Nilo Navas: la historia del sobreviviente del Belgrano que convirtió el naufragio en una misión de memoria
“La guerra de Malvinas no está perdida, lo que perdimos fue la batalla. De otro modo no seguiríamos reclamando”, sostuvo el VGM, al cumplirse hoy los 44 años del hundimiento del crucero.
Periodista. Círculo de Periodistas Deportivos de Bahía Blanca. Fue redactor de la revista Encestando (1985-2000). Desde 1987 trabaja en el diario La Nueva Provincia (hoy La Nueva.). Pasó por las secciones Deportes, La Región y La Ciudad, donde se desempeña actualmente. Está especializado en periodismo agropecuario desde 2001. Miembro de la Asociación Bonaerense de Periodistas Agropecuarios. Responsable de las páginas webs de la Asociación de Ganaderos (AGA) y de Abopa.
Luego de sobrevivir al naufragio del crucero ARA General Belgrano, que en la tarde del 2 de mayo de 1982 se había ido a pique en el Atlántico Sur en plena guerra de Malvinas, Nilo A. Navas, cabo primero de la Armada Argentina, no veía la hora de llegar a su casa del barrio Anchorena, en Remedios de Escalada casi al 800.
A la experiencia que venía transitando en los últimos dos días, varias veces conmocionante y hasta por momentos surrealista, el joven marino bahiense le seguiría sumando episodios.
Tras ser rescatado por el aviso ARA Francisco de Gurruchaga y pasar por Ushuaia (a media mañana del martes 4), Navas llegó a la Base Aeronaval Comandante Espora, en Punta Alta, en la tarde noche de ese mismo día. Su estado —físico y mental; venía de 32 horas en una balsa, con olas de hasta 6 metros, enfrentando fríos extremos y agotamiento psicológico— era precario: con ropa militar repuesta (por integrantes del aviso), sin un aseo adecuado y, acaso, más delgado que de costumbre. Un compañero de armas le permitió lavarse (por arriba), le prestó otra vestimenta y, además, le dio algo de dinero para el transporte.
Se fue al centro de la ciudad y tomó el primer micro de La Acción que indicaba Bahía Blanca que pasó por la parada. El chofer se sorprendió al verlo y, más aún, al saber dónde había estado en las poco más 48 horas previas: es que, justo, le había preguntado si sabía algo del Belgrano. No fue indiferente: decidió devolverle el costo del pasaje, le pidió, casi de manera paternal, que se fuera a descansar cuando antes y por eso modificó el recorrido habitual. Lo dejó en la parada más cercana a su casa, cerca del Hospital Italiano; no quería que caminara tanto.
Finalmente, un poco más allá de las 22 ingresó a su casa (hasta con cierta naturalidad). La aparición fue poco menos que fantasmal, por el día, por la hora y por el contexto: debido a un error burocrático, y en medio de la confusión del hecho de guerra, en las listas oficiales figuraba en carácter de desaparecido. A sus padres, cuñada y sobrinos, quienes aguardaban noticias, les costaba creer lo que veían.
El cabo primero saludó detenidamente a todos, como siempre, y deslizó una inquietud sobre algo que lo preocupaba.
—Mamá, ¿me podés preparar la ducha? La última vez que me bañé fue el 15 de abril, cuando zarpamos con el crucero.
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Con el transcurrir del tiempo hasta hoy, cuando se cumplen 44 años desde el ataque del submarino nuclear británico HMS Conqueror que provocó 323 (sobrevivieron 770 marinos) de las 649 bajas argentinas en todo el conflicto, Navas logró superar la marginalidad de la posguerra mediante el estudio y la persistencia, convirtiendo una experiencia traumática en una raíz educativa que busca generar convicción en las nuevas generaciones.
¿Cuándo sucedió eso? A partir del 31 de diciembre de 1984, cuando decidió dejar de ser parte de la Armada Argentina.
“Entendí que mi verdadera misión era la educación. Y así durante casi 40 años ha recorrido miles de escuelas nombrando a mis compañeros caídos para evitar que caigan en el olvido. Los empecé a mencionar porque, en realidad, quiero ser la voz de quienes no la tienen”, afirma Navas, en diálogo con La Nueva.
“La historia no se debe perder ni simplificar. Para eso estamos nosotros, porque nadie nombra a los héroes de Malvinas ni tampoco se hará, ya que los libros de historia suelen simplificar el conflicto a apenas una página”.
“La idea también es convertir a los jóvenes en combatientes. Yo no me defino como ex combatiente, sino como un combatiente que, hoy, usa la educación en lugar de las armas. Al transmitirles conocimientos, los alumnos también son combatientes porque defienden la causa con la palabra y el estudio”, amplía.
También dice que es clave diferenciar entre batalla y guerra a través de la educación: “La guerra de Malvinas no está perdida, lo que perdimos fue la batalla, porque de lo contrario no estaríamos reclamando. La guerra continúa de forma diplomática y cultural, ya que no hubo una rendición incondicional ni cesión de soberanía”, explica.
“La educación es una raíz que nadie puede detener una vez que se siembra en los jóvenes. Por eso, educar a las nuevas generaciones sobre los argumentos legales y los hechos reales del conflicto genera una convicción soberana de que es indispensable para recuperar las Malvinas más pronto que tarde”, expresa.
El Galileo y la historia
Una continuidad de este proceso educativo se produce con el reciente viaje que realizó Navas a las Islas a bordo de su velero Galileo. En la oportunidad fue acompañado por el capitán Jorge Jerónimo Patoco y los tripulantes Andrés Hernández, Agustín Espósito, Verónica Varas y Gabriela Macagni.
“La travesía estuvo cargada de simbolismo, desafíos climáticos y una profunda reconstrucción histórica personal”, admite sobre la estadía en la costa frente a Puerto Argentino durante casi una semana: del 14 al 20 de este febrero.
El viaje comenzó con cuatro días de navegación desde la Isla de los Estados hacia el sudeste de la Isla Soledad. Para protegerse de un fuerte temporal proveniente de la Antártida, se buscó refugio en la Bahía de los Abrigos y en Caleta Fanny. Navas recuerda —con emoción— el momento en que estuvieron a solo 30 metros de la costa, en un lugar deshabitado y donde se abrazaron con la bandera argentina al tope del mástil.
Tras capear el temporal, llegaron a Puerto Argentino alrededor de las 20 del sábado 14: “Me llamó la atención el impacto visual de los icónicos techos de colores rojos, amarillos, verdes; los que siempre había visto en fotos. La diferencia es que esta vez me encontraba en esa imagen; una sensación única”, recuerda.
La bandera argentina permaneció flameando frente a los habitantes locales, lo que generó reacciones y debates que, aún hoy, continúan en redes sociales.
“Pero el viaje no fue para sacar fotos, sino para reconstruir la historia”, aclara.
Navas recorrió entre 50 y 60 kilómetros visitando lugares clave de combate como Pradera del Ganso, el Cementerio Argentino de Darwin, y los montes Tumbledown, Longdon y Harriet. Al pisar la turba, no dejaba de preguntarse cómo hicieron nuestros soldados para mover cocinas de campaña y cavar trincheras bajo el hielo y la nieve del invierno de 1982.
En el Galileo viajó Agustín Espósito, hijo del infante de marina Aníbal Edgardo Espósito, quien participó en el desembarco en Malvinas en la madrugada del 2 de abril. Además, en los citados montes se encontró con el VGM (capitán RE) y doctor en Arqueología Héctor Tessey, con quien pudo recrear hechos de guerra en el mismo escenario donde ocurrieron.
“Había que saltar”
En la tarde de aquel domingo 2 de mayo de 1982, Navas terminaba su guardia —de cuatro horas— en el centro de información de combate. Eran casi las 4 de la tarde y se encontraba entregando la posición geográfica del buque a su compañero, el cabo primero Walter Martelli. En ese instante, el primer torpedo del submarino británico HMS Conqueror impactó contra el crucero.
“El buque se paró de golpe, se cortaron los servicios eléctricos, se puso de costado y nos caíamos; nadie entendía nada. Fue un golpe terrible; terrible”, relata sobre el momento inicial del ataque. Tras un segundo impacto, la voz de un compañero confirmó el peor temor: ¡torpedo!
El abandono del Belgrano fue una prueba extrema de entrenamiento y voluntad. Navas describe un panorama poco alentador al salir a cubierta: inclinación, humo, fuego y los primeros heridos que subían desde las cubiertas bajas. La orden de abandonar llegó a las 16.23.
“Es la decisión que tenés que tomar: salvar tu vida o quedarte en el barco”, explica Navas, quien hoy utiliza este episodio en charlas motivacionales para directivos de empresas.
“Una cosa es proyectarlo en la teoría; otra es en la práctica. Cuando tenés un viento huracanado, oleajes, tragedia, incendio, petróleo y muerte decís: ‘Andá y tiráte. Pero no es fácil”, cuenta.
Una vez en las balsas, que se inflaban al caer al agua, el peligro seguía latente. El viento empujaba las pequeñas embarcaciones de regreso debajo de un crucero que se iba inclinando. Tuvieron que realizar un trabajo en equipo utilizando una lancha con motor fuera de borda para remolcar las balsas y sacarlas de la zona de succión antes de que, alrededor de las 17, el Belgrano desapareciera por completo.
“La primera noche fue tremenda, pero el ánimo subió temporalmente a la mañana siguiente al ser avistados por un avión de la Armada”, cuenta.
“Sin embargo, al transcurrir el día sin que llegara el rescate, nos decaímos profundamente al entrar la segunda noche; muchos no creían poder superarlo. De hecho, en esos momentos varios tripulantes de otras balsas fallecieron debido a las heridas y al congelamiento”, añade.
Luego de 32 horas (“rezábamos, llorábamos, cantábamos, nos reíamos; fuimos pasando por distintos estados”) finalmente fueron rescatados en la madrugada del 4 de mayo por tripulantes del aviso ARA Gurruchaga.
Pero no fue algo sencillo.
Los sobrevivientes, que estaban resguardados dentro de la balsa, solo escuchaban sirenas y veían luces de un buque que se acercaba. Fue entonces cuando un nadador de rescate se lanzó al agua, rompió el techo de la balsa y comenzó a atar, uno por uno, a todos los náufragos.
“Debido al nivel de congelamiento nos resultaba imposible subir por nuestros propios medios por la escala de gato. Por eso tuvimos que ser izados hacia el Gurruchaga”, relata Navas.
Tratado acerca del horario del ataque
Basándose en una teoría personal sobre los turnos de guardia y la intención del comandante del submarino británico, capitán Christopher Wreford-Brown, el VGM debate sobre el horario del ataque al crucero ARA General Belgrano, acaecido a las 16 de aquel 2 de mayo de 1982.
Las razones principales de su planteo son:
—La precisión del horario: “Me llama la atención que no fuera a las 15.30 o a las 16.30, sino exactamente a las 16, momento en que se realizaba el cambio de guardia”, dice.
—La distribución de la tripulación (los tres tercios): “En ese horario, la tripulación se dividía en tres grupos. Uno que estaba entrando de guardia (4 a 8), otro que la estaba entregando (12 a 4) y un tercero que dormía. Al atacar justo en el cambio, dos tercios de la tripulación estaban despiertos y en sus puestos, lo que les daba una mayor oportunidad de reaccionar y sobrevivir”, indica.
—Posible intención de minimizar daños: “El horario pudo ser elegido deliberadamente por el comandante del submarino para generar el menor daño posible en términos de vidas humanas. Si el ataque hubiera ocurrido media hora antes, o después, dos de los tres tercios habrían estado descansando y el número de víctimas podría haber sido mucho mayor”, presume.
—Factores geográficos y tácticos: “En ese momento, el buque se encontraba en una zona de mucha profundidad, lo que le otorgaba al submarino nuclear una ventaja táctica de sigilo y maniobrabilidad que perdía en zonas de menor profundidad, tales como el Banco Burdwood (NdR: meseta submarina situada en el Atlántico Sudoccidental)”.
Algo personal
Nilo Abel Navas nació el 28 de febrero de 1963 (tiene 63 años) en el barrio Anchorena, en Remedios de Escalada 760, casi Villa Mitre. Allí sigue viviendo.
Fue a la Escuela Nº 9 y a la EEM Nº 2, ambas en Corrientes al 1200, en Tiro Federal.
En el verano de 1981 ingresó a la Armada Argentina. Tras la formación, en diciembre de ese mismo año llegó a cabo primero de operaciones (radarista), ya a bordo del Belgrano. Se fue de baja voluntaria el 31 de diciembre de 1984.
Había comenzó a estudiar el profesorado de Ciencias Económicas en el Juan XXIII en marzo de 1982, un mes antes de la guerra. Dejó por un breve lapso —siguió formándose en la Armada con misiones en Europa durante los años 1983 y 1984— y, finalmente, se recibió en el mismo 1984. Fue docente en La Inmaculada entre 1986 y 1989.
Tras un paso por la actividad privada, en 1992 regresó a la docencia, pero en instituciones públicas: secundaria, adultos y, en 1994, en el nivel superior terciario. Se jubiló en 2024.
En la FM de las Américas tiene varios programas periodísticos y da conferencias y charlas motivacionales sobre temas diversos, más allá de Malvinas, en distintos lugares del país, en ámbitos públicos y privados. También ganó un Martín Fierro como conductor radial.
También es guardavidas de la Cruz Roja, profesor de guitarra y practica deportes de alta competencia. Es dueño del velero Galileo, con el que mantiene una vinculación constante con la náutica.
Es soltero e hijo de Clara Magnoni y Bernardo y hermano de Carlos (tiene 7 sobrinos).
Es Veterano de Guerra de Malvinas (VGM) sobreviviente del crucero ARA General Belgrano.
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