Bahía Blanca | Viernes, 17 de mayo

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La lupa en la agricultura: ¿químicos o biológicos? ¿O químicos y biológicos?

Hay coincidencia: no se puede tener una solución enteramente biológica sin considerar los químicos y su aplicación en forma complementaria.

En medio de un debate cada vez más acordado, el incremento del mercado global alternativo a los productos agroquímicos ratifica el inicio de un cambio de paradigma en la producción agrícola en nuestro país.

En el sector, las adopciones de tecnologías conllevaban no pocos años de desarrollo e investigación (y no todas eran exitosas), pero en los últimos años el proceso ha mutado hacia una mayor celeridad en un mundo de acciones vertiginosas y conectividad extrema para acceder a innovaciones sustentables respecto de la producción de alimentos.

El mercado argentino de biológicos posee un valor aproximado a los 100 millones de dólares y registra un incremento anual de hasta el 10 % (versus 40 % de Brasil, con un movimiento de alrededor de U$S 600 M, y el 20 % de Latinoamérica). A pesar del crecimiento general del mercado, la categoría de biocontrol representa menos del 15 % del total, en tanto que los inoculantes continúan siendo la principal categoría.

En el año 2018 el mercado mundial de productos biológicos fue de casi 7.400 millones de dólares. ¿El futuro? Se prevé triplicar hacia 2030.

Fabián Díaz, gerente general de Koppert Argentina, explica el fenómeno de esta manera: “Si bien hay insumos y productos biológicos que están desde hace mucho tiempo en el mercado, ahora está sucediendo algo distinto, y en forma acelerada. El uso de herramientas biológicas como los inoculantes en la Argentina, un país sojero por excelencia, tiene antecedentes, pero empiezan a aparecer otros productos e insumos que cambian la situación general”.

Entre esos indicios, Díaz incluyó —más allá de una consabida conciencia de sustentabilidad— una serie de factores como restricciones de mercados; incremento de las resistencias; degradación de los suelos y cambio generacional de los actores, no sólo los productores sino de todos quienes participan en la cadena agroalimentaria.

Fabián Díaz.

“Hay una particularidad y es que los insumos de biocontrol, como fungicidas, insecticidas y nematicidas, son menos del 15 % del total del mercado biológico, donde alrededor del 50 % son inoculantes. Así, la principal categoría del mercado biológico de la Argentina tiene un nivel de crecimiento bajo, ya que tenemos una alta penetración de inoculantes en el mercado de soja. Es decir, nuestro principal producto, o insumo biológico, está en una curva de crecimiento no exponencial, sino con incrementos porcentuales pequeños”, agrega.

El planteo no excluye las aplicaciones de agroquímicos. Esta es la explicación de Díaz: “Debe existir una complementación entre productos biológicos y químicos. Uno no puede tener una solución enteramente biológica sin considerar los químicos y su aplicación en forma complementaria. Nosotros siempre decimos: ‘Biológico siempre que se pueda; químicos, cuando sea necesario”.

Una opinión en el mismo sentido aporta Leopoldo Cid, director de Marketing de Rizobacter: “Es muy limitado pensar en términos de químicos o biológicos como alternativas excluyentes. Más bien, la combinación de ambos abre un enorme abanico de posibilidades creativas que pueden servir tanto para mejorar la calidad de los resultados como para reducir la dosis de los químicos. Además, en el mediano y largo plazo la ecuación económica resulta más favorable para las combinaciones entre ambos tipos de producto”.

Si bien el ejecutivo admite que, actualmente, no existen productos biológicos para cubrir —en su totalidad— la enorme gama de adversidades que padecen los cultivos, se trata de una herramienta que crece en forma rápida y que, año tras año, aparecen nuevas alternativas en las áreas de nutrición vegetal y de control de plagas.

“Eliminar la disyuntiva entre químicos y biológicos, y concentrarse en las combinaciones más productivas entre ambos, abrirá el camino hacia mejoras que, aún hoy, no tenemos en el radar del desarrollo de productos. Es uno de los grandes desafíos para empresas, asesores y productores que buscan incrementar la eficiencia de sus sistemas productivos pensando en el impacto ambiental y en la salud de las personas”, amplía Cid.

Ahora, la pregunta del millón es: ¿la natural resistencia al cambio (como en todo ámbito) admitirá un eventual incremento inicial de costos para la aplicación de nuevos productos? Para esto, Díaz, tiene una respuesta: “Nadie paga por algo a lo que no le ve valor”.

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