Bahía Blanca | Lunes, 03 de octubre

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Gases de efecto invernadero: ¿El campo es el malo de la película?

Agrupaciones ambientalistas y veganas acusan al sector de (poco menos) ser responsable de las siete plagas de Egipto. ¿Cuál es la verdad?

Producción ganadera en el SOB. / Fotos: Pablo Presti-La Nueva.

Guillermo D. Rueda / grueda@lanueva.com

   Emisiones de gases de efecto invernadero —actores principales del denominado cambio climático— de acuerdo con las actividades que los propician:

—Energía (léase electricidad, calor y transporte), 73 %.

—Agricultura, forestación y uso de la tierra, 19 %. En el desglose, las prácticas ganaderas representan entre el 4 y 5 %.

—Procesos industriales directos, 5 %.

—Desperdicios, 3 %.

   Ahora bien: ¿Por qué el malo de la película de las emisiones de GEI es el sector agropecuario?

   Las razones de la acusación son varias, y variadas, pero sin duda que una información sesgada y con una vinculación directa de competencia entre la producción y la comercialización de alimentos reditúa en función de algunas posiciones extremas.

   Lanzar cifras de los perjuicios que provoca la producción agropecuaria, que nadie desconoce en los parámetros que pueden consultarse en sitios oficiales, sin incluir que el mismo sector secuestra carbono a través de la fotosíntesis de los cultivos, las pasturas y los planteos forestales alcanzando un balance positivo de CO2 es, cuanto menos, mirar la película hasta la mitad.

Origen de los GEI / Fuente: World Resources Institute-Fundación Producir Conservando.

   ¿De qué se trata? Los gases de efecto invernadero, como el dióxido de carbono (CO2), óxido nitroso (N2O) y el metano (CH4), entre otros, retienen el calor de la atmósfera generado por el sol, provocando que suba la temperatura del planeta.

   ¿Las consecuencias? Cambio (o variabilidad) climático con el desarrollo de fenómenos extremos, como sequías y lluvias, con inesperadas catástrofes e inundaciones, algunas de ellas apreciadas por estos días. Y que seguiremos apreciando.

   ¿El futuro? De no tomarse medidas adecuadas respecto de la huella de carbono (recién existe conciencia de la importancia de medir para actuar en consecuencia), es probable que aquella incidencia continúe aumentando por la mayor demanda mundial de alimentos —la Argentina posee un rol protagónico— y, por ende, de la intensificación de las prácticas agrícolas.

   ¿Qué hay que hacer? Mucho. Desde aumentar la productividad por unidad de superficie hasta ser más eficiente. Estas son las fórmulas para producir más en menos área, sea para agricultura como para ganadería.

   En la ventana de aquel 19 % de responsabilidad del sector agropecuario en los GEI, la ganadería llega a un tope del 5 %. Para la Argentina, uno de los principales países productores, y exportadores de carne vacuna, el dato no es menor.

   Lo que importa, en realidad, es el asterisco. No se puede obviar que existe una creciente influencia, en especial a partir de la agresiva dinámica estratégica en las redes sociales, de oenegés ambientalistas y veganas que acusan al sector en general, y a la ganadería bovina, en particular, de (poco menos) ser el responsable de las siete plagas de Egipto.  

   “Usan argumentos tales como que la producción de carne bovina impulsa la deforestación, sobre todo la ilegal; la pérdida de biodiversidad en los servicios ecosistémicos; la emisión de GEI y la degradación de los recursos naturales”, dijo el Dr. Ernesto Viglizzo, reconocido investigador del Conicet y del INTA.

Los grupos ambientalistas nunca aclaran que el sector agropecuario fija —y secuestra— CO2 por medio de la fotosíntesis realizada por cultivos, pasturas y forestales para obtener el balance de carbono.

   “Esta representatividad ha sido alentada por grupos ambientalistas y veganos y la imagen se puede bajar de internet. Allí se demuestra que un bife arrastra consigo una pérdida sustancial de bosques y de servicios ecosistémicos asociados”, sostuvo.

   “Estos aspectos los debemos poner en contexto para separar la narrativa de lo que son los números y las evidencias verificables en conocimiento científico”, añadió Viglizzo.

   Por su parte, Frank Mitloehner, del Departamento Animal Science U.C. Davis de los Estados Unidos, dijo —en el congreso de Aapresid— que a la ganadería se la responsabiliza del calentamiento global del planeta por la generación de CH4. 

   “Incluso, hay movimientos que proponen eliminarla y se han abierto debates al respecto. Pero existen aspectos que se deben entender para comprender que aquello no es cierto”, añadió.

   Una explicación está en la comparación de las emisiones de los bovinos respecto de los automóviles.

Emisiones de GEI en el mundo en 2020. Fuente: FPC

   “En el ciclo biogénico del carbono, a partir de la fotosíntesis las plantas toman el CO2 de la atmósfera y lo transforman en carbohidratos, almidón y demás. El animal lo consume y lo elimina como CH4. El carbono nuevo que se agrega a la atmósfera es reciclado y transformado otra vez. Por eso lo que liberamos a la atmósfera vuelve al suelo", explicó.

   En el caso de los combustibles fósiles, los autos liberan —en forma diaria— grandes cantidades de CO2. Esto, a diferencia del ejemplo anterior, es acumulativo.

   Está claro que la solución, y a esta altura cabe aclararlo, no pasa por transformarnos en veganos para que nos den el premio al ciudadano del año por contribuir a salvar el planeta.

   El propio Mitloehner cita otra referencia: “Un avión desde los Estados Unidos a Europa emite 1,6 toneladas de CO2. Así, una persona debería no consumir ninguna carne por dos años para compensarlo. Incluso, si el mundo dejara de comer la misma carne, sólo se reduciría un 2,5 % de CH4”.

   En otras palabras, dato mata relato. Es el concepto a internalizar se pretendemos solucionar una problemática que, más allá del sector agropecuario, está afectando el patio de nuestras casas.

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