El compañero que todos querían

“Éramos muy malos perdedores”, reconoció Jorge Cortondo

12/9/2020 | 06:30 |

Fue el quinto referente de una época donde predominaron los triunfos de Bahía y Provincia. Su gran virtud: asumir su rol cuando pasó de ser figura en El Nacional a un obrero en Olimpo y las selecciones.

Jorge Cortondo, uno de los grandes del básquetbol bahiense. Fotos: Emmanuel Briane-LaNueva y archivo.

 

Por Fernando Rodríguez

Twitter: @rodriguezefe

Instagram: ferodriguez_

(Nota publicada en la edición impresa)
 

   La rodilla izquierda de Jorge Cortondo le recuerda por estos días a cuántas batallas la expuso. Eso sí, nunca lo dejó a pie a lo largo de 26 años en los que luchó, disfrutó y, a decir verdad, aprendió más a ganar que a perder, sobre todo cuando dejó El Nacional.

   Desde sus comienzos en la cancha de tierra de la cortada Drago hasta su retiro con la camiseta de Argentino, el básquetbol le regaló momentos de gloria con El Nacional, Olimpo, las selecciones de Bahía, Provincia y Argentina.

   “Me gustaba más el fútbol, pero se me complicaba ir a la cancha de El Nacional, que estaba en Italia y Neuquén. Y tenía la de básquet a una cuadra de mi casa. Por eso me atrapó, en una época que ni siquiera había televisión; pasábamos el día jugando a la pelota con amigos”, recuerda Jorge.

   Claro que apoderarse de la redonda (o casi) y poder armar picaditos tenía su costo. La “banda” dependía de “Cachirla” Curi, el cantinero.

   “Teníamos que cumplir sus órdenes. Había que regar la cancha con baldes y alguna regadera, además de pasarle una especie de rodillo. Y a veces nos pedía que le hiciéramos mandados para la cantina. Después sí nos daba la pelota. Él era el dueño del fútbol de cuero, aunque el más nuevo no se usaba, quedaba para los partidos, je”, repasó con un dejo de nostalgia.

   Su atracción por el deporte la fortaleció de la mano de su papá, a quien acompañaba seguido a ver a Olimpo al fútbol, aunque le quedó muy grabado y lo movilizó un partido de básquet.

   “Mi viejo (Santiago) me llevó a ver la final del Argentino que se jugó en el ’57: Provincia contra Mendoza, en la cancha abierta de Estudiantes. Jugaban René Giménez, Feliziani, Cruces, Marchesino... ¡Me impactó el espectáculo!”, resalta, casi como reviviendo ese triunfo local, por 47 a 36.

Este equipo lo cautivó a Cortondo. Provincia, 1957. Parados, desde la izquierda, Radivoy (DT), De Marchi, Marchesino, H. Barreneche, Juárez, Feliziani, Pasquinelli (DT) y Berdinelli (PF). Abajo: Burtoli, Cruces, Giménez, Valenzuela, Alessi, E. Barreneche y Bauchi.

 

   Completamente compenetrado con el básquet y a fuerza de pasar horas picando y tirando al aro con la pelotita, Jorge pudo ir manteniendo su físico.

   “Siempre fui medio medio gordo, pero estábamos todo el día con la pelota y me fui desarrollando”, reconoce.

   Lo cierto es que maduró repentinamente, cuando tenía 13 años, a raíz de una situación interna en El Nacional. 

   “Se vivió un momento crítico cuando se fueron 25 jugadores al mismo tiempo. Los arrastró Quincoces, que era el técnico y se fue a Olimpo. Lo siguieron Martínez Bailé, los primos Troncoso, Saldutti, Requi... También se fue Eyheraguibel a Sportivo, el padre de Pepe Sánchez a Napostá... Yo era más chico –recuerda- y con Raúl López armamos los cadetes infantiles. Gracias a eso y a que se sumó un equipo de pulguitas no desafiliaron al club”.

   —¿A ustedes dos los favoreció para proyectarse más rápido?

  —Seguro. A los 14 años ya empezamos a jugar en Tercera. Después tuvimos de refuerzos a Maisonave y al “Cholo” Burtoli, que nos ascendieron a Segunda. ¡Eran experimentados! Ahí ya se armó un grupo de 18/19 años y también ganamos el ascenso a Primera, con Juan y Oscar Bazerque, que sumaron su veteranía.

   —Es decir, tenían una base de jóvenes, pero les faltaban los hombres.

   —¡Claro! Es que necesitábamos algunos que sacaran la cara por nosotros. ¿Te imaginás lo que era en esa época jugar en White...?

Desde la izquierda, Oscar Bazerque, Alberto Maisonave y Juan Bazerque, tres que aportaron para los ascensos.
 

   —¿Qué rescataste de esos “hombres”?

   —El carácter. Era ir al frente en cualquier cancha... Perder el miedo. ¿Sabés lo que era Raúl López? En ese momento forjamos un carácter que lo mantuvimos, y ni te cuento lo que se potenció cuando, en mi caso, llegué a la Selección de Bahía.

   Curiosamente Cortondo (72 años), debutó antes en la selección de Provincia que en Bahía, con la que ganó nueve de los 12 Provinciales que disputó.

   “Me habían convocado para un Provincial (Pergamino 1967), pero renuncié por estudio. Así que debuté con Provincia en el Argentino del ‘68 en Santiago del Estero”, repasó, admitiendo que, finalmente, el ritmo del básquetbol lo absorbió y en tercer año abandonó la carrera de contador.

   Su historial con Provincia se resume en siete títulos, tres subcampeonatos y una despedida para el olvido, en Bahía 1979, con el cuarto puesto.

Defendiendo la camiseta de Bahía. Jorge ganó nueve de los 12 Provinciales en los que participó.

 

El cambio

   Su evolución individual le permitió ir ganándose un lugar a nivel de selecciones, con las que cosechaba títulos, algo que con El Nacional fue asumiendo que sería poco menos que imposible por el potencial y la disparidad de Olimpo y Estudiantes con el resto.

   “Habíamos jugado tres años en Primera y con ellos no se podía (El Nacional terminó 4º -1969-, 3º -1970-y 6º -1971). Así que en el ’72 -apuntó- me pasé a Olimpo, aunque ese año no jugué y al siguiente lo hice en Reserva, por un tema reglamentario”.

"Por acá no pasás", le dicen a Jorge entre Juan Carlos Merlini y Daniel Morando. Fue en un El Nacional-Olimpo.

 

   —¿Fue complicada la salida de El Nacional?

   —Y... Medio conflictiva, porque era el club donde había nacido.

   —¿Te fuiste por plata?

   —Un poco influyó el tema económico. No eran cifras que te cambiaran la vida. En esa época trabajaba en una empresa constructora y al tiempo de pasar a Olimpo entré al desaparecido Banco de Río Negro y Neuquén. Ahí nos juntamos todos los basquetbolistas. Estaba Petracci, que nos daba permiso para viajar. Así y todo, muchas veces teníamos que sacar vacaciones para poder irnos a jugar.

   —Igual, eran privilegiados...

   —Seee...

 

Con ropa de obrero

   —¿Te costó el cambió de ser líder en El Nacional a ocupar un rol más de obrero tanto en Olimpo como en las selecciones?

   —No. Mi virtud fue saber acomodarme a la situación. Te imaginás que jugaba con mis ídolos: Cabrera, De Lizaso, Fruet... Yo iba a colaborar con ellos. No podía pretender ser protagonista. Siempre me lo reconocieron, y por eso me quisieron, je. No tenía problema de luchar, hacer los foules que ellos evitaban o pasarles la pelota cada vez que la querían. Y eso que veces se necesitaban dos pelotas ¿eh?

Cortondo y Lito Fruet formando una muralla defensiva.

 

   —¿Qué significaba jugar con Lito?

   —Una garantía. Sacaba la cara por todos. El primero que te pasaba un brazo por el hombro cuando jugabas mal o te equivocabas.

   —¿Siempre respaldaba o a veces te enfrentaba?

   —A mí siempre me respaldaba. Está bien que él veía y valoraba, al igual que el resto, la voluntad que yo ponía. Otro era De Lizaso, a pesar de ser bastante bravo...

   —Sumando Beto, ¿lograban el toque distintivo de calidad al juego aguerrido que caracterizaba a los de Olimpo?

   —Beto era el que movía los hilos. Y cuando veía que podía ser goleador, me pedía que se la pasara. No quería que la tuvieran Lito o el Negro, que no eran tan buenos pasadores.

   —¿Cómo manejaban los egos y el protagonismo?

   —No eran para nada celosos. Eso sí, muchas veces tenían unas tremendas caras de culo (sic) cuando alguno consideraba que estaba mejor ubicado que otro y no la recibía.

   —¿Necesitabas ponerte firme para evitar que te prepotearan?

   —¡Sííí...! ¡Cuántas veces nos puteábamos en la cancha..! Y cuando llegábamos al vestuario, ¡ni te cuento...!

   —¿Te acordás algún hecho particular?

   —Hay muchos, pero estaba el Lungo Brusa para poner paños fríos. Él absorbía todos los golpes y dejaba que se descargaran los más calientes.

   —¿Quién o quiénes eran los técnicos más allá de que figuraba el Lungo?

   —El Lungo ponía dos o tres pautas y después, por ejemplo, le decía a Lito: “Vos sabés bien cómo defender a tal jugador, yo no te puedo explicar nada... Cabrera, vos vas a marcar a Pellandini, ya sabés cómo tenés que marcarlo”, je. Después ya estuvieron Boismené, con otro temperamento; Danussi, que dirigió mucho tiempo y era muy inteligente...

Minuto de Tite Boismené. Pachetti, Cortondo, Monachesi y Marcelo Allende escuchan. Agachado, Ojunián.

 

   —¿Para ser técnico de esos equipos había que saberle entrar al grupo de fuerte temperamento?

   —Sí, había que balancear todos los estados de ánimos. Nosotros éramos muy insoportables, no queríamos perder nunca.

   —¿Al punto de ser mal perdedores?

   —Éramos muy malos perdedores; no nos permitíamos perder. Ahora es todo más limpio. Debo admitir que nosotros a veces nos excedíamos.

   —¿Recordás alguna derrota que te dolió mucho?

   —La final del Argentino en Comodoro.

   —En 1975, que tenían a Perazzo.

   —¡Claro! Contra Capital. Y varias veces terminamos a las trompadas... En todos lados no podíamos ser buenos perdedores, je.

 

Se fue antes

   Con la Selección Argentina jugó el Sudamericano de 1971 en Montevideo (terceros) y el Panamericano de Colombia (quintos), el mismo año.

Plantel de Argentina que jugó el Panamericano de 1971. Parados, desde la izquierda, Canavesi (DT), Becerra, Perazzo, Eduardo Benítez, Gehrmann, Carlos González y Prato. Abajo: Cortondo, Salas, De Lizaso, Gaggero, Pellandini y Cabrera.

 

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   —¿Una vez te volviste de una concentración con la Selección Argentina?

   —Después de estar concentrados un mes, el “Bala” Ripullone decidió dejar a un cordobés y a mí para definir el número 12 del equipo. Le dije “Bala, vine porque sos mi técnico de Provincia. Me consideraba el sexto o séptimo jugador, ¿y me dejás para pelear un puesto? Me vuelvo a Bahía”. Así fue el final de mi carrera en la Selección Argentina. Además, crecieron varios chicos que jugaban muy bien.

   —Bueno, pero antes, con Bahía en el ’71 te diste el gusto de ganarle al campeón del Mundo.

   —Ufff... A los yugoslavos, los que siempre me motivaron. Fue la mejor escuela en básquet. 


El clásico rival

   —Eras hincha de Olimpo desde antes de vestir esa camiseta. ¿Los clásicos con Estudiantes antes los vivías desde la tribuna?

   —¡Sí! En cancha al aire libre. Me acuerdo uno que perdieron en Bahiense Juniors, que tuvieron un choque Cabrera con De Lizaso y el Negro le lesionó un ojo.

   —¿Todo quedaba ahí?

   —¡Sí! Después compartían selecciones y no se trasladaba nada. No había rencor. Eran leales.

Miguel Amodeo lanza para Estudiantes, rodeado por Billingslea (semioculto), Cortondo y Faggiano.

 

   —¿Qué significaba ganar un clásico?

   —Era lo máximo. Muy lindo.

   —¿Y perderlo?

   —Era difícil andar por el centro, ir al café, a un banco...

   —¿Olimpo era garra y Estudiantes técnica?

   —Sí, totalmente.

   —¿Ese perfil de cada uno lo imponían las figuras de Lito en Olimpo y Beto en Estudiantes?

   —Tal cual. Los de Olimpo éramos de lucha y garra y los de Estudiantes siempre fueron técnicamente mejor dotados.

Adolfo Scheines le amaga a Cortondo. Atrás, Monachesi y Ojunián.

 

   —¿Cómo eran las charlas técnicas previas a un clásico?

   —Uyyy, je. Eran fenomenales... Me acuerdo de una. Estaba como técnico de fútbol Alfredo Cortez. Nos vino a dar la charla motivacional. Entró al vestuario, apagó las luces y empezó a caminar alrededor de la mesa de masajes. Nos recordó que teníamos que ir a Estudiantes; nos dijo que íbamos a una guerra, no a un partido: “Allá están nuestros enemigos, los que quieren sacarnos lo que nosotros tenemos”. Cuando salimos y cruzamos la calle ya queríamos pelearnos con el boletero y el policía que estaba en la entrada a la cancha de Estudiantes, je, je, je...

   —Me imagino que ganaron.

   —Sííí... En esa época ganamos más de lo que perdimos contra Estudiantes.

 

El DT y jugador

   Su vínculo con Olimpo se prolongó durante nueve años, dominando a nivel local, siendo campeón Provincial, Argentino y hasta ocupando el podio en un Sudamericano.

   Su último año con el aurinegro fue en 1980, coincidiendo con el furor de los extranjeros.

   “Para nosotros fue algo increíble. Nos dirigió Julio Toro Díaz, el mejor técnico que conocí. Pero no pudimos amalgamar el equipo”, admitió.

La primera época de los extranjeros en Bahía. Parados, desde la izquierda, Marcelo Allende, Meschini, McSweeney, Billingslea, Pachetti y Macharashvilli. Abajo: Cortondo, Santini, Zalguizuri, Monachesi, Ojunián y Daniel Allende.

 

   Las responsabilidades laborales y familiares lo llevaron a modificar su ritmo diario, alejándose de Olimpo y asumiendo como técnico de Argentino.

   “Ya había dirigido en Deportivo Norte, cuando ascendió a Primera en 1974. Lo dirigí todo el año, menos los últimos partidos finales. Me había ido a una gira por Centroamérica, con Olimpo reforzado, pero nos vendieron como Argentina, así que jugamos con camiseta celeste y blanca y al buzo de Olimpo tuvimos que agregarle Argentina, je”, rememoró entre risas.

   También dirigió a Napostá.

   “Jugaban Nano Lacasa, los Alonso, Néstor Sánchez, el Vasquito Diez... Eso fue en Primera, año ’73. No completé el torneo. Descendimos”, especificó.

   “En esa época –agregó- jugaba y dirigía. Entonces, entrenaba tres veces con Olimpo y otras dos iba a entrenarlos a ellos o acomodaba los horarios”.

   En Argentino, si bien había arreglado para dirigir, los propios jugadores empezaron a presionarlo para que volviera a jugar. Y se tentó.

   “Armamos buenos equipo. Estuve cuatro años –repasó- pero no pudimos llegar a Primera (segundos en 1981 y 1983 y terceros en 1982 y 1984). Y ahí ya me retiré”.

Jorge, jugando para Argentino, intentando sacarle el rebote desde atrás a Toranzo, de Barracas.

 

   —¿Qué significó el básquet?

   —Muchísimo. Me moldeó la personalidad, me dio un montón de conocimientos de la vida, y me permitió conocer lugares. A veces me asombro que se acuerden de nosotros. Es gratificante.

   —¿Afuera de la cancha eras diferente que adentro?

   —En la cancha me transformaba. Afuera era calmo, reflexivo, tranquilo, en cambio en la cancha era medio peligroso, je, je, je...

   —¿Era un efecto contagio lo que se transmitían entre ustedes?

   —Sí, nos motivábamos. Influía. Por ejemplo, cuando a Palometa (Monachesi) se le inflaban las venas de protestar y vos estabas al lado, ¿cómo no te vas a contagiar?

   —¿Después te arrepentías?

   —¡Sííí...! Totalmente. Muchas veces me pregunté: ¿cómo pude haber hecho esto? Igual, en la calle alguno me decía: “Bien el codazo que le pegaste a ese, je...”. A veces me tocaba marcar a un pivot de 2m10, ¿cómo hacía si no le clavaba un codo en el cuello o en el estómago? Era imposible.

   —Claro, es que con 1m90 tenías que hacer el trabajo de interno y con desventaja física.

   —Todo el tiempo tenía que enfrentar a jugadores más grandes. Anticipar el salto y tener visión periférica para saber por dónde quería entrar y hacerle el famoso box out, que en esa época no sabíamos que se llamaba así. Y en ataque me gustaba postearme y repartir el juego. Muchas veces me transformaba en base del equipo.
Defensor, buen pasador, anotador, aguerrido, sacrificado y solidario fueron algunos de los atributos que le permitieron a Jorge Santiago Cortondo ganarse un lugar de privilegio en la historia del básquetbol bahiense, trascendiendo a nivel nacional e internacional.

Cortondo, Fruet, Cabrera, De Lizaso y Monachesi, cinco que marcaron una época, retratados en la ABB.

 

   —¿En tu orden de importancia, coincidís con el que históricamente se los posicionó: Fruet-Cabrera-De Lizaso-Monachesi y Cortondo?

   —Y... Yo fui a Olimpo porque Lito era mi ídolo, entonces lo ponía siempre adelante. Pero Cabrera técnicamente y mentalmente era superior al resto. Pero sí, coincido: Fruet, Cabrera, De Lizaso, Monachesi y yo.

   Con estos equipos Bahía y Provincia casi siempre ganaban, y cuando no podían, la peleaban...

 

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