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Milei: el escándalo como método

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Termina mayo y el balance es alarmante. Hay semanas en las que la Argentina parece un país y otras, en las que parece que estamos en una sala de urgencias emocional; el escenario es de estímulos permanentes. 

La palabra clave o hashtag es “demasiado”. Todo acontece demasiado rápido, demasiado fuerte, demasiado estridente. Apenas terminamos de discutir un escándalo cuando otro ya amerita indignación inmediata. Pareciera que la política abandonó el territorio de las ideas para instalarse y moverse en el algoritmo de la excitación y el escándalo a toda hora. 

Mayo comenzó con la estética de los Legos presidenciales, el 1 de mayo el Presidente rindió homenaje con un videíto, símbolos, épica artificial y patriotismo empaquetado para redes. Política convertida en meme o política gamificada. La semana siguiente explotó la interna libertaria: cuentas anónimas, operaciones digitales, chats, sospechas, traiciones de laboratorio. Luego, mientras las universidades marchaban por financiamiento, y este sí es un tema importante, el centro de gravedad de la conversación pública mutó abruptamente hacia los supuestos audios íntimos atribuidos al Presidente y el “paquetón”. 

La cuarta semana, otra vez la polarización instantánea, conspiraciones, enemigos, provocaciones y otra ronda de guerra cultural. Ya el 25 el regreso de los “Legos”, convertidos en herramienta de identidad política, viral, ínfimo en términos de política pública, pero con gran potencia en conversación digital.

La pregunta para terminar el mes es: ¿Milei improvisa? o lo que es peor ¿Y si el escándalo no es error y es el método?

Desde la Psicología Política puedo afirmar que el problema no es el escándalo, de hecho, en política siempre hay escándalos. El problema es cuando el escándalo deja de interrumpir la gestión y empieza a organizarla; la conducta/escándalo se repite una y otra vez.

No son episodios aislados, todas las semanas hay algo de forma tal de ir moldeando nuestra atención. Es una lógica donde el sobresalto reemplaza al debate y la emocionalidad desplaza al análisis. En términos de Psicología conductual, se trata de un esquema de estímulo-respuesta, y Milei y su equipo lo manejan muy bien. La atención pública es capturada, dirigida y reorientada de manera constante, y quien controla la atención controla conversación, y quien controla la conversación gana tiempo político.

El filósofo francés Guy Debord en su obra “La sociedad del espectáculo” afirma que el poder moderno ya no se sostiene únicamente por coerción o consenso, sino por representación. Todo se transforma en imagen, escena, dramatización. La política deja de ser discusión sobre intereses materiales para convertirse en narrativa emocional. No importa tanto lo que ocurre; importa lo que captura la retina. Debord parecía describir TikTok antes de que existiera TikTok.

Es decir, nuestro Presidente no comunica, performa. Exabruptos, insultos, enemigos elegidos, peleas con periodistas o adversarios, no son casuales, son seleccionados y diseñados para producir intensidad. La intensidad es adictiva, y cuando el cerebro se satura emocionalmente tiene menos margen para procesar la complejidad.

La Psicología Cognitiva explica que las personas estamos programadas para priorizar amenaza, conflicto y estímulos emocionales por encima de información abstracta. Por eso no es casual que un audio íntimo activa más conversación que un presupuesto universitario, una pelea en X tiene más potencia narrativa que una reforma económica; no somos superficiales, somos humanos.

Termina mayo y ¿cuántas discusiones importantes quedaron enterradas bajo la montaña de estímulos/escándalos del mes?

Mientras discutimos Legos presidenciales, seguía la discusión universitaria. Mientras en la radio, streaming y TV se debatían audios íntimos en paralelo se cocinaba quién se queda el otro “paquetón”, la Hidrovía que es la arteria estratégica del comercio exterior argentino, la privatización de AySA, servicio esencial como el agua, y una nueva reconfiguración de tarifas que termina siempre en el mismo lugar: nuestros bolsillos.

El problema no es distraerse un día, el problema es cuando la distracción se vuelve clima político. Nuestra mente está agotada, nos cuesta distinguir lo importante de lo urgente, todo pasa en una pantalla, se consume, se grita, altera, y es espectáculo. 

Creo que el mayor acto de resistencia y de rebeldía, además de escribir esta columna,  no pasa por ganar una discusión en redes ni caer en la indignación en la mesa familiar. A estas alturas hay algo más subversivo, y es sostener la atención, mantener la mirada atenta sobre lo relevante y volver a preguntar. 

Cuando todas las semanas hay escándalo y se vuelve “método” conviene hacerse una pregunta incómoda: qué cosas importantes ocurrieron mientras todos mirábamos hacia otro lado.