Provincial de Zárate

El llanto desconsolado de Marcelo Allende y su desahogo después de pasarla mal

15/11/2020 | 06:30 |

En su torneo debut con la selección Mayor de Bahía por un momento sufrió mucho. Erró dos libres clave en un partido decisivo. Después tuvo revancha. Hoy se cumplen 40 años de aquel título. Un jugador símbolo de Olimpo, al que todos querían de compañero y ninguno de rival.

El PF Román Avecilla contiene a Marcelo. Atrás, el dirigente Rubén Rábano. Fotos: archivo-La Nueva.

 

Por Fernando Rodríguez

Twitter: @rodriguezefe

Instagram: ferodriguez_

(Nota publicada en la edición impresa)

 

   En la soledad de la línea de tiros libres, con el marcador igualado en 92, Marcelo Allende tenía en sus manos el triunfo de Bahía ante Pergamino. Era uno de los debutantes en la selección Mayor, en el 40º Provincial que se disputaba en Zárate.

   Le tocaba definir el juego por un grosero error del árbitro Armando Molina, quien lo “confundió” con Juan Carlos Merlini (MVP del torneo), el que realmente había recibido la falta.
Bahía protestó mucho, se enojó y eso afectó al momento de retornar al juego.

   “Lo volvimos loco al árbitro; por mi falta de experiencia no me concentré en el tiro, erré los dos y fuimos a suplementario. ¡Me quería morir!”, confiesa Marcelo.

   Lúcido en el banco, el técnico le dio revancha.

   “Gracias a Dios, Carlitos Spaccesi no me sacó”, agradece.

   A la vez, un jugador mayor le dijo lo que necesitaba escuchar.

   “Cuando íbamos al salto, Velasque Íbalo me dijo ‘quedate tranquilo Marcelo, vamos a ganar’. Eso me dio mucha confianza”, admite.

   Finalmente, Bahía venció a Pergamino, por 103 a 101, en cancha de Defensores Unidos, generando el desahogo del pibe Allende, como bien lo demuestra la foto.

   Bahía Blanca (103): J.C. Merlini (12), I. Barga (2), J. Faggiano (23), A. Meschini (9), H. Pacchetti (26), fi; A. Scheines (6), J. Velasque Íbalo (19), H. Santini, J.C. Belleggia (4) y M. Allende (2). DT: Carlos Spaccesi.

   Pergamino (101): A. Gornatti (18), J. Gandoy (16), H. Zamparo (6), M. Duffy (40), M. Baudoín (9), fi; J. Ibarra (8) y Ferrieri (4). DT: Oscar Castella.

Bahia, 1980. Parados, desde la izquierda, Alejandro Meschini, Adolfo Scheines, Esteban Frisón, José Velasque Íbalo, Héctor Pacchetti y Roberto Juanpataoro. Abajo: Juan Carlos Merlini, Héctor Santini, Marcelo Allende, Juan Carlos Belleggia, Jorge Faggiano e Ignacio Barga.

 

 Esa noche, Bahía se aseguró gran parte del título, el cual confirmó la madrugada siguiente -hoy hace exactamente 40 años- cuando se suspendió Pergamino (43)-Zárate (31), 22 segundos antes de finalizar el primer tiempo.

   ¿Qué pasó? El árbitro Molina –nuevamente en escena- recibió un monedazo y se decidió dar por perdido el partido al local.

   —Marcelo, ¿la pasión con la que vivías los partidos te llevaba a exteriorizar hasta las lágrimas?

   —No era tanto al ganar. Muchas veces, ser tan competitivo no te permite disfrutar de los triunfos, porque ganaste y estás pensando en el partido o el torneo siguiente. Reconozco que tendría que haber disfrutado más.

   —¿Eras de llorar seguido?

   —Lloraba cuando perdía, je. Pero en ese torneo ganamos.

   —Que no significa que fueras llorón, je.

   —Llorón no, pero sí de chico, cuando perdía, llegaba a mi casa y lloraba.

   —¿No soportabas perder?

   —Exacto. No me entraba en la cabeza perder. Y eso lo sufrí hasta el último partido, aun dirigiendo. Cuando perdía eran las cinco de la mañana y no me dormía. Jugaba el partido diez veces seguidas en mi cabeza para ver si podía ganarlo, je.

   —¿Te fue más difícil asimilar la derrota siendo jugador o técnico?

   —Parecido, porque soy competitivo al máximo. No aceptaba perder. Con los años uno lo va tomando con más tranquilidad. Por un lado te perjudica y por otro te beneficia, porque siempre te exigís para poder ganar.

   —¿Lloraste más veces de alegría o de tristeza con el básquet?

   —De alegría. Tuve la suerte de caer en Olimpo, donde gané mucho más de lo que perdí. Hubo años que el único partido que se podía perder era con Estudiantes.

Con un marco impactante, Allende define en un clásico ante Estudiantes. 

 

   Marcelo creció en Liniers, siguiendo los pasos de su hermano Daniel.

   “Arnaldo Lieja Castelli como dirigente y Alberto ‘Pocho’ Severini, quien me hizo debutar en Primera a los 14 años, fueron muy importantes para mí”, resalta.

   Carlos Lemos –impulsado por el Lungo Brusa- fue a buscarlo y se lo llevó a Olimpo.

   “Fue el mejor dirigente de básquet que tuvo el club y merece un gran homenaje; humildemente sugiero ponerle su nombre a las plateas del Tomás”, pidió Marcelo.

   El 31 de marzo de 1976 Allende ya se metió en el mundo aurinegro y Lito Fruet, poco después, lo hizo jugar en Primera.

   "Fue el 16 de abril de 1976; tenía 15 años y era un clásico contra Estudiantes –especifíca- en Tres Arroyos; ganamos 63 a 62”.

Momento del retiro, junto a dos que lo marcaron: Lito Fruet y Carlos Lemos.


     —¿Cómo convivían en la Selección los de Olimpo y Estudiantes?

   —El clásico siempre fue muy respetuoso por ambos lados. Sabías que podías ganar o perder. Y cuando nos poníamos la camiseta de Bahía éramos todos de Bahía. En mi opinión, Bahía fue grande mediante la Selección. Es más, cuando empezó la Liga, de la cual el Lungo Brusa estaba en contra, le dije que era uno de los pocos que podía influir para unir a los mejores jugadores de la ciudad y competir con un solo representante. Todos los equipos participantes lograron resultados de forma individual, por lo que juntos hubiera sido mucho mejor.

   —¿Qué significaba jugar en la selección de Bahía?

   —Era lo que uno soñaba. No era fácil estar, ¡eh!. Siempre me fijaba metas cercanas para poder integrar las selecciones, así lo hice desde Mini, aunque llegar a la de Mayores era muy difícil. Lo máximo fue quedar como base de una selección Argentina de juveniles (fue subcampeón Sudamericano en Uruguay, 1979). 

Campeón con los Mini de Bahía, también en Zárate, 1972. Arriba, desde la izquierda, Marcelo Allende, Hugo Martignone, Roberto Juanpataoro, Carlos Sola, Jorge Parrotta e Isaac Mortvinc. Abajo: Claudio Palermo, Daniel Iturrioz, Juan José López, Gustavo Rapaporte, Gustavo Baffigi y Claudio Ferrandi.

 

   —¿Cuándo sentiste que tenías peso en la Selección?

   —Es que nunca me confié ni me sentí indiscutido. Conocía mis propias limitaciones y tenía que dar el máximo. Nunca me sobró nada... O sí, me sobraron kilos y ganas, ja, ja, ja...

   —Bueno, supiste sobrellevar bien esos dos aspectos.

   —Los kilos, con mucho sacrificio, aunque algunos pensaran que no entrenaba mucho. Hasta el último partido que jugué, una final con Liniers (1993), me fui a entrenar solo a la mañana. Me hacía sentir más seguro.

   —No eras un superdotado físicamente; supiste ganarte tu lugar desde la defensa y le sumaste tiro, pero, ¿cuánto jugó tu temperamento para poder trascender, aportar en los equipos y llegar a jugar hasta en Liga Nacional (7 temporadas y 209 partidos)?

   —No tenía un físico privilegiado ni era talentoso para jugar al básquet, lo que pasa que además de mi temperamento, mi forma de entrenar, de asumir los compromisos y de empujar desde adentro de la cancha, tuve la virtud de saber escuchar a los grandes. A diferencia de mi hermano (Daniel), yo jugaba al básquet, no lo entendía. Con los años empecé a entenderlo y muchas veces sacrifiqué goleo para cumplir otra función, tratando de adaptarme a las necesidades tanto en Olimpo como de la Selección. 

Contra Beto Cabrera, a puro corazón. Observan Faggiano y Barnes.

 

   Marcelo jugó en 13 Selecciones bahienses y cinco de Provincia.

   “Llegar a la Mayor era importantísimo. Después, lo difícil era perdurar. Yo tenía una ventaja: con Olimpo participaba a nivel provincial y argentino de clubes, lo cual te daba experiencia”, resalta.

   “El otro día -agrega- hablábamos con Tito Santini y coincidíamos en que estábamos tan acostumbrados a ganar en todos lados, junto a los grandes, que no había cancha que nos intimidara”.

   —A propósito, Tito alguna vez me confesó que cuando los partidos eran muy fáciles, a veces hasta generaban lío para que hacerlo más atractivo. ¿Es así?

   —Ja, ja, ja... Puede ser. Nosotros éramos competitivos hasta en los entrenamientos. A veces no terminaban los partidos de entrenamiento.

   —O terminaban con alguno enyesado, ¿no?

   —Alguno, je, je... Dejémoslo ahí...

   —¿Ese espíritu competitivo se trabajaba o se heredaba?

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   —Se heredaba lo que transmitían los grandes. Te empujaban a eso. Olimpo siempre se destacó por su temperamento. El jugador que llegaba de afuera y tenía temperamento, se adaptaba más fácil. Eso sí, también pasaron grandes jugadores que no pudieron adaptarse.

Tite marcándole el camino.

 

 —¿Eras el jugador que vos como técnico te hubiera gustado tener en tu equipo?

   —Y... Siempre necesitás un jugador así. O despertarle esa virtud a alguno; a veces pasa que es una cuestión de seguridad para contagiar al resto. (Carlos) Boismené, por ejemplo, cuando estábamos medio dormidos iba a la mesa de control, armaba lío y nos despertaba a todos. Era una táctica.

   —¿Defensivamente eras más temperamental que técnico?

   —Con el tiempo fui aprendiendo, pero gran parte de la defensa pasa por el corazón, por el amor propio. Si defendés a un gran jugador y te recibe diez pelotas, tenés diez problemas. Si te recibe cinco te ahorraste la mitad. Muchas veces la defensa es preventiva, de correrlo, hacerte respetar, demostrarle que no va a pasar fácil... Yo siempre jugué para que gane Olimpo, Bahía o quien fuera, resignando a veces puntos, pero defendiendo a jugadores importantes.

   —¿El temperamento muchas veces te jugó en contra?

   —Y... Sí. Muchas veces te excedés porque el partido te va llevando, pero es cuestión de experiencia y de saber hasta dónde podés ir.

Marcelo, luchando con Amos. Al costado, Schlegel y Montenegro. Final Olimpo-Ferro, 1986.

 

   —¿Hubo algún jugador con el que nunca pudiste?

   —A Pichi Campana nunca pude pararlo. Era indetenible. Al resto, con buenas y malas, los pude ir frenando. Otro con el que no pude fue con (Wayne) Brabender (Real Madrid), cuando jugamos con Olimpo. El tipo jugaba parado y con la desesperación de mi defensa. 

   —¿Te motivaba que algún rival te dijera algo así como “gordito, vos me querés defender”?

   —Tuve la suerte que me respetaran los jugadores que me tocó enfrentar. Ninguno me cargó por mi físico. Creo que también porque sabían lo que podía dar.

   —¿Era delgada la línea entre el respeto y el miedo que podían tenerte?

   —No, el miedo no existe en el básquet.

   —Bueno, pero vos intimidabas por tu temperamento.

   —Lo que existe es el respeto. En la época de la defensa a presión de 9 de Julio, decías: “uuuyyy, tengo que jugar en esa cancha, contra esa presión...”. Lo que sí el jugador muchas veces piensa y está incómodo antes del partido, porque sabe que lo puede seguir uno que no lo va a dejar ni tomar agua. Ese es el respeto que uno tiene que ganarse.

   —¿Te arrepentís de alguna que hiciste?

   —Cuando jugaba en el ámbito local, por ahí tenía encontronazos, por ejemplo, con Mazazo Alvarez (Estudiantes) y al otro día charlábamos y listo. Quedaba en la cancha. Siempre fui un jugador temperamental y, por ahí, a los 10 minutos estaba arrepentido y me preguntaba: ¿cómo pude haber hecho eso? El temperamento a veces te ayuda y otras te juega en contra.

   —Está claro que a lo largo de tu carrera te jugó a favor.

   —El amor propio y el temperamento me permitió lograr cosas que, por mi físico y las condiciones no hubiera conseguido. Justo caí en Olimpo, que se amoldaba a mis características y, además, por todo lo que aprendí de los monstruos. Haber jugado con Cabrera, Cortondo, Ojunián, Monachesi, Tito Santini y tantos otros fue muy importante. Te transmitían la confianza para que te agrandaras como jugador.

Marcelo (10), rodeado de grandes, observando el rebote de Pacchetti. Desde la izquierda, Lito, Beto, Cortondo y Monachesi.

 

   A propósito, Marcelo tuvo una bienvenida de lujo.

   “En Olimpo el utilero Alfredo Buiani le dejaba a los jugadores mayores el bolsón con el equipo en el lugar que se cambiaban, y dos o tres bolsones los dejaba arriba de la mesa de masajes para que Lito (Fruet) se los entregara a los juveniles que él designaba para jugar ese día”, recuerda.

   “Siempre se hacía mediante rotación, ya que éramos varios; un día –detalló- se fue Cacho Romagnoli, quien usaba la 10, y si bien yo elegía la 5 porque era el número de mi hermano, Lito me dio la 10 y me dijo: ‘vos, de ahora en más, vas a usar este equipo’. Ojalá no lo haya defraudado...”.

  Marcelo Allende seguro no defraudó a Lito. Fue el típico jugador que todos querían tener de compañero y ninguno como rival.

   El que, a base de sacrificio se ganó un lugar en diferentes selecciones; el duro por fuera y sensible por dentro.

   El que se retiró sin guardarse nada, ni siquiera las lágrimas, esas que le brotaron tantas veces, como en el Provincial de Zárate, donde por un momento se sintió el peor y, poco después, con Bahía, volvió a ser el mejor. 

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