El hombre que desafía al tiempo

Tiene 72 años y la llave del club para ir a tirar al aro: "Este año, que no pudimos jugar, estaba loco", admitió

6/12/2020 | 06:30 |

Raúl López fue uno de los grandes del básquetbol bahiense. Su pasión no tiene freno: “A mí me gusta ganar a todo... Y estoy siempre al límite. Debo reconocer que, por ahí, a veces me paso, pero es mi carácter”, admite.

 

Raúl, con la mira siempre en el cesto. Fotos: Emmanuel Briane y archivo-La Nueva.

 

Por Fernando Rodríguez

Twitter: @rodriguezefe

Instagram: ferodriguez_

(Nota publicada en la edición impresa)

 

   Temperamental, frontal, aguerrido, entusiasta, así era Raúl López cuando se mezclaba con los grandes: Fruet, Cabrera, De Lizaso, Monachesi, Cortondo y compañía.

   También, más acá en el tiempo, cuando le tocó ser compañero de Hernán Montenegro, Martín Ipucha, Alejandro Navallo y tantos otros.

   Así continúa comportándose entre los veteranos, cuando juega los picados informales o en la Maxi Liga.

   “A mí me gusta ganar a todo –aclara, como si hiciera falta-. No me gusta perder. Y estoy siempre al límite. Debo reconocer que, por ahí, a veces me paso, pero es mi carácter”.

Pelota y llave en mano, Raúl siempre está dispuesto para jugar. 

 

   Disimulando los 72 años es protagonista, disfruta, se enoja, pelea y marca el ejemplo, aunque a veces su temperamento lo traicione. Es su esencia. Lo admite y lo argumenta.

   “He discutido mucho adentro de la cancha. Lo que me hacía calentar era la mala intención. Siempre tuve discusiones –reconoce- porque era molesto y jugaba fuerte, pero nunca con mala fe. Ahora, si me pegaban, yo pegaba”.

   —¿Te siguen molestando las mismas actitudes?

   —Sí y también cuando no te respetan. No porque desconozcan quién fui.

   —¿Y quién fuiste?

   —Un buen jugador, humildemente, sin ser un fenómeno.

   Raúl Héctor López se formó en El Nacional (campeón de Cadetes -1965-, Reserva de Segunda -1964-, Tercera -1965- y Segunda -1968-) y también jugó en Villa Mitre (ganó dos torneos Oficiales de Segunda -1977 y 1981- y dos de Primera -1985 y 1988-).

Villa Mitre, campeón de Segunda 1977. Parados, desde la izquierda, Raúl Boiza, Daniel Alzueta, Ricardo Feser, Raúl López, Néstor Sánchez y Gustavo Caldarelli. Abajo: Rubén Martín, Néstor González, Roberto Capaccioni, Daniel Mariani y Marcelo Simos. También jugó Jorge Migliori. DT: A.P. Cabrera. 

 

   Con la selección bahiense ganó cinco Provinciales y en tres fue subcampéon; con Provincia fue campeón en los seis torneos Argentinos que participó y hasta llegó a la selección argentina, durante una gira por Bolivia.

   Casado con Marta Hernández, padre de dos hijas (Soledad y Guillermina) y con tres nietos (Santino, Catalina y Justina), Raúl todavía tiene que trabajar –hace services de lavarropas- para llegar a fin de mes tranquilo.

   —Pudiste disfrutar a pleno la época de gloria de Bahía y el inicio de la Liga, jugando la B con Villa Mitre. ¿Sos de los que reniegan por no haber nacido unos años más tarde para poder vivir del básquet?

   —No, lo acepto. Porque mi época fue muy linda; jugaba todos los fines de semana y también con la Selección. Sí hubiera sido lindo jugar y que encima me pagaran por hacer lo que me gustaba. Igual estoy contento de haber vivido esa época, porque sin los grandes jugadores tal vez no hubiera figurado en ningún lado.

San Luis, 1969, primer título Argentino para Raúl. Parados: Miguel Ripullone (DT), Bill A. Brusa (asistente), Giorgio Ugozzoli, José I. De Lizaso, Carlos González, Osvaldo Goizueta, Atilio Fruet, Aldaz (kinesiólogo) y Alberto P. Cabrera. Abajo: Jorge Cortondo, Alberto Galliadi, Miguel Chicharro, Miguel Requi, Raúl López y Ernesto Gehrmann.

 

   Raúl habla en pasado sin dejar de disfrutar el presente.

   “En marzo, cuando no podía salir, mi sobrino que vive en Estados Unidos y corre en bicicleta, y un vecino que es profesor de educación física me dieron dos rutinas: una de bicicleta y otra de pesas. Me vino bien –resalta- porque, inclusive, bajé de peso y gané masa muscular”.

   —¿Te cuidás en las comidas?

   —Sí, aunque me doy un permitido. Pero eso lo hice toda la vida.

   Los hábitos adquiridos, su seriedad y perseverancia se conjugan con la pasión, al punto que tiene la llave del cajón de la cortada Drago para ir a tirar al aro o armar algún partidito allí, en el Américo Mandolesi de El Nacional.

   —¿Qué te motiva a seguir cuidándote y entrenándote, más allá de tu responsabilidad por la propia salud?

   —Siempre me entrené como un profesional, sin serlo, y quise dar el ejemplo, sobre todo a los más chicos. Ahora llegan cinco minutos antes, con sus zapatillitas en la mano y se van ni bien termina el entrenamiento.

   —No como hacías vos.

   —Yo llegaba primero y me quedaba. Sabía que beneficiaba al equipo y a mí.

Por izquierda, con derecha, doble de Raúl, con Villa Mitre, ante Barracas, en 1984.

 

   —¿Cuánto te beneficiaron esos hábitos y cuidados?

   —Yo tenía condiciones pero no era un habilidoso de aquellos. Tenía que suplir la falta de técnica con el aspecto físico. Me motivaba eso, practicar solo, tirar de zurda y de derecha; todo me ayudó a mejorar.

   —Sos zurdo y tirás con derecha. Explicame cómo lo desarrollaste.

   —Soy zurdo y escribo con la izquierda. Pero tiro con las dos manos, aunque con la derecha me sale mejor, je.

   —¿El carácter te benefició?

   —Sí. Imaginate que en mi época, si no tenías un poco de carácter, en las selecciones no podías jugar. Había mucha camarilla.

Rodeado de grandes, con Bahía, en Burzaco, 1971. Parados: Raúl Álvarez, José I. De Lizaso, Néstor Sánchez, Adolfo Scheines, Oscar Valussi y Alberto P. Cabrera. Abajo: Jorge Cortondo, Guillermo Faure, Raúl López, Roberto Ojunián, Alfredo Monachesi y Jorge Mc Donald.

 

   —¿Considerás que más allá de tu gran nivel quedaste un poco a la sombra de algunas figuras, como en segunda línea?

   —Antes no había mucho recambio y aunque alguno jugara mal lo dejaban en la cancha. Si yo hubiera sido obsecuente, podría haber logrado muchos beneficios más, no solo deportivos, sino también económicos. 

   —Esa frontalidad innegociable que te caracteriza, ¿te jugó más en contra que a favor?

   —Lo importante en la vida es ser honesto, derecho e ir de frente. Es la base de mi vida. Así se lo inculqué a mis hijas. A mí me ayudó personalmente, tal vez me perjudicó en lo deportivo y económico. Lo único que cambié es la forma de decir las cosas, pero mantengo los principios.

   —¿Asumías que tu frontalidad te llevaba a ser el renegado de los grupos?

   —Y... Sí. Vos acá decís las cosas y te tildan de loco. Pero nunca me guardé nada y le dije, a quien fuera, lo que tenía que decirle. 

   —No te callabas nada.

   —No. Y decirle algo a determinada gente era imperdonable. Inclusive, alguna vez un técnico de una Selección me habló y me dijo que querían hacer una renovación, pero resulta que era yo solo el que entraba en la renovación. Él sabe bien quién es, aunque no lo voy a nombrar. Pero seguí igual. Por ese motivo me perdí como tres campeonatos Argentinos, porque me peleé con Ripullone (DT). Pero claro, reconozco que molestaba.

   —¿Por qué te fuiste de El Nacional?

   —En El Nacional nunca cobré un peso, al contrario. Estaban construyendo un edificio a la vuelta del club, le comenté a un dirigente si podían conseguirme un departamento, porque eran ellos los que administraban. Yo iba a pagarlo, no pretendía que me lo regalaran. Y me dijo que “no, que era muy grande para mí y que iban a conseguirme otro, algo que nunca sucedió”. En esa época no tenía casa, alquilaba o vivía en lo de mis padres o mis suegros. 

   —Y te fuiste a Villa Mitre.

   —Sí. Con Chiche Piña en una oportunidad casi nos agarramos a las trompadas, pero gracias a él y al club Villa Mitre tengo la casa. Tenía que entregar la plata del terreno, el resto lo financiaba el banco. Lo fui a ver a Chiche para preguntarle si podía conseguirme un crédito para darme la mitad, porque la otra yo la tenía; metió la mano en el bolsillo y sacó siete de los nueve que faltaban: "a la tarde vení que te doy los otros dos. Me los pagás como podés", me dijo. Con él estaban Juan Carlos Hernández, Quique Montecchiari, los hermanos Molteni y toda esa gente del club que es una barbaridad. En la mayoría de mis años en Villa Mitre jugué gratis y si podían nos daban algo. Pero con ese regalo, ¿podía pedirle algo más al club?

   —¿Te quedaron cosas pendientes con El Nacional?

   —Con el grupo que agarró después, Luis Merlini y (Carlos) Stipanchich, entre otros, no me hubiera ido. Me hubiese gustado quedarme en el club para jugar con el Leche (Merlini), el Oso (Núñez) y un montón de otros chicos. Incluso, me quedé con ganas de ser campeón de Primera.

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   —¿Estás más cerca de El Nacional que de Villa Mitre?

   —Sí, porque en El Nacional tengo mis amigos de la infancia. Yo nací a cincuenta metros del club y desde los 6 años que estaba ahí. Me fui a los 28 años a Villa Mitre. Me identifico más por eso, inclusive nos seguimos juntando. En Villa Mitre también hice algunos amigos, aunque no voy demasiado, trato de evitarlo porque hay un dirigente al que no lo quiero, pero son cosas de la vida, por mi forma de ser.

   —En tu vida no hay grises.

   —No. Capaz que está mal, pero por mi forma de pensar conmigo sos derecho o no.

   —¿Cuántas veces te arrepentiste de no haberte mordido la lengua?

   —Muchas. Adentro de la cancha soy un desastre, me caliento mal y después me doy cuenta. Pero es porque me gusta ganar; lo que pasa que hay gente que se queda con esa imagen y le parece que afuera uno también es así.

   —¿Y cómo sos afuera?

   —También me caliento, pero no como en la cancha. Me he peleado con los árbitros, con rivales, pero los que no te conocen te rotulan como que sos un loco.

Villa Mitre, campeón 1988. Parados: Jorge Fernández, Sergio García, José L. Salmeri, Raúl López y Sergio Salecchia. Abajo: Ariel Hosni, Hernán Gulino, Guillermo López, Juan Garayzar y Ramón Priore.

 

   —¿Te hubiera gustado jugar con la camiseta de Olimpo o Estudiantes?

   —Pude jugar como refuerzo en varias oportunidades.

   —¿Con quién te hubieras identificado más?

   —Y... Por la forma de jugar, con Olimpo. Como en Villa Mitre, mi perfil encajaba justo.

   —Y ponías banca, como cuando respaldaste al debutante Oveja Hernández. (La anécdota del reconocido técnico: “Una vez echaron al Huevo Sánchez y quedé yo, con 18 años. Huevo tenía buena relación con (Dante) Fleitas. Y antes de la charla técnica preguntó: ‘¿vos estás acá porque te sentís capacitado o porque te obligaron los dirigentes? Y saltó Raúl López y le dijo: ‘Fleitas, el entrenador ahora es él y lo que diga se hace, ¿está claro? Si no te gusta, te vas’”.

   —Claro, con Oveja la relación fue muy especial, porque cuando fui a Villa Mitre lo dirigí, después jugó conmigo y más tarde me dirigió. Y en ese momento salí a respaldarlo. Si lo habían puesto los dirigentes teníamos que bancarlo. Yo en general bancaba a los técnicos, pero también era medio insoportable, ¿eh? Jamás le dije poné o sacá a alguno. A mí me lo hicieron y no es lindo.

Villa Mitre, 1981. Parados, Sergio Hernández, Raúl López, Ricardo Feser, Sergio Salecchia, Daniel Zalguizuri y Daniel Miranda. Abajo: Sergio Moreno, Pablo Scoppa, Miguel Cuenca, Martín Ipucha y Guillermo Ferrara.

 

   —¿Hasta cuándo vas a seguir jugando?

   —Mientras físicamente esté bien...

   —En tu casa quieren que vayas a jugar.

   —Sí, je. Mi señora me pregunta, "¿hoy no vas a jugar?". Me siento bien físicamente y creo no pasar vergüenza. Me encanta ir a jugar.

   —¿Y qué sentís cuando se suspende un partido?

   —Este año, que no pudimos jugar, estaba loco. Aunque, te aclaro, me vino bien para hacer la pretemporada más larga de mi carrera.

    Raúl López es así: sinónimo de esfuerzo, dedicación y perseverancia.

    Los años pasan, su esencia no envejecerá jamás.

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