Bahía Blanca | Viernes, 19 de abril

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Quiénes fueron los tres bahienses que acompañaron a Perón en su regreso de 1972

Entre los 146 pasajeros que viajaron en el chárter que trajo al expresidente de su largo exilio, la presencia local se hizo sentir con dirigentes muy diferentes entre sí.

Eran exactamente las 10.58 del viernes 17 de noviembre de 1972 cuando el Douglas DC-8 matrícula I-DIWN de la empresa Alitalia mostró por primera vez su silueta borrosa en medio de la tormenta que se arremolinaba sobre el aeropuerto internacional de Ezeiza.

La aeronave -bautizada “Giuseppe Verdi” en homenaje al compositor parmesano, considerado uno de los maestros de la ópera romántica- comenzó los procedimientos operativos de rutina para iniciar el descenso a la pista asignada por los controladores de vuelo.

Pese a la peligrosidad que representaban los cumulus nimbus formados sobre el aeropuerto, el comandante Italo Mazza sabía que no contaba con demasiado margen para descartar el aterrizaje en Ezeiza e irse hacia la alternativa de Carrasco, en Montevideo, lo que hubiera significado una decisión lógica en otras circunstancias.

Pero el piloto era plenamente consciente de que millones de personas estaban atentas a cada una de sus maniobras, transmitidas en vivo y en directo por todos los móviles de radio y televisión de la Argentina, además de los corresponsales internacionales. Había demasiado en juego.

En medio de un gran expectación -que para muchos se desarrolló casi en cámara lenta- y tras dos aproximaciones fallidas a la pista, Mazza recién pudo tocar tierra en el tercer intento.

Para ese momento, decenas de miles de personas gritaban eufóricas bajo la lluvia en las afueras del aeropuerto: “¡Pe-rón! ¡Pe-rón!”, era la consigna de bienvenida, mientras observaban cómo el DC-8 completaba los últimos pasos técnicos antes de detener sus turbinas.

A unos 45 kilómetros de esa escena, en uno de los despachos de la Quinta de Olivos, el dictador Alejandro Agustín Lanusse contemplaba en silencio las imágenes del televisor, sin perderse un solo detalle.

Cámpora y Perón, en pleno vuelo

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Finalmente había llegado el día. Unos lo vivían con júbilo. Otros con rencor. Y hasta había quienes sentían miedo. Lo cierto era que nadie se mostraba indiferente al hecho de que, después de 17 años y 52 días, el expresidente Juan Domingo Perón estaba por ponerle punto final a su exilio. Sólo restaba que se abrieran las puertas delanteras del avión. Un gesto simbólico, en todo caso, pero decisivo para la política argentina.

Dentro de la nave, sentado en uno de los sillones de Primera Clase, el exmandatario se mantenía sereno o, al menos, eso era lo que aparentaba. A su lado se encontraba su esposa, María Estela Martínez. En el asiento detrás suyo, el ascendente secretario privado José López Rega.

Perón entendía perfectamente que su presencia era revulsiva para el gobierno militar e incluso que podía desatar serios incidentes entre sus partidarios y las fuerzas de seguridad si algo se salía del libreto acordado. Pero al mismo tiempo lo tranquilizaba saber que encabezaba un chárter con 146 personas, entre dirigentes, sindicalistas, militares, curas, deportistas y personalidades del espectáculo, que habían decidido acompañarlo en la travesía. Una especie de seleccionado del PJ, dispuesto a custodiar a su líder en ese momento extremo.

Entre los pasajeros se encontraban no sólo figuras populares como el cineasta y cantante Leonardo Favio, la actriz Marilina Ross, la modelo Chunchuna Villafañe, el futbolista José Sanfilippo, el actor y cantante Hugo del Carril y la escritora Marta Lynch.

También viajaban futuros presidentes, como Héctor Cámpora, Raúl Lastiri y Carlos Menem, y referentes de la primera línea partidaria y gremial como Antonio Cafiero, Deolindo Bittel, Casildo Herreras, Raúl Matera y Ángel Federico Robledo.

En la nómina VIP del chárter se encontraban, además, el cura Carlos Mugica, el historiador José María Rosa, el sindicalista Lorenzo Miguel, el dramaturgo Juan Carlos Gené, el médico Jorge Taiana y el empresario veneciano Giancarlo Elia Valori, miembro de la Logia P2 y director internacional de la RAI.

Y entre todos ellos, también había tres bahienses.

Eduardo Forteza

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El exdiputado Eduardo Forteza era uno de los representantes locales. Surgido del sindicato local de Luz y Fuerza, ocupó su banca del Congreso durante el período 1948-55. Pero, más allá de sus cargos electivos, la mayor virtud que le reconocían dentro del partido era su capacidad como operador político, con buen ascendente sobre los dirigentes del sudoeste bonaerense y, en particular, con una excelente llegada a los referentes partidarios nacionales, incluido el propio Perón.

El doctor en Historia José Marcilese (UNS-Conicet) agrega que Forteza “era administrativo, había pasado por la Escuela de Comercio y provenía de una familia trabajadora. Hacia 1944 empieza a militar activamente en la seccional de Luz y Fuerza, donde va a ascender rápidamente al destacarse por su capacidad, oratoria y formación”.

“En poco tiempo fue electo secretario general de ese gremio, que resultó clave en el movimiento del 18 de octubre, no del 17, que fue cuando se dio en Bahía la primera movilización a favor de Perón”, detalla.

“Hacia el año '46 fue senador provincial por el Partido Laborista. Poco después, en 1948, fue electo diputado nacional y luego prefirió mantener un perfil bajo. Era una figura que se movía siempre en segundo plano, en especial luego del golpe del '55. Pero por muchos años fue considerado como una figura muy importante del peronismo local. Un hombre de consulta, aunque siempre desde Buenos Aires, donde residía”, completa.

El segundo pasajero bahiense en el Alitalia era René Bustos, militante de la Juventud Peronista e integrante de una familia de fuerte tradición justicialista en la ciudad. “Eran muchos hermanos, originalmente de Puan, todos ligados a la actividad de la construcción. A fines de los '60 y comienzos de los '70, uno de ellos, Roberto, que era un poco el jefe político de la familia, accedió a la dirección de la Uocra local. Y desde ahí fueron construyendo su carrera política”, explica el historiador.

“René se convertiría en una figura importante dentro de esa familia, vinculada a la Tendencia Revolucionaria, lo que era el peronismo de izquierda, y en ese momento era un claro representante de los grupos juveniles del partido”, completa Marcilese.

René Bustos

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El tercero era el sindicalista Rodolfo Antonio Ponce, secretario general del gremio de recibidores de granos, y muy cercano a José Ignacio Rucci, el jefe de la CGT. “Su historia es posterior a 1955, no pude encontrar referencias suyas anteriores a ese período. Hacia fines de los '60 se volvió una figura importante dentro del gremio Urgara y, en ese rol, fue elegido como secretario a nivel nacional”, explica el autor de El peronismo en Bahía Blanca: de la génesis a la hegemonía, 1945-1955 (EdiUNS, 2015).

Y agrega: “Para la época del chárter ya era una figura fuerte, que tenía vínculo con otros secretarios generales y, en general, con la primera línea gremial argentina, a pesar de venir de un sindicato pequeño, pero con mucha importancia en su seccional Bahía Blanca”.

Consultado acerca de por qué la ciudad tuvo ese protagonismo en el vuelo del regreso, Marcilese sostiene que, para noviembre de 1972, “Bahía tenía un peso diferente dentro del peronismo e incluso en el ámbito político nacional. Un dato que lo demuestra es que, en las elecciones de 1973, tuvo cinco diputados nacionales propios, cuatro por el PJ y uno por la UCR”.

“Creo que ése es el motivo por el que hubo tres representantes locales en el avión. Es un número que revela la importancia de Bahía para el peronismo de esa época”, señala.

Para el historiador tampoco es casual quiénes fueron los elegidos para sumarse al vuelo: “Ponce representaba al movimiento obrero, a la rama sindical de la ciudad y, de algún modo, a los sectores que se podrían denominar como la derecha peronista, aunque todavía no se hubiera formado la Triple A ni hubiera elementos que hicieran suponer la creación de grupos parapoliciales”.

“Bustos, por su parte, estaba en las antípodas de Ponce, ya que integraba los sectores juveniles del peronismo. La Tendencia era un sector en ascenso, con el crecimiento de Montoneros, y creo que es elegido claramente como un representante de ese sector”.

Rodolfo Ponce

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“En el caso de Forteza, viaja como un hombre de la rama política, del peronismo tradicional, con muchísimos contactos. Era muy respetado y llegó incluso a mantener un contacto epistolar con Perón. Era de la primera línea del partido a nivel nacional”, concluye.

Cuando el Alitalia finalmente se detuvo, toda la comitiva entonó “La marcha peronista”, acaso como una forma de celebración, pero también de descarga de la ansiedad acumulada durante los 11 mil kilómetros de viaje.

Minutos después, el comisario de a bordo abrió la puerta, pero nadie bajó. Esperaban una autorización formal que no llegaba. Lo que sí sucedió, en cambio, fue el arribo de un Torino verde que se acercó hasta el pie de la escalera portátil que habían acercado a la puerta abierta.

Del auto descendió el comodoro Julio Salas, quien ingresó enérgicamente al DC-8.

El diálogo que se produjo segundos después fue reconstruido por el periodista Pablo Mendelevich en su libro El Avión (Planeta, 2022).

-Puede descender acompañado por nueve personas. Debe dirigirse al Hotel Internacional. Puede permanecer en el avión o regresar- le dijo a Perón con un matiz parco.

-Claro que vamos a descender, si no, ¿para qué vinimos? - respondió el expresidente, con un dejo de ironía en su tono.

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Perón, entonces, se levantó de su butaca y llegó a la puerta del avión. Rucci lo esperaba en el penúltimo escalón con el paraguas que se transformaría en una imagen icónica de lo que luego se conocería como el “Día de la Lealtad”.

La mayor parte de los pasajeros del chárter -entre ellos Forteza, Bustos y Ponce- debieron, en tanto, esperar un rato más para descender del “Giuseppe Verdi”. Finalmente fueron autorizados y subidos a un ómnibus que los trasladó hasta la terminal para completar los trámites migratorios.

El expresidente Juan Domingo Perón se instaló horas más tarde en un chalet de la calle Gaspar Campos, en Olivos, pero la estadía sería breve: apenas 28 días después regresaría a Madrid, posiblemente con varias sensaciones.

Por un lado, la satisfacción por su victoria moral sobre Lanusse y el alivio por un acuerdo con varios partidos para constituir un frente electoral de cara a los comicios previstos para marzo de 1973. Por otro, la inquietud por un panorama social y económico que se descomponía con demasiada rapidez.

Para su vuelta definitiva al país, que sucedería en junio del año siguiente, todavía faltaban algunos capítulos más.