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728 ataques a periodistas en un año: Milei y el plan para destruir la libertad de prensa en Argentina

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En 2025, Javier Milei fue responsable del 85% de los casos de discurso estigmatizante contra periodistas registrados en Argentina. El Foro de Periodismo Argentino (FOPEA) reportó 728 casos, la cifra más alta desde que comenzaron sus investigaciones en 2006. En total fueron más de mil insultos en catorce meses de gestión; un promedio de 2,3 agravios diarios y hasta picos de cinco ataques por día. 

Al final, todo se resume en esa frase que repite como mantra, "No odiamos lo suficiente a los periodistas". 

Hoy, 7 de junio, Día del Periodista, esos números no son estadística. Son el estado de situación de una profesión que se ejerce bajo amenaza.

Ryszard Kapuściński, uno de los grandes del periodismo del siglo XX, escribió que los cínicos no sirven para este oficio. Según el polaco, el periodismo exige algo más que técnica, demanda estar del lado de los que sufren, del lado de la verdad, aunque eso tenga un costo.

En la Argentina de Milei, ese costo lo están pagando periodistas que se despiertan con sus casillas llenas de mensajes de odio, que son nombrados "enemigos" "ensobrados" desde la cuenta presidencial, que reciben el insulto del poder como advertencia cotidiana.

La pregunta es: ¿En qué momento le dimos al odio un cargo público?

La psicóloga chilena Elizabeth Lira, que lleva años estudiando el impacto del hostigamiento institucional en América Latina, plantea algo nodal para este panorama: el miedo no necesita represión física para funcionar. Basta con la amenaza sostenida, con la incertidumbre permanente, con saber que el poder te observa como "Gran Hermano" y te nombra adversario, pues ese clima produce un efecto más eficaz que la censura directa, la autocensura.

Así, el periodista que modera su pregunta antes de hacerla, la nota que no se escribe, la fuente que no habla y el silencio que nadie ordenó pero que igual se instala, es el marco que encuadra la profesión de comunicar.

Eso es exactamente lo que busca el hostigamiento sistemático. No silenciar a uno. Disciplinar a todos.

Milei no insulta por impulsividad. Lo dijo él mismo, con orgullo, en múltiples ocasiones. Llama "basuras" a los medios, "roñosas" a las periodistas, propone declarar al periodismo "organización terrorista" y comparte esas publicaciones desde la cuenta presidencial. No es un exabrupto. Es un programa. Es la decisión política de convertir el odio en idioma oficial y la descalificación en herramienta de gobierno.

Cuando el poder hace eso, no está peleando con periodistas, está "bulleando" con la posibilidad misma de que exista información independiente. Está peleando con la democracia.
Este 7 de junio me encuentro ejerciendo dos profesiones que Milei detesta por igual: el análisis desde la psicología política y el periodismo. Y desde ese doble lugar puedo decir algo con certeza: lo que estamos viviendo no es una crisis de la prensa, es una crisis del sistema democrático que usa a la prensa como campo de batalla.

Kapuściński también decía que el mundo se divide entre los que tienen poder y los que tienen necesidad de contar la verdad. Hoy en Argentina esa línea nunca estuvo tan clara.

El periodismo que resiste no lo hace por heroísmo, lo hace porque sabe, como sabe Lira, que cuando el miedo gana, lo primero que se pierde es la capacidad colectiva de nombrar lo que pasa. Y una sociedad que no puede nombrar lo que le pasa no puede cambiarlo.

No me pregunto si el periodismo va a resistir. Me pregunto cuántos vamos a estar en pie para contarlo.