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Suelo: cómo revertir el continuo deterioro y no fallar en el intento

El modo carbónico aparece como el nutriente del futuro en una agricultura de detalles y regenerativa que debe recuperar materia orgánica.

La falta de nutrientes en el suelo se expresa de manera generalizada. / Fotos: Pool de Periodistas

La agricultura global, en general —y de la Argentina en particular— se encuentra ante una encrucijada sin precedentes: el gran desafío de los próximos años es incrementar la producción de alimentos para abastecer a una población en crecimiento, pero bajo una condición indispensable: con un modelo sustentable y regenerativo.

Para tal consideración, las razones son varias y variadas. Es que las exigencias de los consumidores y de la sociedad por productos de calidad superior empuja a buscar un equilibrio virtuoso entre la productividad y la conservación del recurso más preciado: el suelo. Es decir (aunque obvio): se trata del suelo.

En este escenario, nuestro país —un productor de alimentos por excelencia con una demanda sostenida y creciente en todo el mundo— enfrenta una doble complejidad.

Por un lado, lleva más de una década con rendimientos agrícolas (casi) amesetados. Y por otro la calidad de sus perfiles de suelo se está deteriorando de manera alarmante debido a la pérdida constante de materia orgánica y de nutrientes esenciales. Este dato es claramente objetivo y no admite interpretaciones, así como apenas se analiza poco más del 30 % del suelo que se destina a la producción (con las consecuencias que ello presume).

¿El objetivo? Se concluye que el carbono aparece como el nutriente del futuro para una agricultura de detalles y regenerativa que puede contribuir a revertir el estancamiento de los rindes y la pérdida acelerada de MO.

Una apreciación a esta problemática, y a las eventuales soluciones, las aporta el Ing. Agr. Guillermo Alonso, gerente de Grandes Cuentas y Semilleros de Spraytec: “Cuando hacemos análisis químicos de nuestros suelos vemos, con preocupación, que nos faltan nutrientes de manera generalizada. Hoy registramos deficiencias severas de fósforo, nitrógeno, azufre, zinc y boro. Pero lo más alarmante es que están empezando a escasear elementos que tradicionalmente estaban muy bien abastecidos en nuestro país, como el calcio, el magnesio y, en la Mesopotamia por caso, el potasio”.

Ing. Agr. Guillermo Alonso.

También dijo que este deterioro de los parámetros químicos va de la mano con una caída dramática en los niveles de MO. Al no tenerla, el suelo pierde su salud y funcionalidad, lo que repercute directamente en la física del perfil.

“Al no profundizar el sistema radicular por problemas de compactación e impedancia física, las raíces de los cultivos quedan completamente superficiales y lateralizadas. Esto genera suelos compactados, con muy baja retención hídrica y una pobre capacidad de infiltración de agua. Con las prácticas de cultivo tradicionales que venimos implementando, definitivamente no vamos a salir de este círculo vicioso; estamos agotando el sistema”, asegura Alonso, en diálogo con La Nueva.

Lo bueno: hay salida y, además, planes para sortear esta dinámica que impide un mayor y más rápido crecimiento de los rindes agrícolas. Una de esas alternativas asoma con las tecnologías regenerativas de carbono.

“Es una herramienta que llegó para quedarse y marcará el inicio de toda una era basada en volver a nutrir con carbono a sistemas que, hoy, se encuentran exhaustos. Pero este camino no es para cualquiera; es para aquellos productores que tienen encendidos los focos de alta (sic) y miran hacia adelante. Es para quien toma conciencia de que, con el manejo actual, el rendimiento está estancado, se está perdiendo calidad de suelo y que, si no cambia algo, le va a terminar dejando a sus hijos un recurso mucho peor del que recibió de sus padres o abuelos”, explica Alonso.

Como parte de una velocidad de cambio tecnológico en la que la agronomía de los próximos años se definirá por detalles, Alonso se refirió a Tractus Carbono: “La base fundamental es el biochar, o biocarbono, que se obtiene a partir de la captura de dióxido de carbono que habitualmente se ventila a la atmósfera en las industrias forestales, principalmente en procesos de desmonte.

Mediante un proceso termodinámico llamado pirólisis, elevando la temperatura a más de 700°C en ausencia de oxígeno, se logra acumular y estabilizar ese carbono en una partícula muy pequeña”.

En medio de las demandas medioambientales cada vez más instaladas, este proceso representa, en sí mismo, un balance positivo para la huella de carbono global: “De hecho, la adopción de este tipo de productos en Europa califica para el pago de créditos de carbono. Nosotros tomamos este biocarbono base y lo enriquecimos sumándole ácidos orgánicos, enzimas y nutrientes esenciales. De este modo, en un solo producto se obtienen todos los beneficios físicos de retención del biocarbono potenciados por la actividad química y biológica de los aditivos”, añade.

“Quiero decir: la agronomía del futuro en la Argentina nos exige prestar atención a detalles agronómicos que antes ignorábamos. Recuperar los suelos y aumentar la productividad de los cultivos no son metas opuestas; son dos curvas que pueden —y deben— ir de la mano”, concluye Alonso.

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