Bahía Blanca | Jueves, 18 de agosto

Bahía Blanca | Jueves, 18 de agosto

Bahía Blanca | Jueves, 18 de agosto

“Aún percibo los olores a la pólvora; el color de la sangre; los ruidos de los combates…”

La bisagra del VGM Alejandro Meringer sucedió en 1982. Signó —y signa— todas sus vivencias. Tras 27 años al frente de Migraciones, ahora planea dar conferencias sobre recursos humanos. ¿Tema? Resiliencia. ¿Otro programa en carpeta? Volver a las islas.

Prisionero Nº 1149 del buque de transporte de tropas inglés "Norland". Otra huella indeleble para Alejandro Meringer. / Fotos: Emmanuel Briane-La Nueva. / Gentileza Alejandro Meringer / Archivo LN.

Guillermo D. Rueda / grueda@lanueva.com

Capítulo 1 / El sueño

   Barrio San Ignacio. Afuera, los autos pasan a cuentagotas. En el interior de la casa el silencio se magnifica a cada rato, como una pausa calculada por uno de los interlocutores. Ahí es cuando más fuerte se escucha el ruido del movimiento de las agujas del reloj de pared.

   “El mes de junio fue un desastre en Puerto Argentino. Ya no dormías; no descansabas. Caos”, dice Alejandro Meringer, soldado Clase 1963 e integrante del Batallón de Comunicaciones 181 de Bahía Blanca y Veterano de Guerra de Malvinas (VGM).

   “Desde ahí en adelante, y ya tengo 58 (años), nunca más volví a dormir corrido. Lo hago a los saltos. Un par de horas, me despierto, me levanto; no aguanto estar en la cama” agrega.

   “No es algo que he tratado de solucionar pensando que tengo conocimientos y sabiduría para hacerlo, sino que hice consultas, tratamientos médicos y hasta tengo medicación acorde. Pero no puedo”, sostiene.

Meringer (der.) apareció en una imagen en Malvinas, publicada por la revista "Gente", a mediados de mayo.

   “¿Si sueño? Sí. Y también tengo pesadillas, como cualquiera”, acota.

   “En algunas me despierto con el cuerpo transpirado y me siento de vuelta en la guerra. Percibo los olores a la pólvora; el color de la sangre; los ruidos de los combates… Eso”, asiente Meringer, en diálogo con La Nueva.

   “Me dijeron que es la memoria selectiva. Es evidente que hay situaciones que, aún, no las he puesto en el pasado. Y aparecen en coincidencia con situaciones de estrés de la vida cotidiana. Esto no es fácil para las familias de los veteranos”, admite.

“No sé qué fue peor. La llegada, por la ignorancia; la guerra, por lo que significa y la guerra posguerra que vivimos todos nosotros”, dice Meringer.

   Tras haber zarpado de Puerto Belgrano a las 20 del 28 de marzo (“para realizar maniobras”, se dijo), el soldado Alejandro Meringer llegó a las Malvinas a las 8 del viernes 2 de abril. Aún se escuchaban los escarceos y los movimientos de tropas. Y fue parte de la última barcaza que dejó las islas el 19 de junio, tras la rendición del lunes 14 ante las tropas británicas.

   Dos días más tarde, arribaría a Puerto Madryn en el buque de transporte de tropas inglés “Norland”. Dejaba de ser el prisionero Nº 1149.

   La llegada —en tren— a Bahía Blanca desde Buenos Aires (previo vuelo, en Austral, desde Trelew) fue el miércoles 23 de junio. En el Comando estuvieron la mamá Adelma; el papá Osvaldo; la hermana Elisabet y la abuela Pancha (Francisca). Y más parientes y más amigos.

   “Lo único que quería era dormir”, afirma.

   “Y había una palabra que repetíamos todos: si-len-cio —dice en voz baja—. Yo no sabía lo que era estar sin ruido. El bombardeo naval era constante; los disparos también. Hasta el día de hoy, hay veces que me cuesta mantener el silencio”.

La llegada a Bahía Blanca fue el miércoles 23 de junio de 1982. Aparecen la abuela Francisca (Pancha) Antón; la hermana Elisabet Meringer; la madre Adelma María Mocchi; Alejandro y su padre Osvaldo Meringer. Momento de la salida del BC 181.

   “Las primeras veces que dormí en casa, mis padres me encontraban en un rincón, en el piso. No me acostumbraba a la cama. Y siempre en una esquina, para tener la espalda cubierta”, asegura, sin dejar de mirar —aún hoy— por encima de sus hombros.

   “También perdimos el sentido de pertenencia a lo material”, agrega.

   “Reconocía lo que había en la habitación, pero sentía que nada era mío. Si alguien lo quería, se lo podía llevar”, expresa.

   “O comer. Nada de platos especiales, pero comer bien. Buscaba cosas simples. Y quería empezar —dice— a reencontrarme con los afectos”.

   Meringer celebra tener a sus padres con vida aunque lamenta, sin decirlo, que la comunicación sobre lo sucedido en la guerra no haya fluido.

   “Hasta el día de hoy no he hablado con ellos sobre Malvinas; sólo algún comentario al vuelo. Nunca me senté. Sí les valoro el respeto hacia mis silencios y mis necesidades”, admite.

   “También habíamos perdido la capacidad de proyectarnos”, dice.

   “Una persona, para proyectarse, espera que algo importante le suceda en el futuro. Pero (en Malvinas) llegamos a un punto en que ya no proyectábamos ni a 30 segundos; si no sabíamos si íbamos a estar”, relata.

   “Pero no era porque todo me daba lo mismo, sino entendiendo que esa era la nueva vida. Nos desproyectamos, por decirlo de alguna manera”, sostiene.

   El VGM dice que, al regreso, la sociedad no sabía cómo tratarlos, y que sus familias y amigos tampoco. “Y las instituciones menos, porque nosotros ya no éramos parte de ellas. Acaso inquilinos transitorios”, afirma.

   “Por eso también se generó un conflicto con la Fuerza, algo que a mí no me sucede en líneas generales. Pero en Bahía Blanca fue diferente: siempre nos cobijaron. Es una ciudad particular en este sentido”, aclara.

Capítulo 2 / “Mi amiga, la muerte”

   En la guerra todo es posible. Como se verá.

   “A mediados de mayo (de 1982) fue cuando hice amistad con la muerte”, dice Meringer.

   “Lo expresé en una carta dirigida a mis padres, a mi hermana y a mi abuela. La publicó ‘La Nueva Provincia’. Fue una despedida”, agrega.

   “Entendí que la muerte era algo inminente para mí. ‘Ya está —me dije—; que suceda lo que tiene que suceder’. Pero no era entrega ni resignación, sino aceptar la situación. Eso me permitió manejar la ansiedad y los miedos, pero no como si no me importara nada. Fue algo responsable”.

Un espacio especial dedicado a Malvinas en la casa de los Meringer.

   “Creo que ahí muchos perdimos la juventud —chasquea los dedos; se pone serio—. Maduramos de golpe. Pasamos de chicos de 18/19 años a hombres absolutos. Por eso entiendo cuando muchos se ofenden cuando les dicen ‘Los chicos de la guerra’. No éramos chicos”, vuelve a aclarar.

   “Según los ingleses, y los norteamericanos, fue cuando nos transformamos en peligrosos, porque comenzamos a vivir, como dicen ellos: There is no tomorrow (No hay un mañana). Y una persona que piensa eso y no ha enloquecido, por decirlo de algún modo, es altamente peligrosa.

   “Así quedó demostrado en los actos heroicos de muchos soldados en combate. Y cuando digo soldados lo afirmo sin distinción entre jerarquías”, relata.

Capítulo 3 / Los horrores

   —¿Qué dejaron en Malvinas?

   —Una parte de nuestras vidas las está velando, protegiendo, cuidando.

   “Por eso luchamos para que se recuerde a los que dieron sus vidas, pero también debemos honrar, hoy, las vidas que se han perdido en la posguerra, así como la cantidad de suicidios como consecuencia del conflicto.

   “Muchos no pudieron superar ese horror y por eso la estadística habla de números importantes en suicidios (NdR: alrededor de 800 VGM; no existen datos oficiales), una cantidad superior a los muertos en combate en la guerra (649 VGM, cifras oficiales de las FF.AA).

Soldados argentinos en la bodega del buque de transporte de tropas inglés Norland. Desembarcaron en Puerto Madryn.

   “Eso es abandono; el Estado abandonó a su gente”.

   —Estabas tan expuesto como el resto de los casi 24.000 VGM. ¿Qué te pasó para que podamos estar, hoy, charlando sobre el tema?

   —(Reflexiona) Metí la cabeza en el estudio. Hubo dos hechos determinantes que me dieron esa contención.

   “Primero, la familia; y mis amigos más cercanos. Yo estaba a la deriva absoluta; me fui de la casa de mis padres porque no sentía arraigo a nada y para ver si me encontraba conmigo mismo. Y así, charlando con otra gente, volví al objetivo anterior a Malvinas: estudiar.

   “Y al estudio le sumé el trabajo. En septiembre de 1982 entré a Entel y, como no podía ser de otra manera, fui operador internacional 395. Estuve tres años, hasta que (Alberto) Beto Cabrera me llevó, como traductor, al equipo de básquet de Estudiantes. Ahí estuve hasta 1991, cuando el equipo salió subcampeón de la Liga Nacional.

   “Dejé para terminar la carrera de ingeniero civil y, luego, rendí un concurso nacional para ingresar a Migraciones. Siempre me fui colocando una zanahoria por delante para tener un objetivo. No hay casualidad: fue la forma en que pude volver a proyectar.

   “Tampoco lo es que haya elegido la carrera de ingeniería. Ya quería volver a proyectar, sobre todo mi vida afectiva, que fue lo que más costó. Hoy, gracias a Dios, mi familia es un pilar fundamental”.

Capítulo 4 / Aquí y allá

   —¿Conocés Inglaterra?

   —No.

   —…

   —Es una pregunta que tiene respuestas de acuerdo con diferentes épocas de mi vida. Hace unos años hubiera sido: ‘No conozco; ni conoceré’. La respuesta hoy es: ‘No conozco’.

   “Ya entendí, o creo haber entendido, que no debo tener resentimientos hacia el pueblo inglés por una decisión de sus gobernantes, que llevaron a cabo profesionales de la guerra. Por eso hoy analizaría ir (a Reino Unido)”.

   —¿Regresarías a las Islas Malvinas?

   —Tengo dos respuestas. Una, como dice el presidente del Centro de Veteranos de Guerra de Bahía Blanca, Guillermo De la Fuente, no puedo volver de donde nunca me fui. Dos, por mi trabajo y demás, he tenido muchas oportunidades.

Año 1985. Acto del 2 de abril en la plaza Rivadavia. Con el actual titular del Centro de Veteranos de Guerra de Bahía Blanca, Guillermo De la Fuente (izq.).

   “Vale una salvedad: no a todos los VGM les hizo bien volver.

   “Ahora, si regreso será con gente que haya compartido algo allá. O con quienes tenga un código de entendimiento. O de sufrimiento. Hoy se ve que no quiero ir, pero eso no quiere decir que alguna vez me decida.

   “Cierto es que hay varias alternativas, desde un reconocido crucero, que permanece en Malvinas un solo día, hasta un vuelo semanal. En ambas circunstancias, y de acuerdo con las circunstancias emocionales de cada VGM, la primera puede ser de tiempo escaso y la segunda por demás extensa.

   “Es un dilema”.

Capítulo 5 / Recursos humanos

   —Iniciaste los trámites para la jubilación y no estarás más a cargo de la Dirección de Migraciones. ¿Cuál es el proyecto ahora?

   —Es una etapa nueva luego de 27 años. Fue un buen recorrido y distinguido, de lo cual me honro. Pero todo se logra porque existe un trabajo en equipo, nunca se logra algo en forma individual.

   “Ahora estoy armando charlas de resiliencia sobre cómo reencontrarse, cómo enfrentar las adversidades y cómo avanzar en la vida. Trabajaré en conferencias sobre recursos humanos.

   “No me veo desempolvando el título de ingeniero civil. Un poco lo hice cuando diseñé esta casa, en 2015. Al menos despunté el vicio”.

   —¿Lees libros sobre Malvinas?

   —Poco. Me gusta escuchar relatos en el Centro de Veteranos. Para eso tengo la mente abierta, respeto y no prejuzgo.

En cercanías de Puerto Argentino, con el jeep de transporte.

   “En verdad, no me hizo bien leer algunos textos. Se relataban hechos que yo no había vivido; y me dio la sensación de que algunos estaban armados.

   “Siempre traté de mantener mis relatos, que no son extensos, lo más realista posible con la historia vivida. Por ejemplo, me preguntás si hubo gurkas (NdR: combatientes originarios de Nepal) en Malvinas, ¿vos los conociste? Yo no; si hubo, no los vi. No puedo hablar de eso. Simple”.

   —¿Ves películas de guerra?

   —A veces. Más en este último tiempo para ocupar el tiempo ocioso, pero no soy un gran consumidor. Prefiero los films de aventuras; de misterio o los canales relacionados con la naturaleza y con la historia.

   —Ustedes, verdaderamente, se jugaron la vida en Malvinas. ¿Alguien se la juega hoy en la Argentina?

   —Como sociedad estamos inmersos en el yoísmo, que es un gran egoísmo y nos hace olvidar que somos una sociedad. Nos falta encontrar un eje que nos una como pueblo.

   “Yo no sé cuántos darían la vida por algo que algunos denominan abstracto, que es la patria. Nosotros fuimos a luchar por la patria. Fijáte: eso no lo entendían los ingleses. Nos preguntaban: ¿Ustedes firmaron contrato? ¿Les pagan?

   “En el Centro de Veteranos superamos esta grieta y nos unen la gesta y el sentimiento. Eso me da esperanza de que se puede”.

   —Entonces... ¿saldremos mejores personas de la pandemia?

   —(Piensa)… Como toda situación límite, tenemos dos formas de atravesarla.

“La pandemia puede ayudar a superarnos, pero sólo si aprendimos algo”, sostuvo Meringer.

   “Una es sobrevivirla, como algunos que han ido a la guerra y se autodenominan sobrevivientes; y la otra es saber si aprendí. Es decir, si me quedó una enseñanza”.

   —¿Qué no te gusta que te pregunten sobre Malvinas?

   —No hay un tema puntual que me exaspere.

   “Hay comentarios que, a veces, se consideran cómicos y no lo son. ‘Y, con ustedes, cómo no íbamos a perder’. O ‘Al fin y al cabo, se rindieron’. Y acá abro un paréntesis: yo no me rendí; me rindieron. Y amplío: no siempre la decisión correcta es la que se termina aplicando, porque a veces se tiene que analizar un poco más en función del contexto. Hoy la veo y digo: ‘Sí, estoy vivo gracias a la rendición’. Pero si no hubiera pasado, la pregunta es: ¿Cómo terminaba la historia?

   —¿Qué es una guerra?

   —Una situación donde dos personas no se ponen de acuerdo y, al final, ellos no pelean; mandan a otros.

   —¿De qué manera se puede negociar con el Reino Unido para la recuperación de las Islas Malvinas?

   —De una sola forma: diálogo y educación.

Algo personal

   —La unidad del Batallón de Comunicaciones del Comando 181, dependiente del ex Quinto Cuerpo del Ejército, estaba a cargo del entonces teniente coronel Alfredo Francisco Andújar, oriundo de Tucumán. Eran 51 integrantes más, con este desglose: 9 oficiales; 26 suboficiales; un AOR (aspirante a oficial de reserva) y 15 soldados. Volvieron todos. A este jueves 1 de abril, 12 de ellos ya han fallecido.

   —Por sus conocimientos del idioma, las primeras traducciones las realizó desde el mismo instante de arribo a Malvinas, el 2 de abril, cuando se comenzaba con la fase de rendición. En este sentido, la última participación fue para comunicar alguna de las decisiones de los altos mandos en la etapa previa de la rendición.

   —Como todos los 28 de marzo, este domingo volvieron a reunirse —en el cenotafio del BC 181— quienes viajaron ese día, pero de 1982, rumbo a las Islas Malvinas. Por la pandemia, esta vez faltaron varios. Hubo acto formal, con distanciamiento social, entonación del Himno nacional y un cierre (sin desfile).

Graciela (izq.), Carla, Alejandro y Romina, en una imagen de la última semana.

   —Alejandro Meringer nació el 24 de enero de 1963. Está casado con Graciela Beatriz Aceto y son sus hijas Romina Laura (22), licenciada en Psicología y Carla Verónica (19), estudiante de Economía en la UNS.

   —Si bien es oriundo de Bahía Blanca, siendo menor residió 10 años en Pasadena, Maryland, en los Estados Unidos.

   —Es ingeniero civil, con orientación en vías de comunicación. Tiene un posgrado en Dirección de Organizaciones, en la Escuela Superior de Oficiales de la Armada.

   —Meringer recibió seis condecoraciones a nivel local, provincial y nacional, así como una distinción y dos declaraciones de Ciudadano Ilustre: de Bahía Blanca y de la provincia de Buenos Aires.

En septiembre de 2010, Meringer recibió la Orden de Mérito de Chile por su gestión en la DNM.

   —En enero de 1995 ingresó, por concurso nacional, a la delegación Bahía Blanca de la Dirección Nacional de Migraciones (DNM). El 18 de septiembre de 2010, la República de Chile le otorgó la Orden de Mérito de ese país por su labor en la Dirección Nacional de Migraciones.