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Hagia Koinonia: lo que Francisco me enseñó sobre jubilados y jóvenes

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Hagia Koinonia, ícono de la Comunidad Monástica de Bose. Un joven carga los sueños de un anciano. Archivo personal.

Hoy, 21 de junio, es el día más corto del año y la noche más larga. El solsticio de invierno marca ese umbral donde la oscuridad gana terreno. También es el Día Mundial de la Ancianidad. No sé si es casualidad que coincidan porque hay algo en ese frío que nos habla de lo que preferimos no ver.

Cada miércoles, con ese mismo frío, un grupo de jubilados/as se reúne frente al Congreso. Llevan carteles, llevan años, llevan una vida entera de aportes y llevan, sobre todo, algo que duele más que la inflación: la soledad. Los/as mismos/as jóvenes que llenan las calles por la universidad, que marchan millones cuando Milei intenta ahogar la educación pública, no están los miércoles. Dos generaciones atacadas por el mismo gobierno, en la misma oscuridad, sin encontrarse.

Además, hace apenas días, el gobierno firmó un acta acuerdo con los gremios universitarios y la crisis presupuestaria encontró una salida parcial, pero la demanda en la Corte Suprema sigue abierta y los miércoles frente al Congreso los/as jubilados/as continúan solos/as, porque la pausa de unos no es la solución de los otros.

Entonces la pregunta es: ¿Cuándo decidimos que envejecer, que jubilarse, era un problema ajeno?

Hoy cabe traer a Simone de Beauvoir. En La vejez, escrita en 1970, la filósofa francesa construye algo que interpela. Para ella la vejez no es solo un hecho biológico, es una categoría de otredad. La sociedad convierte al anciano/a en el otro, en alguien ajeno, en un ser que ya no pertenece. Y la verdadera tragedia, dice Beauvoir, no es la decadencia física sino el aislamiento y la falta de proyectos.

Cada miércoles frente al Congreso, con el frío de junio y los carteles en la mano, esa tragedia tiene rostro y tiene nombre. El edadismo, esa discriminación silenciosa hacia los/as mayores, no es solo un prejuicio personal, es una construcción política. Y cuando un gobierno decide que los/as jubilados/as pueden esperar, que sus haberes pueden licuarse, que sus miércoles no merecen respuesta, no toma una decisión económica, toma una decisión sobre quiénes cuentan y quiénes no, sobre quiénes valen y quiénes no.

Del otro lado de la misma fractura están los/as jóvenes. Mario Margulis, sociólogo argentino de la Universidad de Buenos Aires, plantea en La juventud es más que una palabra que ser joven no es solo una condición biológica sino una construcción social atravesada por condiciones materiales concretas. Hoy esas condiciones se llaman arancelamiento universitario, ajuste presupuestario, futuro incierto. 

Los/as mismos/as jóvenes que salen a defender su universidad saben, aunque no siempre lo articulen, que el ataque no es casual. Desde la Psicología Política podemos leerlo con claridad, ya que cuando un gobierno golpea simultáneamente a los/as que empiezan y a los/as que están terminando, no comete un error de cálculo, elige a los que va a sacrificar. 

La Psicopolítica no puede mirar para otro lado. Zygmunt Bauman, quien estudia los efectos de la globalización, menciona en Modernidad Líquida que el desmoronamiento de las agencias de acción colectiva suele presentarse como efecto colateral de un orden violento, pues si bien hay poderes que se escurren, otros embisten, si bien hay poderes que huyen otros desmantelan.
Separar a los/as jubilados/as de los/as jóvenes no es una consecuencia del ajuste, es el objetivo, puesto que una sociedad que no se reconoce entre generaciones es una sociedad que no se organiza, y una sociedad que no se organiza es un cuerpo social que no resiste.

En 2019 el Papa Francisco me hizo llegar, a través de un amigo en común, un libro sobre diálogo intergeneracional y una serie de postales y estampas, y hubo una que obviamente me llamó la atención.

La postal reproduce un ícono creado por el taller de iconografía de la Comunidad Monástica de Bose, en el norte de Italia. Lleva inscripta en griego la frase Hagia Koinonia, que significa La Santa Comunión, o, mejor dicho, la santa comunidad. En ella un monje joven carga sobre su espalda a un anciano, no como un peso, sino como quien porta una historia, una raíz, unos sueños, una advertencia de lo que será. 

Francisco usó esta misma imagen en el Sínodo de los Jóvenes de 2018 para hablar de algo que en la Argentina de 2026 suena urgente y es que las nuevas generaciones no pueden construir futuro dando la espalda a quienes ya lo vivieron. Koinonia no es solo comunión, es “común-unión”. 

Ancianos/as que marchan solos/as los miércoles y jóvenes que han llenado las calles por su universidad no pelean batallas distintas, pelean la misma y la diferencia es solo una cuestión de tiempo.