Contado desde adentro

Germán Beder, aquel pibito de Pacífico que cumplió el sueño al lado de Manu, Scola y Chapu, entre otros

16/1/2021 | 06:30 |

Fue prensa de la CABB y escribió, en primera persona, El Legado. Lo que no se vio de la Selección de básquetbol: momentos, situaciones, confesiones, reacciones y vivencias.

Germán, escuchando las indicaciones de Oveja Hernández. Fotos: gentileza y archivo-La Nueva.


Por Fernando Rodríguez

Twitter: @rodriguezefe

Instagram: ferodriguez_

(Ampliación de la nota publicada en la edición impresa)

 

   Inseguro por naturaleza, ocurrente y espontáneo, así es Germán Beder, el mismo que, con su escaso metro 63, al principio pareció un muñequito de torta entre tantos grandotes de la selección argentina de básquetbol.

   A medida que ellos fueron descubriendo a la persona detrás del jefe de prensa, se ganó un lugar de privilegio, siendo testigo directo y, en muchos casos, hasta confidente, durante el proceso entre 2014 y 2019.

   Este bahiense disfrutó y sufrió al lado de Manu, Scola, Chapu, Campazzo, Oveja y tantos otros a los que conoció profundamente, inclusive, a varios de ellos, en situaciones extremas.

   “Algún día vas a tener que escribir de todo esto, por más que nos vaya mal”, le sugirió Nicolás Laprovíttola.

   En ese momento, en el micro, camino al debut mundialista, Germán dudó: “Si nos va mal, a nadie le va a interesar”.

   A esa altura ya tenía mucho guardado. Y, lo más valioso aún, además de que lo mejor estaba por venir, era que nadie se lo había contado. Todo registrado con sus propios ojos.

   “Generalmente, la literatura deportiva cuenta desde una perspectiva más objetiva. En este caso –compara- es totalmente lo opuesto: mucha intimidad y vida privada, sin romper del todo los códigos internos”.

   Su ciclo en la CABB se coronó con el impensado –para la mayoría- subcampeonato Mundial. Y decidió volcar las vivencias en su cuarto libro, tras las experiencias con Mundo Manu (2006), El oro y el aro (2011) y La vez que casi me muero (2016).

La tapa de su cuarto libro.

 

   “Podría haber escrito el libro fácil, con los hitos de la Generación Dorada –reconoce-, pero elegí otro lado, el de los pibes que tuvieron que bancarse un montón de comparaciones, expectativas y presiones; y cómo pudieron ir saliendo adelante, a pesar de estar siempre con la sombra atrás; la comparación era constante”.

   —En un capítulo contás que existió una reunión, con Scola a la cabeza, para dejar de hablar de este tema.

   —Exacto. Scola estaba muy atrás de ese tema, porque él veía que se habían retirado Manu y Chapu y lo único que se hablaba era de eso. Entonces, se encargó de bajar líneas para que los pibes dejaran de declarar todo el tiempo de la Generación Dorada.

   —Era imposible no caer en la comparación.

   —Delía es el caso más emblemático: lo comparaban permanentemente con Oberto y, en principio, él decía que le había hecho bien a su carrera, pero con los años reconoce que le hizo un daño tremendo, porque la comparación no le permitía crecer como jugador. Creo que los pibes sufrieron muchísimo, más allá que los de la GD tuvieron una actitud paternalista, simplemente que era una situación incómoda de sobrellevar. Pero faltaba un resultado que le diera fuerza a este grupo. 

Campazzo y Delía, recién llegados a Bahía para la preparación.

 

   —¿Te sentís parte de esa historia?

   —En un punto sí, más allá que no quiero asumir un protagonismo que no me corresponde. En el grupo tenía un lugarcito bastante significativo, por la amistad con varios jugadores y, sobre todo, con Oveja y el cuerpo técnico. Además, viví el ciclo desde el día cero, cuando asumió Oveja. Por eso utilicé la primera persona en el libro, porque me parecía que la historia era mucho más cercana, con el acceso a la intimidad y el detalle que tuve.

   —¿Cómo fuiste recopilando el día a día? ¿Borrador, teléfono, servilletas? No creo que sea todo memoria...

   —De todo. Si bien tengo buena memoria, lo que hice fue guardar todos los diálogos de whatsapp, entonces, me acordaba de alguna anécdota y buscaba el diálogo que había tenido con el jugador o con quien fuera. Y también me apoyé en fotos y videos que fui guardando. Así trataba de reconstruir el momento y lo hablaba con los protagonistas de esa situación. Muchas veces los jugadores se acordaban y otras no.

   —¿Qué límites te fijaste para no excederte en lo que podías contar de la intimidad?

   —Traté de no quebrar los momentos de turbulencia fuerte. Igual, tampoco hubo tantos, porque este es un grupo de jóvenes; la Generación Dorada con jugadores de carácter fuerte como Pepe o Prigioni, no la viví. Lo que traté fue evitar situaciones de vestuario o momentos de calentura. Oveja siempre trataba que las cosas fluyan, pero cuando tenía que intervenir, en esos momentos de privacidad total, directamente yo no entraba al vestuario.

Germán y Oveja, durante una charla en la Biblioteca Rivadavia.

 

   —¿Te quedó mucho sin publicar, material que te hayan “censurado”?

   —Sabés que yo en un momento tenía un poco de cagazo por eso, pero en una charla con Oveja me dijo: “si vas a contar la historia, que sea lo más directa y real, porque eso le va a dar credibilidad al libro y al grupo”. Y me abrió una puerta.

   —Con Oveja lograste un vínculo muy fuerte. ¿Fue esencial esa relación para generar un efecto dominó en el resto?

   —Sí, sobre todo con (Federico) Susbielles, a quien yo no conocía. Cuando llegué me habían recomendado Manu y Scola. A partir de ahí y con Oveja de mi lado, era todo mucho más fácil. Eso fue siempre un punto para que los jugadores más chicos, al ver la cercanía que tenía con el resto, me abrieran rápidamente las puertas de confianza. La ayuda de ellos fue decisiva, desde todo punto de vista.
Los miedos

   —¿Qué barrera de temor tuviste que superar cuando asumiste el cargo?

   —Y... A mí me daba miedo pelearme con periodistas que había tenido mucha relación. También que me pasaran por encima, o que los jugadores no me dieran cabida... Igual me he comido puteadas y tuve conflictos con gente que me unía mucho afecto, pero después se arregló. En un momento la pase un poco mal, pero viajar con la selección Mayor era una gran ventaja, me sentía un privilegiado.

Trabajando, en este caso limitado, al borde de la cancha.

 

   —¿Qué descubriste de vos durante esta experiencia laboral?

   —Siempre fui bastante inseguro con la manera de afrontar mis laburos. Y acá pude desarrollar todo lo que había soñado. Ahora, a la distancia, noto que gran parte del éxito fue por la enorme pasión que yo tenía por este laburo. No me molestaba ir a un Argentino a Embalse o cubrir divisiones formativas en el Cenard. A mí el básquet me apasiona de verdad, entonces, estaba en el lugar soñado. 

Después de MG

   —¿El retiro de Manu de la Selección te obligó a reinventarte?

   —¡Seee...! Ahí realmente estábamos todos muy cagados. Manu generaba una atracción absoluta en los seguidores.

   —Se vendía solo.

   —Sí, totalmente. El único proceso que compartimos fue en Río (Juegos Olímpicos). La gente explotaba cuando lo veía. Eso no pasó nunca más. Si bien hay respeto y afecto por estos jugadores, inclusive con Facu (Campazzo) se generó un fanatismo, lo que Manu generaba era único. He visto gente corriendo el colectivo durante cuadras para sacarse una foto. En el exterior, donde siempre se dice que son más respetuosos que nosotros, Manu no se podía mover. Por eso, después de Río el vacío era absoluto. Mi temor era que a la Selección no la siguiera nadie o que existiera indiferencia. Ahí, la herramienta que encontramos fue acercar al seguidor, a partir de distintos recursos extra basquetbolísticos, con “A la Cama con Facu”, los triples exóticos y otras cositas... Y funcionó, aunque el resultado deportivo siempre te respalda. Si hacíamos eso y al equipo le iba mal, la reacción de la gente hubiera sido: “che, dejen de pavear y dedíquense a jugar”.

La conmovedora despedida de Manu.

 

   —¿Qué grado de responsabilidad te generaba el rebote que pudiera tener la imagen de la Selección, más allá del resultado?

   —Ahí me puse mucha presión. A la vez, como me gustaba y me identificaba mucho con la camada, era más sencillo. Entonces, podía ir probando y si existía algún cuestionamiento tenía argumentos para defenderme. Y, después, tenía el respaldo del entrenador, determinante, y de los propios jugadores.

   —¿Lo más estresante que viviste?

   —Los partidos. El resultado te define todo. En el Mundial de China la repercusión iba creciendo partido a partido porque el equipo ganaba. Me generaba un estrés total. Y en la zona mixta (donde se reúne la prensa para las entrevistas) varias veces estuve al borde del ACV. Después de los partidos con Serbia y Francia, se generó un despegue brutal. Empezaron a volvernos locos de todos lados y en medio trataba de organizar un poco, pero se me fue totalmente de las manos.

   —¿En algún momento pediste: “Tragame tierra”?

   —Sí. En Río me peleé con Susbielles (presidente de la CABB), como muchas veces, pero esa fue durísima y renuncié. Duró 48 horas, después me fui para atrás, je.

   —¿Te desbordó la situación?

   —Sí, estaba muy enquilombado. Había mucha presión en ese torneo y la demanda era absoluta. Era mi segundo año, no podía estar en la villa. Ese fue el pico de estrés. Después me acomodé, me fui calmando.

Scola, único

Scola habla, todos escuchan.

 

   —¿Qué descubriste en la convivencia con planteles profesionales?

   —Lo de Scola fue lo más fuerte. Puertas para adentro es otra persona, líder total desde que se levanta hasta que se acuesta; esa ascendencia al principio me intimidaba. El manejaba todo, no solo del área de los jugadores. El momento en el que Susbielles estaba de interventor, con la CABB destruida, él estaba en el día a día. Se involucró mucho, luchó mucho, transmitió valores, hábitos de trabajo, se entregó de lleno a eso. Una cosa es que te lo cuenten y otra verlo en vivo, me impactó mucho. Otra situación que vista desde afuera no me parecía tan fuerte como cuando la viví fue el sufrimiento del deportista ante la derrota, los cuestionamientos en las redes sociales... Son personas y muchas veces la pasan mal.

   —Bueno, en el libro contás cuando Laprovíttola, en Olavarría, te confesó que quería retirarse.

   —Exacto. Ese es el ejemplo más claro. Un tipo que estaba ganando muchísima guita, había jugado en la NBA, tenía muchísimo talento y, sin embargo, estaba pensando en dejar el básquet. Son vaivenes mentales muy fuertes.

   —En ese momento, cuando empezaste a ser una especie de confesionario, ¿te planteabas el valor que tenía eso?

   —Soy más grande que la mayoría de los jugadores. Entonces, cuando teníamos charlas profundas, que las tuve con casi todos, por momentos sentía miedo de estar aconsejando mal y hacer una cagada. Me pasó con Brussi (Brussino) o Tortuga (Deck) que es bastante cerrado... Por otro lado, me encantaba, era un sueño, pero también significaba una responsabilidad.

Germán lo padeció a Chapu. Hoy son buenos amigos.

 

   —¿Con alguno no tenías buena relación?

   —Seee... Yo soy el famoso enano cabrón. Tuve discusiones prácticamente con todos. Pero rápidamente se resolvían. El que más me costó, al principio, fue Chapu. Directamente no me dirigía la palabra; el tipo no me hablaba, ¿me entendés? Era re incómoda la situación. Estaba muy preocupado.

   —¿Supiste el motivo?

   —Él es así. Al año siguiente empezamos a hablar mucho más y hoy es, por robo, mi favorito de la Generación Dorada. Tengo una relación muy cercana con él. Ese año fue tremendo. Algunos vínculos crecieron rápido y otros no tanto. Lo que más destaco es que, desde lo laboral, todos me ayudaron.

Distintos capítulos

   —¿Cuál fue el capítulo más duro de escribir?

   —El de la final; la derrota es un momento muy triste. Además, me acordaba de distintas imágenes del vestuario vacío, desolador, donde tres horas antes había sido todo ilusión. También, momentos del partido en los que me acercaba al banco y los veía muy golpeados. Inesperado lo que estaba pasando (derrota ante España). Ese capítulo fue duro, aunque real. Y, después, me costó escribir la parte de los Panamericanos. No le encontraba la vuelta. Quería que fuera algo rápido de lectura y que tuviese un grado de emotividad, pero costó lograrlo: había poca gente, la semi y la final se ganó por 20...

   —No te ayudaba el contexto.

   —Exacto.

   —¿Y el capítulo que te generó más nostalgia?

   —Había tres capítulos que ya tenía escritos en la cabeza: el del Tortuga en la Terminal de Retiro, el de Lapro en Olavarría y el de Facu cuando se iba a Murcia y dudaba de su talento.

La historia de los inicios de Deck fue una de las que lo conmovió.

 

   —¿El que más disfrutaste?

   —El cruce con Serbia. Es el capítulo más largo. Detrás de eso había una búsqueda desesperada, un rival Europeo, una potencia, demostrar que se estaba a la altura, llegar al último cuarto con chances... Eso se coronó con el triunfo.

Vivir sin Pepsi ni Melba

   —¿Cómo conviviste estos años, durante viajes y concentraciones, con tus hábitos tan arraigados como el consumo indiscriminado de cigarrillo, Pepsi o Melba?

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   —Y... Je. Por suerte dejé el cigarrillo, la Pepsi y las Melba.

   —¡Te transformaron!

   —Sí, es verdad. Pero fueron mutando otras cosas: por ejemplo, después de las Melba surgieron las Chocolinas, las cuales largué a raíz de una promesa que hice Argentina le ganaba a Serbia. Ahora como Ópera, je. Soy un desastre... Hago esas promesas para ver si puedo resolver el tema de salud. Si seguía así moría en siete meses. Entonces, traté de cambiar y, en vez de comerme un paquete de Melba y una gaseosa por día, a comer Opera con agua. Por lo menos, para tirar hasta los 60, je.

Lapro y Campazzo haciendo de las suyas con Germán.

 

   —¿Te pasó con alguno que no te conocía, te pidió ser intermediario con algún jugador se sorprendió cuando te vio tan chiquito entre tantos grandotes?

   —Algunas veces me pasaba que me contactaban productores que no tenían idea y...

   —Claro, los que te pedían notas, por ejemplo, con Fabricio Scola, je.

   —Exacto. Entonces algunos pensaban que yo era alto como los jugadores y cuando me veían era un enano, al que la ropa, encima, le quedaba gigante. Era un desastre.

Bien bahiense

   —Estás atravesando una etapa de reconocimiento. ¿Cómo lo llevás?

   —Con total tranquilidad. Sé bien donde estoy parado, desde muy chico. Nunca voy a tener ego o que se me suban los humos. Sí me pasó que durante una semana fue absurda la cantidad de notas que di, algo que no acostumbro y tampoco me gusta. En el libro anterior coincidió con el proceso de Río y, la verdad, no le di difusión. 

   —¿Escribir este libro te generó lo mismo que los otros?

   —No. Este libro me gustó mucho y me ayudó. En la pandemia estaba sin laburo y no sabía qué hacer con mi vida. Ya no soy un pibe. Tengo 37 años y durante el año pude hacer algo. Me costó mucho el proceso de irme de la CABB. Y esto me ayudó mucho a hacer el duelo y, también, a sentirme útil en la vida laboral. Me gusta mucho cómo quedó el libro. Sobre todo la parte del Mundial. Se nota que lo escribí yo y lo disfruté.

   —El primer capítulo es la etapa que comienza en el Dow Center. ¿Te generó algo particular por tratarse de tu ciudad?

   —Bahía ocupa un lugar central. Inclusive en el libro aparece en varios capítulos, durante el período de AmeriCup. Es un aporte simbólico que todo arranque en la ciudad. Hay un capítulo en el que los pibes van caminando por la avenida Alem...

   —Seee... Cuando fueron a tomar un café.

   —Claro. Eso es tremendo, poder describir un poco lo que es Bahía. Sigo siendo muy fanático.

   —¿Cuántos años llevás en Buenos Aires?

   —Llevo 18 y viví hasta los 17 en Bahía.

   —¿Te seguís sintiendo bahiense?

   —Totalmente. Lo que ha cambiado es que cada vez tengo menos gente cercana, porque varios se fueron. Pero sigo sintiendo que Bahía es mi casa, no Buenos Aires. Mi familia está ahí.

La última camiseta que vistió en Pacífico.

 

   —¿Se puede decir que el zurdito que jugaba en Pacífico, durante estos años cumplió el sueño de sentirse protagonista con la camiseta argentina?

   —Y... En un punto siento que pude cumplir el sueño de llegar a la Selección cuando, como jugador, ni siquiera pude estar en una preselección de Bahía. Ni cerca. Y si hubiese sido puntaltense, tampoco me hubieran convocado para la Selección.

   —¿Seguís siendo hincha de Pacífico?

   —¡Por supuesto! Leí la nota en “La Nueva” de Spaccesi, tengo una guardada de Lliteras... Consumo todo lo de Pacífico, como cuando era chico.

   —¿Qué te quedó por cumplir como jugador?

   —Me hubiera gustado meter 20 puntos en un partido. No te digo jugar bien un torneo. Mi récord fueron 12 puntos en un partido, contra Velocidad y Resistencia. Siempre fui líder en el vestuario, pero suplentón (sic). Me hubiera gustado tener un poquito más de carisma para jugar. Nunca pude meter un punto importante, como para tener un recuerdo, ¿viste...? Y eso, para alguien que después le dedicó la vida al básquet, es muy doloroso.

Su futuro

   —Las inseguridades que siempre reconociste tener, después de todo lo que viviste y con este broche final, ¿puede cambiar algo de lo que vayas a afrontar?

   —En lo más mínimo. Cualquier proyecto que encare mañana, voy a tener la misma inseguridad de siempre. Me parece que eso, en un punto, se trata de un mecanismo de defensa. Muchas veces trato de no generarme expectativas para que, si me va mal, no sufrir tanto. 

   —¿Sos agradecido de lo que te tocó vivir?

   —Realmente, desde que arranqué hasta el día que me fui, fueron los mejores años de mi vida laboral y personal. Ojalá que pueda descubrir otras cosas que me llenen. Esta oportunidad fue como tocar el cielo. Y lo agradezco siempre.

Con tes de sus preferidos: Brussino, Campazzo y Laprovíttola.

 

   —¿Qué será de Germán Beder después todo esto?

   —Ahora trabajo en prensa con Facu (Campazzo) y tengo el otro proyecto paralelo del podcast con Lapro (Laprovíttola). Y así voy avanzando. En algún momento me gustaría volver a tener un laburo fijo, con un espacio para explotar lo que me gusta hacer. Aunque ahora, trato de estar un poquito por fuera del básquet.

   Germán Beder y “El legado” que dejó otro bahiense vinculado al básquetbol...

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