Hace 35 años

Fefo Ruiz, una noche mágica en el Tomás y los secretos del goleador

23/11/2020 | 06:30 |

Los 60 puntos que metió el uruguayo con Estudiantes –un día como hoy-, son récord para un jugador con la camiseta de un equipo bahiense en Liga Nacional. El debut en Bahía con ropa prestada, su egoísmo, el error de ir a Olimpo y su perfil tribunero. Habló de todo con “La Nueva”.

Un clásico: puño apretado y mirando al público. Esa noche, en el Tomás, Fefo se cansó de festejar. Fotos: archivo-La Nueva.

 

Por Fernando Rodríguez

Twitter: @rodriguezefe

Instagram: ferodriguez_

 

   La pasión con la que Wilfredo Ruiz rememora el partido lo devuelven imaginariamente al Norberto Tomás (el Casanova estaba suspendido), más precisamente al 23 de noviembre de 1985 -hoy hace exactamente 35 años- cuando Estudiantes recibió a San Andrés.

   Fefo jugó muchos partidos más en su carrera, aunque ese tiene un significado especial por los 60 puntos que metió, estableciendo así un récord que se mantuvo hasta la temporada ’90 de Liga Nacional.

   —¿Qué recordás de esa noche?

   —Había un muchacho que me marcaba, me pegaba, me empujaba (defendieron cajón con Jorge Ferrini siguiéndolo) y le dije: “Mirá que por ahí no es el camino, ¡eh! No voy a errar porque me pegues”. Pero se ve que le habían dado la orden.

   —¿Es cierto que le pediste al árbitro una lapicera?

   —Sí, je. Le pregunté: “¿No tenés una lapicera?; porque me olvidé que la novia del señor me pidió un autógrafo y se lo voy a firmar ahora”.

   —¿No reaccionó?

   —La impotencia fue tal que él también se sorprendió. Aunque él como el resto no sabían que yo tiraba mucho mejor marcado que solo. En la Argentina nunca nadie lo supo. Tenía una manera de entrenar y moverme para poder tirar marcado y desequilibrado.

En bandeja, ante un Orlando Salinas (San Andrés) resignado. 

 

   Estudiantes llegó a este partido obligado a ganar para no despedirse, tras perder en Villa Ballester 110 a 93. La noche inolvidable de Fefo sirvió para vencer 98 a 79 y al día siguiente repitieron, pasando a semifinales (90-78), con 40 puntos del uruguayo, es decir, 100 entre dos días consecutivos. ¡De locos!

   “Tengo que agradecer a mis compañeros, porque era un equipo. Y el Huevo (Sánchez) me tenía confianza, entonces de diez sistemas siete terminaban en mis manos. Pero claro, yo también cumplía”, reconoció.

   La síntesis:

   Estudiantes (98): W. Scott (20), W. Ruiz (60), M.D. Buzzo (5), J. Faggiano (9), C. Severini (1), fi; S. Pettorosso (3) y R. Juanpataoro. DT: Oscar Sánchez.

   San Andrés (79): O. Salinas (4), R. Rattone (26), L. Oroño (8), S. Pellon (18), V. Ross (9), fi; J. Ferrini (5), C. Berrondo (7) y C. Ballester (2). DT: Heriberto Schonwies.

   Primer tiempo: Estudiantes 51, San Andrés 41.

   Tiros libres: Estudiantes 25-34 y San Andrés 11-19.

   Cinco faltas: Buzzo y Pettorosso (E) y Oroño (SA).

   Arbitros: Carlos Etchart y Ramón Fraixedes.

   En las tres primeras ediciones de la Liga Nacional el uruguayo fue máximo anotador, promediando 33,2 puntos (1985), 32,3 (1986) y 30,3 (1987).

   Los máximos anotadores en la historia de la Liga que lo superaron en conversiones en un partido fueron Andrew Moten (63 puntos con Gimnasia de Comodoro, en la '92-93), Héctor Campana (62 con River, en la '90) y Joe Harvell (62 con Valle Inferior, en la '94-95).

Sin zapatillas

   Fefo era un viejo conocido –a pesar de su juventud- del ambiente bahiense, porque venía seguido a jugar con Uruguay.

Jugando contra Bahía, lucha con Velasque ïbalo. A su lado, Héctor Santini.

 

   “Siempre que iba a Bahía pensaba que me gustaría ir a jugar del otro lado. Porque el básquetbol era muy parecido al nuestro, con mucha más garra y fuerza que, quizás, técnica”, reconoce el tirador.

   Sólo fue suficiente la visita de Alberto Cabrera para concretar su sueño de ser local en la Capital del Básquetbol.

¡Bienvenido! Beto y Fefo hablan en el aeropuerto, acompañados por Adolfo Scheines.

 

   “Cuando fui a Bahía para firmar el pase, (Rubén) Rábano (por entonces presidente de la ABB) medio que me comprometió para jugar a la noche. Pero yo no había llevado ropa, porque me volvía al día siguiente a las 7 de la mañana. Y como estaba Beto (Cabrera) presente me dijo que me prestaba las zapatillas. Y no podía decir que no.

   —¡Y le metiste 44 puntos a Cuba!

   —Como para arrancar con el pie derecho, ¿no? Hacía dos meses que no jugaba. Estaba de vacaciones y me vino a hablar Beto. Yo tenía arreglado para ir a mitad de año a México. Y cuando fui conociendo la historia de Beto, más allá que sabía de los cinco fantásticos como él, Fruet, De Lizaso, Monachesi y Cortondo, significó un orgullo tremendo que un tipo de su trayectoria me viniera a buscar.

El primer partido en Bahía se ganó al público.

 

   Fefo llegó con el fresco antecedente de promediar 50,7 puntos en 33 partidos.

   “Viajé para Bahía con lo puesto. Conocí a mis compañeros en el vestuario, más allá de Jorge Faggiano, a quien había enfrenado con Uruguay. Salimos a la cancha, el Negro Santiago (LU2) me preguntó cuántos goles iba a meter y le respondí: ‘Salvo que ande mal, hago 40’. Y me aclaró: ‘Mirá que estás prometiendo 40 y del otro lado está Cuba’. Y le insistí: ‘Sí, no importa’. Hacía dos meses que no jugaba; los zapatos (sic) no eran míos y me apretaban una locura. Las vendas nuestras en Uruguay eran de lienzo y las que me prestaron eran elásticas; tenía una hinchazón de pies que no te puedo explicar. Así y todo tuve la suerte de meter 44 y le ganamos a Cuba. Ahí empezó mi camino en Bahía.

   En noviembre de 1983, Fefo convirtió 70 puntos un lunes, 72 el miércoles y 84 el sábado jugando para Neptuno en Uruguay. Aún no existían los triples.

   Un tirador de raza, picante, ganador, que las quería todas y si era la última, mejor.

Oroño quedó en el piso y Graham mira como Fefo sube hacia el cesto. 

 

   —¿Qué tan egoísta fuiste como jugador?

   —El goleador tiene que ser egoísta por naturaleza. Para ser goleador necesitás demasiada confianza en vos. Si íbamos tres contra uno yo decía “festejá”. Y después que empezás a ver el aro grande y tenés la confianza de tus compañeros y del técnico para que definas, te genera una linda responsabilidad.

   —Y cuando el técnico no dibujaba la última para vos, como una vez hizo el Huevo, también la tirabas.

   —Je. Esa vez me salió bien, de lo contrario creo que el Huevo todavía estaba pegándome. Pidió tiempo, perdíamos por un punto y me prohibió que yo tirara esa pelota. Cuando volvimos para la cancha agarré a Willy (Scott, el base) y le dije: “Esta pelota la tiro yo”. Se la saqué de las manos, fui a la línea sobre mi perfil derecho y cuando me quise levantar para tirar lo vi al enorme Ernie Graham, e inmediatamente pensé: el Huevo me mata. Entonces pasé la pelota para la mano izquierda y entró, con ayuda de Dios y todos los santos.

   —¿Y Huevo?

   —Ni me le acercaba, je; aunque después tuvimos una charla maravillosa. Tengo que reconocer que bastante de lo que aprendí en mi carrera fue a su lado.

   —Un enfermo, como él se define.

   —Sí, un enfermo. Una noche le ganamos a Española en Córdoba, con todo lo que significaba, y mientras estábamos cenando me empezó a diagramar el partido siguiente, moviendo los platos y los vasos. Hasta que le dije: “Huevo, pará un poquito, vamos a festejar primero... Cuando lleguemos a Bahía descansamos un día y después me explicás lo que quieras”. Pero fue fundamental en mi carrera para terminar puliéndome como jugador.

El apasionado Huevo Sánchez, dentro de la cancha, al lado de Fefo. Primer partido del albo en la Liga, ante Española, en el Tomás.

 

   —¿Es cierto que te ponías vaselina en los brazos?

   —Sí, es cierto, porque a mí me querían agarrar. Jugábamos un doble stack abajo y para poder zafar me ponía vaselina desde la muñeca hasta el hombro para que patinaran. A veces me fabricaba algún foul, es verdad; eran secretos que uno tenía para ir martillando y buscando un resultado.

   —Si te habrán pegado, ¿no?

   —Era el comienzo de la Liga, se ponía espeso. Tenías que pedir los jueces; si te tocaba Alagastino o alguno con personalidad y manejo de juego podías ganar.

   —Bueno, al Mono Alagastino una vez lo protegiste, entre comillas.

   —Claro, primero lo mandé en cana y después lo protegí. Me arrepentí en el momento. Le tiré toda la tribuna en contra, pero cuando vi que era desmedida la reacción del público y empezaron a bajar, lo abracé. Por suerte él entendió lo mismo.

Arrepentido, Fefo cubre al árbitro Alagastino.

 

   —“Los aros son iguales en todo el mundo”, dijiste alguna vez. ¿Seguís pensando igual?

   —Es así, con una diferencia que ya no existe hoy: las pelotas. En Uruguay en aquel momento todavía quedaban canchas al aire libre y pelotas de plástico. Recuerdo haber jugado en Malvín, donde ponían los chorizos a la parrilla, el humo subía y casi que tapaba el tablero. Era algo surrealista, pero era el folklore del básquet uruguayo, donde nos forjamos un montón de jugadores que marcamos una época. Y atrás de todo eso, cuando llegué a Bahía, el Casanova me parecía el Madison Square Garden. Fueron muchos años y la pasé muy bien. No voy a dejar de ir de visita con mis hijos, a un lugar en el mundo donde la pasé fantástico.

Con la aurinegra, frente a Ferro, lanzando por encima de Diego Maggi.

 

   —¿El dinero fue lo que te movió a cruzar la vereda de Estudiantes a Olimpo?

   —En su momento fue el dinero. A la distancia, entiendo que cometí un error, no fue un acierto, porque Estudiantes me había marcado muchísimo (tres temporadas) y no sé si estuvo bien ese pase. El dinero a veces no compra todo.

   —Inclusive no terminaste bien, te fuiste lesionado.

   —Exactamente. Por eso mismo, las cosas suceden, pero al tomar distancia y analizándolo, reconozco que no fue una buena decisión. Igual, la pasé fenómeno en Olimpo, lo defendí de la mejor manera que pude. Pero algo que deben entender otras generaciones es que no todo es dinero.

Una mecánica perfecta. Jugando para Estudiantes, ante la mirada de Aníbal Sánchez, de Olimpo.

 

   —La Federación Uruguaya te suspendió por 99 años, previo al Mundial ‘86, cuando pediste que te pagaran los dos meses que Estudiantes no se hacía cargo. ¿Fue un gran contraste con lo que venías haciendo en la Liga? ¿Te afectó?

   —En el ’86 estaba en plenitud basquetbolística y venía de ser dos temporadas goleador de la Liga en Argentina. Con Tato López compartíamos dos metas racionales: nos había ido muy bien en la olimpiada del ’84, porque terminar sextos fue como salir campeones del Mundo. Entendíamos que lo habíamos logrado teniendo 22 o 23 años, entonces, en el Mundial del ‘86 o los Juegos Olímpicos de Seúl íbamos a potenciar el básquet de Uruguay, porque nos encontraría mejor, más técnicos, después de haber salido varios a jugar afuera de Uruguay. El problema lo generó la Federación. Yo entendí la posición de Estudiantes, que necesitaba tener el equipo completo para organizar algún partido y así juntar fondos para pagar. No entendí la postura de la Federación; me suspendieron y me dejaron muy mal ante la opinión pública, diciendo que yo había pedido plata para jugar por Uruguay cuando, en realidad, yo pedía que alguien me pagara mi remuneración de la cual yo vivía.

   —¿En los Juegos de Los Angeles, en 1984, pediste defender al más chiquito de Estados Unidos?

   —Sí, al que yo pensé que era el peor.

   —Qué buen ojo, je.

   —Ando bien para elegir, je. En nuestra época no había videos ni nada de eso. Fuimos a jugar con Estados Unidos, después de haberle ganado a Francia en alargue un partido que se nos destiñeron las camisetas.

   —¿Cómo?

   —Claro, eran alternativas, blancas con números amarillos. Y cuando terminamos la entrada en calor el número no se entendía; entonces, el árbitro pitaba y te preguntaba el apellido para marcar en la mesa.

   —No te puedo creer, je. ¿Bueno y qué pasó con aquel chiquito estadounidense?

   —Bueno, no teníamos idea del rival y en el buzo del 9 estaba escrito Jordan, con jota. Entonces dije: “Yo marco al negrito ese, chiquito, que debe ser el peor”. Cuando empezó a jugar... ¡Madre! Después lo marcó Tato y lo hizo muy bien. Lo llevamos bien el partido un tiempo, después nos pasaron por arriba.

Definiendo el contraataque con un lanzamiento a distancia, aprovechando que Héctor Haile (River) se durmió.

 

   —¿Con tu estilo de juego qué lugar ocuparías hoy en un equipo?

   —El básquetbol ha cambiado mucho, tiene una dinámica más importante y, sobre todo, al bajar de 30 a 24 segundos hay más posesiones. Eso me hubiera permitido jugar de otra manera y, tal vez, hasta de meter más goles, pero siempre con la misma convicción.

   —¿Cómo pudiste retirarte después de meter 44 puntos?

   —Tenía 38 años y menos ambición de jugar y anotar. Me iba a pasar lo que a muchos, de quedarme a jugar por jugar. Los resultados no iban a ser los mismos y la gente se queda con la última imagen. Ya no disfrutaba del vestuario, donde se forman los grandes grupos, que son los que ganan partidos.

El ida y vuelta con el público, una característica que distinguió al uruguayo.
 

   —¿La comunión que lograbas con la gente era de tribunero?

   —En Bahía Blanca siempre escuché ese término que no existe acá en Uruguay. La tribuna responde a lo que vos le das desde adentro. Si transmitís corazón y pasión, contagias al que está en la tribuna. Y en mi caso lo hacía tratando de que el equipo ganara, de la mejor manera que yo sabía, que era haciendo goles.

   La ciudad aún tiene presente esas noches iluminadas de Wilfredo Ruiz. Fue responsable de movilizar multitudes a partir de su carácter, su carisma y su entrega.

   La cantidad de puntos que convertiría en cada presentación de por sí generaba expectativa.

   La gente pagaba para verlo. Se identificó con él y muchas se lo retribuyó coreando el "u-ru-guayo... u-ru-guayo... u-ru-guayo".

   No hubo otro igual.

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