¿Tener pantalla es tener saber? Una mirada desde la Psicología Política
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¡Desde el 11 de junio Argentina se detiene! No importa lo que estabas haciendo, no importa el contexto pues el Mundial convierte a cada argentino/a en protagonista y eso tiene algo hermoso, nos iguala en la pasión. Pero también desde el 11 de junio todos/as sabremos exactamente qué le falta a Scaloni, qué jugador no debería estar en la lista y cuál es la formación ideal. Todos/as, hasta yo.
Lo que pasa con el fútbol no se queda en el fútbol ya que esa misma lógica se replica en cada conversación pública. De repente todos/as tenemos una opinión formada sobre inflación, sobre crianza, sobre vacunas, sobre educación, sobre todo. Las redes sociales hicieron algo que ninguna revolución había logrado del todo, consiguieron democratizar la opinión. Y si bien eso, en principio, es bueno, la cuestión también genera interrogantes.
Entonces la pregunta es: ¿Democratizar la opinión democratizó también la legitimidad? O, mejor dicho: ¿quién decide hoy quién sabe?
Umberto Eco, en 2015, al recibir el Honoris Causa en Comunicación de la Universidad de Turín, dijo algo que entonces sonaba provocador, hoy sin dudas fue profético. El semiólogo expresó que internet promovió al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad. La expresión es durísima pero el fenómeno que describe es real y merece ser analizado sin simplificaciones.
El problema no es que la gente opine, a ese fenómeno siempre le doy la bienvenida. El problema es lo que ocurre después de la opinión. El sociólogo Pierre Bourdieu llamó capital cultural al conjunto de conocimientos, habilidades y credenciales que una persona acumula a lo largo de su formación. Ese capital no se democratizó con las redes, lo que se democratizó fue la visibilidad. ¡Y atenti! Porque esa visibilidad no es lo mismo que saber.
¡Ahí está la trampa! Una cuenta con cien mil seguidores que opina sobre economía sin formación específica tiene más alcance que una economista que publica en una revista académica. El algoritmo no distingue entre ambas y el like tampoco. Desde la Psicología Política vemos en ese corrimiento un fenómeno inquietante, no es solo que el ruido tape la señal, es que empezamos a confundir el ruido con la señal.
El fenómeno no es nuevo pero las redes lo aceleraron hasta volverlo viral y también invisible. Hoy convivimos con el que nunca pateó una pelota, pero acumula horas en EA Sports FC y opina de táctica como si hubiera dirigido en la Champions League. Con el médico clínico que habla de emociones sin formación en psicología. Con el Físico que opina de diseño curricular sin conocer el sistema educativo ni haber tocado una tiza. Con el influencer financiero que invierte en cripto y explica la economía sin título que lo acredite. Con la cuenta que promociona détox y pastillas milagrosas sin ser médica/o.
Ejemplos abundan y si bien ninguno/a de ellos/as es necesariamente malintencionado/a, eso mismo es lo que hace más complejo el análisis. La Psicología Política no busca villanos, busca mecanismos, y el mecanismo acá es claro, ya que en un ecosistema donde el like reemplaza al mérito y el algoritmo premia la simplicidad sobre la profundidad, la opinión entretenida desplaza al conocimiento acreditado.
Y así aparece la pregunta que nadie quiere responder: ¿qué necesidad colectiva satisface creerle al que no sabe? La respuesta no es fácil de bancarse. El que no sabe no nos exige esfuerzo. No nos interpela. No nos mueve el piso. Nos da la razón, confirma lo que ya creíamos y nos hace sentir que estamos al mismo nivel. Y eso, en términos psicológicos, es mucho más confortable que enfrentarse a alguien que realmente sabe y que por eso mismo, a veces, descoloca.
A eso se suma algo que hace apenas unos años no existía, pues la inteligencia artificial produce contenido en segundos, con apariencia de saber, sin trayectoria, sin cuerpo, sin responsabilidad. El algoritmo la amplifica igual que al influencer y, en ese paisaje, la pregunta por la legitimidad se vuelve urgente. Mientras tanto, hay quienes estudian décadas, construyen criterio y acumulan experiencia real. Esas voces no siempre tienen millones de seguidores, pero son las que el debate público más necesita.
Cuando alguien se destaca con saber real, con trayectoria, con rigor, una parte del entorno no responde con admiración sino con indiferencia deliberada. Se lo ignora, se le baja el precio y el mecanismo es simple y brutal: si no te reconozco, no existís.
El saber ajeno se volvió insoportable porque desnuda lo que la horizontalidad ficticia prometía ocultar, que no todos/as sabemos lo mismo, que una pantalla no es un título, que el like no es un argumento. En una época que confunde visibilidad con saber real y acreditado, ignorar al que puede aportar opinión fundamentada no es una casualidad; es una elección para valientes.