David Pineda y los secretos de su magia camino a cumplir 40 años
Llegó a Napostá, brilló y se identificó con Villa Mitre, pasó por Estudiantes y sigue tirando en El Nacional. Un jugador de galera y bastón que, además de picar y tirar, es acompañante terapéutico y masajista.
Por Fernando Rodríguez
Twitter: @rodriguezefe
Instagram: ferodriguez_
(Nota publicada en la edición impresa)
Siempre tiene a mano la caja con los elementos de magia. Todos los días David se actualiza, aprende y trata de sumarle trucos a su rutina con la que, de vez en cuando, roba la atención de chicos y grandes.
“El año pasado hice magia en el jardín, cuando egresó mi hijo. También, a uno de los nenes que acompaño lo estimulé para que se vistiera de mago y actuara. Y, en las reuniones, generalmente me piden que tire algún truco”, contó Pineda.
En la magia existen los secretos, esos que no se revelan por nada del mundo. Ahora bien, David no esconde nada a la hora de explicar cómo se mantiene.
Ese joven que lucía trencitas y, recién llegado de Zárate en la cancha tenía galera y bastón, ya va camino a los 40.
“Soy insoportable con el entrenamiento. Es más, hoy no entrené porque estoy hablando con vos”, justifica.
Casi a modo de reclamo, desde atrás acota Guillermina, su esposa: “¡Sale a correr en vacacionesss...!”.
“Es que cuando viene la pretemporada, si llegás bien la disfrutás en vez de sufrirla”, argumenta él.
La familia, unida. Manuela, David, Guillemina y Fausto.
Fausto (9 años) y Manuela (4) son los otros integrantes de la familia Pineda, que comenzó a gestarse en la segunda visita de David a nuestra ciudad.
En la primera, él llegó a Napostá, aunque, curiosamente, pensaba que venía para Argentino.
“Yo creía que Michigan (Ignacio Ferhmin) dirigía en Argentino. Calculo que le entendí mal a mi representante”, contó.
Tal vez, estaba destinado a jugar en el club de la Avenida Alem. Allí donde conoció a Guillermina, hija de un ex jugador de Napostá: Juan Carlos Ghisoli.
Dos recesos de Liga B aprovechó –en 2006 y 2007– para reforzar a Napostá.
Con sus trencitas, jugando para Napostá, pasando entre Martorana y Sebastián Rodríguez, de Liniers.
Firme a su convicción de ser basquetbolista profesional, David pasó por Barrio Parque (Córdoba), Deportivo Patagones y Anzorena de Mendoza.
Y otra vez surgió la chance de esos cuatro meses en Bahía, aunque esta vez, con otra camiseta.
“Vine para jugar durante el receso por Villa Mitre, pero medio que me convencieron y me quedé definitivamente”, recordó.
Tenía 28 años y la ciudad lo enamoró.
“Una vez que me instalé acá –señaló– no me moví más. Inclusive, rechazando varias propuestas. Me sentía cómodo en Bahía”.
—¿Con qué te sentiste tan cómodo, considerando que tenías aspiraciones de jugar en un nivel superior?
—En Villa Mitre jugamos el Provincial, existía la posibilidad de comprar una plaza de Liga y me fui quedando. Ya después, mi señora tenía su trabajo acá y yo empecé a estudiar masajista.
Manuela y Fausto iluminan el día a día de su papá.
—Muchos jugadores de afuera se sorprenden de lo que se paga a nivel local. ¿Eso te ayudó para dejar de ser un trotamundo?
—Siempre me adapté a los clubes. Me gustó, la competencia es muy buena y me quedé, a pesar de tener chances hasta de ir a Perú y Uruguay. Después tuvimos el nene, que nació con un problemita, y nos daba cosa irnos de Bahía, teniendo que volver a empezar con médicos en otro lado.
—Tiene alguna dificultad motriz, ¿no?
—Sí, pero la lleva muy bien (juega en Pueyrredón). Mi señora, inclusive, me insistió para que probara un año afuera, pero no era fácil. Hubiese sido diferente si él estaba bien. Igual, nunca me puse a pensar qué hubiera sido de mí si me iba. No me arrepiento de nada.
Multifunción
David es capaz de sacar un conejo de la galera, acompañar a un chico o un adulto con dificultades, hacer masajes descontracturantes o meter la pelota que te haga ganar un partido. Entre todo eso reparte el día el actual jugador de El Nacional.
“No paré nunca durante la cuarentena”, aclaró.
Es que las actividades esenciales incluían a los acompañantes terapéuticos.
“A la mañana estoy con un chico en la escuela, pero ahora voy a la casa. Y a la tarde voy a domicilio, con otro nene”, detalló.
Eso no es todo.
“En los horarios libres –agregó– hago masajes, aunque ahora no puedo, a raíz de la pandemia”.
—¿Cómo surgió esto?
—Ni bien terminé la secundaria me puse a estudiar profe de Educación Física y, también, animaba fiestas. Hice dos años, me llamaron para jugar y tuve que dejar.
Con la camiseta de Estudiantes, la tercera que vistió en Bahía.
Poco después de llegar a Villa Mitre hizo el curso de masajista y, ampliando su currículum, impulsado por su esposa y Verónica, una amiga, buscó otra alternativa.
“Estudié de noche, mientras jugué en Estudiantes. Me coincidía con el día libre. Cursé, me recibí de acompañante terapéutico y empecé a trabajar”, señaló.
Cumplidas todas estas actividades diarias, David regresa a su casa para compartir con su familia, sin olvidar la rutina diaria que le exige el básquetbol y su propia responsabilidad.
Metódico y constante, carga muy bien sus 39 años, lejos de evidenciar ser uno de los jugadores más grande de Segunda.
—¿Jugador hasta cuándo?
—Hasta que me dé el físico. Si fuera por mí no dejaría. Si bien a uno le pagan y es una ayuda, todos me dicen que cuando me retire voy a seguir jugando algún torneo amateur.
—¿Nunca pensaste como exjugador?
—No, no puedo pensar así y no tengo ganas de retirarme.
Bajar de nivel
—En cuanto a potencialidad de equipos fuiste bajando de nivel. Hoy, en Segunda, ¿qué te mueve más allá del dinero?
—De Villa Mitre me fui porque no podía viajar a raíz de mi trabajo. Ellos no querían que me fuera y yo tampoco, pero necesitaban jugadores que pudieran afrontar los dos torneos. Y arreglé en Estudiantes, donde hicimos un gran torneo. Después, si bien no era la idea bajar a Segunda, me gustó ir a buscar el ascenso con El Nacional (la temporada pasada), algo que aún no tengo.
David se ilusiona con el ascenso de El Nacional.
—Algunos jugadores bajan de categoría para entrenar menos y evitar tanto compromiso. Imagino que no fue tu caso, sabiendo que ibas a tener a Juan García como entrenador.
—No, para nada. Con Juan entrenamos bastante intenso y hoy por hoy lo hago con las mismas ganas de siempre, corro a la par de los chicos.
—A propósito, ¿cómo se están manejando en medio de este escenario tan particular?
—Esta semana nos dio vacaciones, pero seguimos entrenando, cada uno en su casa, corriendo, haciendo ejercicios... A los 39 años, hay que tener ganas de entrenar solo en el patio, ¡eh!
—¿En qué aspectos notás el paso del tiempo?
—Generalmente asumo la edad que tengo la noche después del partido, o al día siguiente. Igual, se me pasa y después quiero jugar los 40 minutos; no me gusta que me saquen, aunque ganemos por 20. Por eso, no pienso en el retiro, todavía disfruto. Gracias a Dios tengo una familia que me apoya.
El recorrido
Roberto Pineda, el padre de David, jugaba en CADU (Club Atlético Defensores Unidos). Y ahí comenzó su hijo mayor.
“Nos quedamos con las ganas de jugar en el mismo equipo. Una vez fuimos rivales en el torneo de Zárate, pero él era muy chico. Tenemos el deseo de jugar en el mismo equipo”, contó David.
Buscando la mejor competencia, a partir de Cadetes, David fue cambiando y pasó por Náutico Zárate, Independiente y Arenal de Ingeniero Maschwitz.
Tuvo la oportunidad de integrar el plantel de Independiente que salvó la categoría (TNA), aunque no llegó a debutar por el retraso del pase.
Fue uno de los elegidos por José Luis Pisani para jugar Liga B en Ciudad de Bragado (2004-05 y 2005-06) y Oberá (2006-07).
El plantel que ascendió de Ciudad de Bragado. David, cuarto desde la izquierda. Herman Banegas, segundo desde la derecha. Abajo, Pisani entre el cuerpo técnico.
“Con Jose nos entendíamos mucho. Me gustaba cómo hacía jugar (en Oberá lo corrió de posición para jugar ala-centro), con mucha rotación, intenso. Después, bajar a un torneo local, era notorio”, comparó.
Y eso lo comprobó ni bien se incorporó a Napostá.
“Fueron dos años muy buenos. Venía de entrenar doble turno, traía otro ritmo y me sentía muy cómodo. En Napostá hacía de todo. Me acuerdo que mi primer partido fue en Estudiantes y terminé jugando de base. Se me hacía todo fácil”, recordó.
El regreso –definitivo– al básquetbol local lo concretó en 2009.
—En Villa Mitre jugaste ocho años, siendo protagonista de la mejor época en la historia del club a nivel local. ¿Cuál es el mejor recuerdo dentro de ese período tan exitoso?
—Fueron muchos... Lo del primer año, que salimos campeones, fue algo que nunca había vivido. Aparte, era nuevo, la figurita del club y del torneo... Y después, ganar la Challenger, fue lo máximo.
El primer título en Bahía, en 2009, con la 13 del tricolor.
—¿Te seguís sintiendo parte de Villa Mitre?
—Sí. Fueron muchos años y hasta terminé de formar la familia ahí. Si bien no vivo más en el barrio, me quedaron muchas amistades y conocidos.
—Seguramente lo que viviste en Villa Mitre no te pasó en ningún otro nivel.
—En Bragado se vivió muy fuerte el ascenso al TNA (2005-06), fue una fiesta tremenda. En Patagones, cuando fuimos campeones de la Liga Patagónica explotaba el Polideportivo.
—¿Te resultó extraño cambiar de Villa Mitre a Estudiantes?
—Sí. Como nos iba en Villa Mitre, no pensaba que tuviera que irme. Pero por cuestiones laborales tuve que decidirme.
—¿Esta decisión, de resignar nivel de competencia, fue saltar a otra etapa de tu vida?
—No lo pensé así. Aunque era consciente de que no podía dejar de hacer lo que me daría de comer cuando deje de jugar al básquet.
Dar la vuelta
—¿Volverías a jugar en Primera?
—Me gustaría ascender con El Nacional y seguir. Estoy muy cómodo.
El Casanova colmado, en una de las finales que Pineda jugó con Villa Mitre.
—¿Cómo hacés para motivarte, más allá de la responsabilidad que tenés por lo que cobrás, jugando en Segunda y en un equipo muy poco convocante?
—Me considero bastante fuerte de la cabeza. Mi objetivo es tratar de rendir como siempre. Obviamente, con las limitaciones que te va poniendo el paso del tiempo. Si bien a uno le gusta sentir el respaldo como pasaba en Villa Mitre, cuando me pongo una camiseta quiero ganar. El año pasado hubiera querido ascender, pero estaba Bahía Basket.
—Claro, pero los eliminó Sportivo, que venía séptimo y ustedes habían terminado segundos. ¿Cómo lo vivieron?
—Y... La verdad que no nos gustó.
—¿Fue fracaso?
—No, sino que a uno no le gusta, porque se prepara para llegar a una instancia más importante. Era lógico que Bahía Basket iba a ascender caminando. Por el nivel, el roce... En un momento estábamos jugando contra cuatro jugadores que superaban los 2m05. Y no es excusa, pero teníamos chicos jóvenes. En mi caso, puedo ganarles en experiencia, pero no en velocidad e intensidad.
—En una situación así, de ser eliminado antes de lo esperado, ¿qué grado de responsabilidad asumís por ser el jugador experimentado?
—Por la experiencia que tengo me pongo mal, porque fui a ayudar a un equipo, di todo, pero no ganamos. De todas maneras, me quedé tranquilo porque di todo lo que pude.
"No me considero un jugador determinante", dijo David.
—¿A medida que pasaron los años fuiste jugando más para la estadística?
—No. Yo siempre trato de hacer lo que sé. No me considero un jugador determinante. Puede ser que uno tenga una noche inspirada y quiera todas las pelotas, pero generalmente termino con buenos números, sin hacer un trabajo demasiado vistoso.
—¿Te gusta definir la última pelota?
—Sí, sí... ¡Dámela a mí que quiero definirla! Tengo la cabeza suficiente como para asumir el riesgo.
—¿Esto es sinónimo de ganador?
—Calculo que sí...
—¿Preferís compañeros como vos, que elijan arriesgar por más que en algún momento genere algún encontronazo?
—Me gusta tener alguien que me acompañe, porque en ese caso me libera a mí también.
Juan García tiene a David como hombre de referencia.
—¿Cuánta libertad te da Juan García en el juego?
—Tengo bastante libertad. Lo hablamos antes de empezar.
—¿Quién puso las condiciones, vos o él, je?
—No hubo uno, je. Él me pidió que fuera un líder positivo para el grupo conformado por tantos jóvenes. Y me propuse eso, ser casi como un asistente más. Me da libertad para hablar y evaluar qué es lo mejor para el equipo.
—¿Es el técnico más riguroso que tuviste en cuanto al sistema de juego a desarrollar?
—No. Tuve uno en Independiente de Zárate, como era Pablo Columba. Pero nada para reprochar.
—¿Juan te deja hacer magia para los pibes en el vestuario?
—¿Sabés que no sé si está enterado que hago magia...?
—Bueno, después de leer esto, la próxima tal vez te pida que hagas magia para ascender, je.
—Lo intentaremos, je.
David espera la iniciación del torneo con la caja de magia preparada, como siempre. Vaya uno a saber si tendrá el ascenso adentro de la galera. Por ahora es solo ilusionismo...
Habrá que esperar a la próxima función.
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