Un apasionado de 89 años

Oscar “Coco” Bruni: “Lloré muchas veces por el básquet”

5/9/2021 | 06:30 |

El auxiliar histórico vio pasar diferentes generaciones con las camisetas de Bahía y Provincia. Pulcro, respetuoso, querible, fue también empleado administrativo de la Asociación Bahiense, de donde ya se despidió, aunque siempre vuelve.

Coco y los recuerdos de tantos años vinculado al básquetbol. Fotos: Rodrigo García-La Nueva y archivo

 

Por Fernando Rodríguez

Twitter: @rodriguezefe

Instagram: ferodriguez_

(Ampliación de la nota publicada en la edición impresa)

 

   Todos los días, religiosamente, caminaba las cinco cuadras que separan su departamento de la Asociación Bahiense. Ahí, en la casa del básquet, tenía su otra vida.

   Mientras tanto, Edith, su mujer, supo acompañarlo en todo momento. Él siempre la cuidó, hasta el último día. 

   Hoy extraña la presencia de su compañera y la rutina en la ABB, donde fue el histórico auxiliar de las selecciones desde 1957 y, en 1986 ingresó como empleado administrativo: “Hay que darle paso a los más jóvenes”, admite con sus relucientes 89 años. 

   La nostalgia se entremezcla con la tristeza. 

   “A la Asociación siempre fui caminando. Mi mujer tenía miedo que me dieran un palazo. Y bueno, se cumplió el deseo, ya no voy más”, se resigna y, al mismo tiempo, en un gesto de amor, besa el portaretratos que tiene con la foto de ella.

   Su voz se entrecorta con tantos recuerdos. Esos que lo llenan de alegría por todo lo recorrido y, también, lo cargan de melancolía.

   “Mi compañera de siempre”, remarca.

   Y se enorgullece: “Era profesora de piano. Dio dos conciertos en la Biblioteca Rivadavia. Tenía cualquier cantidad de alumnos”.

   “Había quedado casi sorda y ciega, por eso yo no quería viajar más con las selecciones, porque la dejaba sola”, reconoce.

   Sus ojos, celestes como el cielo, se ponen vidriosos. Es inevitable. Vivió momentos fuertes en poco tiempo.

   “También voy a extrañar la Asociación. Fueron casi 40 años. Estábamos siempre, con Buffa, las chicas (Maia Richotti y Stefi -Angelini-), pero bueno...”, se resigna. 

   Testigo de muchos más triunfos que derrotas, presente en vestuarios gloriosos, cómplice de la intimidad de las concentraciones con la mayoría de los mejores basquetbolistas que dio la ciudad, Coco es, acaso, el hombre que más disfrutó de cerca distintas generaciones de basquetbolistas.

   “La diferencia entre los de antes con los chicos de ahora creo que más que nada pasa por la garra que tenían, las ganas de ganar”, compara.

   “Pero te aclaro -enfatiza-, me gusta más el básquet de ahora, ¿eh? Ver cómo se pasan la pelota por abajo, el doble giro... ¡Qué iban a hacerlo antes! El juego fue evolucionando”, asume.

El jugador

   Un hombre de sombrero que solía apoyarse en la baranda de la cancha de Pacífico a mirar como jugaban, un día lo sorprendió a Coco: “¿Jovencito, usted quiere jugar? Bueno, venga a la Asociación, por la calle O’Higgins, así le hago la ficha”, le dijo.

   “Ahí entré por primera vez a la ABB. Debuté a los 13 años. En esa época no había Premini y Mini”, recuerda.

   El que lo reclutó fue Abel Amor Bournaud, el presidente del club y uno de los referentes históricos del básquetbol bahiense.

   “En Pacífico hice de todo: fui jugador, dirigente, referí, entrenador... Era el primero que llegaba y al final me quedaba limpiando a la luz de la luna, con lo poco que iluminaban las luces de las canchas de tenis, para que no gastaran. Mi mamá me decía: ‘anda niño, llévate una cama’”, rememora.

La cancha de Pacífico, en Avenida Colón y Thompson.

 

   Durante su niñez vivió en Thompson 47, frente a la cancha del verde, que estaba en la intersección de esa calle y la Avenida Colón.

   “Saltaba la pared y el canchero me decía: ‘te presto un fútbol, pero tenés que regar la cancha, pasar el pisón y el trapo'. Y cuando faltaba alguno, me llamaban. Tenía buena mano, aunque necesitaba meter alguna para que me la pasaran más seguido. Eran todos más grandes que yo”, justifica.

   Cursó hasta sexto grado en la Escuela 34 (“cuando estaba frente a Estudiantes”, aclara) y después fue al Don Bosco.

   Mientras tanto, su vínculo con Pacífico le abrió las puertas de la firma Hierromat, donde trabajó desde los 15 años y se jubiló después de prestar servicio durante 45, cuando funcionaba en Donado 78.

   “Santanatoglia, que era de Pacífico, estaba como gerente. Mi mamá me había mandado a estudiar taquigrafía y máquina, y me sirvió para entrar a trabajar”, agradeció.

Definición de Oscar Rubén Carlos Bruni, con la 4 de Pacífico.

 

   El básquetbol lo vio crecer. Llegó a jugar en el equipo superior del verde, contabilizando dos ascensos y, también, dos descensos.

   Paralelamente, le surgió la chance de luchar por un lugar en la selección bahiense.

   “Nunca pude quedar, aunque alguna vez entré con el Equipo de Siempre. Sí estuve dos veces preseleccionado, pero William García, otro goleador con quien disputaba el puesto, tenía buena mano. Era la selección Mayor, entrenábamos en cancha de YPF, en la avenida Colón”, puntualiza.

El equipo de Veteranos. Parados, a la izquierda, Labataglia, Angeli, Ginóbili, Miraglia, Bruni y Croceri. Abajo: Antón, Feliziani, De Marchi, Galardini y Fittipaldi.

 

   Aunque no pudo darse el gusto de defender la camiseta adentro de la cancha, igual tuvo la posibilidad de “ponerse” la Bahía, de Provincia y hasta de Argentina.

   En 1955 tuvo una primera experiencia en los Regionales que se disputaron en Dorrego.

   “Lloré como un chico porque era la primera vez que ganábamos”, recuerda.

Bahía, campeón en San Nicolás. Coco, parado primero a la izquierda. El resto: Bocanegra, Dardo Albizu, Dignani, Feliziani, Moggia, Juan Turró, Fruet y Brusa. Sentados: Castaldi, Radivoy, Cortez, los árbitros Tappata, Parodi, y cierra Burtoli.

 

   Siempre dispuesto y con ganas de ser parte de todo lo que rodeaba al básquetbol, Coco no dudó ante el pedido de Cacho Feliziani.

   “Me dijo: ‘mirá, no tenemos a nadie acá que lleve las pelotas, el bidón, las toallas, ¿no querés darnos una mano?’. Yo tenía una bicicleta y llevaba todo de un lado a otro. Me gustó la muchachada y poder ayudar. Y ya me quedé”, rememora.

   A medida que transcurrió el tiempo tuvo varios frentes abiertos.

   “Cuando me casé había que juntar unos pesos, me llamaron de Almafuerte porque querían poner básquet y estuve un tiempo entrenando en el salón. De ahí me iba corriendo hasta Bahiense, donde dirigía juveniles y cadetes”, contó.

   Y hubo más de este DT.

   “Después me llamó Coco Ferrandi y estuve en Alem. Salía de Hierromat y me iba rapidito en la bicicleta. Entrené a Hernán Montenegro, Ariel Medina, Cirillo García... ¡Qué jugadores!”, resalta.

Su pasión

   Cerca de cumplir 90 años, decidió donar la bici, su fiel compañera, para que la sortearan el Día del Niño en el merendero Pepe. Eso sí, todavía se anima a manejar el auto.

   De todos modos, su rutina fue cambiando. Ya es tiempo de descansar, aunque su energía a veces lo traiciona.

   “Ahora duermo menos y a la madrugada, cuando me desvelo, me acuerdo de toda esa época linda. Por ahí me levanto y me pongo a leer resúmenes de partidos o torneos”, apunta.

   Y la memoria le trae una jugada, entre tantas otras de las que fue testigo directo.

   “En Entre Ríos (1967), la última pelota era nuestra, Ripullone pidió minuto, dijo 'vamos a hacer una cortina para ver si podemos tirarla; se reanudó el partido, tiró Lito, erró, agarró el rebote, como siempre, se la paso a

   Cabrera, también erró”, se lamenta, con las manos en la cabeza, sufriendo como ese mismo momento.

   “¡Parecía que nos moríamos del corazón con Ripullone y Ferrandi!”, exclama, recostándose sobre la silla y poniéndose las dos manos a la altura del corazón.

   Había tiempo todavía.

   “Tiró de nuevo Lito y ¡volvió a errar! Y como un eclipse (sic) allá arriba saltó el Negro De Lizaso, la metió y ganamos. Viendo a esos jugadores, nunca pensábamos que podíamos perder”, reconoce.

   Su sentimiento genuino e incondicional por la camiseta siempre lo movilizó.

   “Lloré muchas veces por el básquet, más de alegría que de tristeza. Me pasaba con los de antes y después con los chicos, que ni siquiera habían visto jugar a Fruet, Cabrera y De Lizaso”, confiesa.

   Su vínculo con el básquetbol se refleja en cada rincón de su departamento, donde, orgulloso muestra sus cuadros, banderines, medallas y tantos otros souvenirs. Inclusive las zapatillas Topper que usó en cada torneo hasta poco antes de retirarse.

   “Las chicas me regalaron para un cumpleaños unas nuevas y dejé de usarlas. Esas me las habían dado en Rosario, cuando para el Argentino (1980) montaron una cancha en el estadio de fútbol de Rosario Central”, recordó.

   También guarda la cajita con el hilo, las agujas, cordones, elásticos, todo lo que podía hacer falta y Coco te lo solucionaba. Así era él. Así es él.

   “En el '67 fui con Argentina al Mundial de Uruguay. El dirigente Rueda nos dijo a Coco Ferrandi y a mí que no había viáticos para nosotros. Como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, le dijimos: 'con poder llevar este escudito de Argentina estamos completos'. Si acá nunca cobrábamos. Con estar ahí ya nos sentíamos contentos”.

   A nivel clubes tuvo un paso por Olimpo.

   “Como Daniel Allende entrenaba a la noche con la Liga Nacional, me venía bien y después de la Asociación me iba para allá. Jugaba Montenegro, Fefo Ruiz, Aníbal Sánchez...”, repasa.

   Aunque su vínculo fue con las selecciones.

   “¡Los kilómetros que recorrí con el básquet!”, añora.

   “Era otra época -compara- donde no había buenos transportes ni hoteles”.

   Y se mete en el túnel del tiempo.

   “En los viajes Lito (Fruet) siempre era el que empezaba a cantar. En la cancha Lito -define- era el sacrificio, la entrega y Beto (Cabrera) la inteligencia y elegancia”.

Lito grita de pie. Beto disfruta sentado. A los costados, Cortondo, Monachesi (semioculto) y, a la derecha, Chicharro.

 

   Algo de lo que se lamenta es no haber podido viajar a China y Canadá.

   “Lista y Daso me invitaron para una gira con la Porteña. Lo hablé con el gerente de donde trabajaba y no me dejó ir, porque me dijo que era muy importante, que no podía faltar”, argumentó.

   Extremadamente responsable de su función, Coco sufría cuando le faltaba algo de la ropa del equipo que le entregaba a los jugadores, quienes, para poder quedarse con algún recuerdo primero debían ser campeones y después esperar que el dirigente de turno le hiciera entender que podía regalar la camiseta o el pantalón. Era difícil. Casi imposible.

   “Cuando me daba vuelta, siempre me faltaba algo. Y ahí empezaba a contar por número”, repasa, hoy, algo más relajado y hasta dibujando una sonrisa.

   En su función administrativa, siempre llevó las tablas de posiciones con lápiz y papel, costumbre que mantuvo aún cuando la ABB automatizó el sistema que opera con rigurosidad Roberto Seibane.

   “Ahora -admite- solo llevo las posiciones de Sub 23”

   —¿Te hiciste hincha de Pueyrredón?

   —Sí, je, porque está mi nieto (Tomás). Encima tiene los colores de Boca. Sufro mirando jugar a los nietos.

Coco pudo disfrutar de su nieto Tomás en una Selección. Uno de sus tantos recuerdos que tiene en su casa.

 

   La historia familiar nació en 1969, cuando se casó y, Edith, su esposa, de movida descubrió su pasión.

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   “Me fui de viaje de luna de miel y enseguida estaba el Argentino de San Luis. ¡Mi señora me quería matar! Después nacieron estos dos (y señala el portaretrato con la foto de sus hijos). Ahora tengo 8 nietos: Tomás, hijo de Guillermo y que tiene otros cuatro del corazón (Fausto, Segundo, Juana y Renata). Y, también, los tres de Fernando: Constanzo, Alfonsina y Laureano”.

   Obviamente, todos lo adoran. Y él, claro, los mima.

   “Renata juega en Olimpo y el otro día me preguntó: ‘¿Querés ser mi abuelo? Porque no tengo’, me dijo. “¡¿Cómo no voy a querer ser tu abuelo?!”. Así que voy a verla jugar y le llevo Gatorade para cuando termina”, contó.

   Ellos son su debilidad. Él, atento, siempre tiene a mano caramelos (los que en el día a día en la ABB siempre esperaban Maia, Stefi y Marcelo Pallotti).

Coco cuenta su historia. Al fondo, la foto familiar.

 

   Y es solidario, como le enseñó su mamá.

   “Me decía: ‘Trata de ayudar siempre al que tú creas que en realidad lo necesita’”, recuerda.

   También es memorioso y meticuloso. Y, para mantener sus costumbres a pesar de los cambios, esta semana se dio una vuelta por la ABB. Necesitaba la Olivetti para escribir una tarjetita de cumpleaños, como lo hizo toda la vida.

   En realidad, fue la excusa perfecta para reencontrarse con su viejo amor: la Asociación Bahiense de Básquetbol.

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