy pasa todo por prestar atención: a tus hijos, a tus padres, a tus jugadores, a tus compañeros, a tus amigos... Todos estamos desvirtuados con millones de cosas y hoy todo pasa por prestar atención y actuar. No hay que pensar mucho.

   —¿Prestar atención y resolver rápidamente de alguna manera te identifica?

   —Sí, en la cancha de básquet. Afuera no. Llevado al básquet esto es como los últimos 30 segundos: lo que le dicen el clutch, la parte donde se diferencian los hombres de los niños. Llevado a 24 horas y meses. Esto te está preparando para otra cosa. Entonces, metas cortas y posibles de cumplir.

En Fuenlabrada, España, "defendiendo" detrás de la línea como un jugador más.

 

   —Te escucho y relaciono lo que decís con tu forma de dirigir.

   —Bueno, es que una cancha de básquet, con la gente y el vestuario se convierte en un laboratorio donde se mezcla todo.

   —¿Cómo se hace para estar al frente de ese laboratorio?

   —Dedicándote a la persona, tratando de manera visual, auditiva o cognitiva a inspirar a que te ayuden. Sentirte útil te levanta tu nivel, y serle útil a alguien, le levanta su nivel al otro y te lo devuelve. Es decir “ayúdenme a ser mejor, que yo voy a dar lo mío para que ustedes sean mejores”. La mejor inspiración que podés darle a un compañero es que se sienta útil, en el rol que sea; en mí caso, no diferencio al jugador que mete 50 puntos del utilero.

   —Los tipos exitosos como vos a veces se olvidan del pasado, de quienes lo ayudaron a alcanzar los logros. ¿Aprendiste a convivir con eso siendo agradecido o tuviste que trabajarlo para no olvidarte del pasado?

   —Muy buena pregunta... (Piensa) Tiene que ver con los arrepentimientos. Ser entrenador o deportista de elite está entre las cuatro actividades profesionales que dejan más secuelas: infartos, soriasis, separaciones, no criar a tus hijos, problemas emocionales... Y yo soy parte de eso. Trato de acordarme de gente que humanamente influyó mucho en mí. Hoy en día pasa por entender de cómo es la gente, de dónde viene, de los egos que trae, de adaptarse... Es todo relaciones humanas. Ahora, vos decís que soy exitoso y te lo agradezco, aunque no creo que lo sea, pero si lo soy es porque estoy aprendiendo. Hoy en día el que enseña es el que más aprende. No tengas ninguna duda.

   —¿Qué estás aprendiendo en Bahía Basket?

   —A que hay muy pocas organizaciones en el mundo que estén tan pendientes del atleta como esta. Es un lugar inusual en América. Conozco organizaciones de NBA y europeas y esto es top, desde la nutrición, meditación, dedicación al atleta... Pepe está en otro lado. ¿Me explico? 

   Y, fiel a su personalidad, Néstor surgió con una ocurrencia.

   “Eso sí, toda la lentitud que Pepe tenía para jugar el pick and roll, la tiene ahora de velocidad, je. Se adelantó a todos. Pero -aclara-, más allá de esto, mi ídola es Checha, su mujer, je”.

El Che y Pepe tiene una relación de mucho recorrido. En 2002, trotando en cancha de El Nacional.

 

   —Para cerrar, pongámonos serios. ¿Qué similitud y diferencias tenés con Pepe?

   —La similitud es el sentimiento y respeto mutuo. Somos el agua y el aceite. Las diferencias son ¡constantes! Porque tratamos de ser uno mejor que el otro. Pero la pasamos muy bien. Solo te puedo decir que los argentinos tenemos que estar muy orgullosos de Pepe Sánchez.

 

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