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Detrás de las cifras: por qué Bahía Blanca logró bajar los suicidios

Un trabajo articulado entre salud pública, seguimiento territorial y redes comunitarias aparece como una de las claves para explicar una evolución distinta a la del resto del país.

Fotos: Emmanuel Briane y Emilia Maineri-La Nueva.

Por estos días, la salud mental ocupa un lugar cada vez más importante en la agenda sanitaria. Y los números ayudan a entender por qué. 

Mientras Argentina atraviesa un crecimiento sostenido de los suicidios y los intentos de autoeliminación, Bahía Blanca aparece como una excepción estadística: durante 2025 la ciudad logró reducir su tasa de suicidios consumados, ubicándose incluso por debajo de la media nacional.

Los datos surgen del informe "Situación epidemiológica de los intentos de suicidio, mortalidad y gestión de las trayectorias de cuidado en el partido de Bahía Blanca", elaborado por el Departamento de Epidemiología y Calidad, el Departamento de Salud Mental municipal y el equipo interdisciplinario de Red de Vidas.

El relevamiento indica que la tasa local de suicidios consumados fue de 7,5 cada 100.000 habitantes, 2,5 puntos menos que la registrada en 2023. Además, el 68% de los casos correspondió a hombres y la edad mediana fue de 42 años.

La situación contrasta con lo que ocurre a nivel nacional. Según el Sistema Nacional de Información Criminal (SNIC), durante 2025 se registraron 5.209 suicidios en Argentina, la cifra más alta desde que existen estadísticas oficiales. El aumento fue del 22,6% respecto del año anterior y la cantidad de muertes autoinfligidas triplicó a la de homicidios dolosos.

La tasa nacional alcanzó los 11,8 casos cada 100.000 habitantes, muy por encima de la registrada en Bahía Blanca.

Una paradoja que se repite

El informe municipal también revela que los intentos de suicidio siguen una lógica diferente a la de los suicidios consumados.

Durante 2025 se notificaron 455 episodios correspondientes a 414 personas, con una tasa de 124,2 intentos cada 100.000 habitantes. El 66,8% de quienes protagonizaron esos episodios fueron mujeres y la edad mediana fue de apenas 26 años.

"Esto hace referencia a lo que nosotros llamamos la paradoja de los suicidios", explicó el doctor Hugo Kern, jefe del Departamento de Salud Mental y Adicciones del Municipio.

"Las tentativas mayoritariamente son realizadas por mujeres en una proporción cercana al 80-20. Pero cuando hablamos de los suicidios consumados se invierte y alrededor del 80% corresponden a varones", señaló.

Según el especialista, una de las explicaciones está vinculada a los métodos utilizados.

"Los hombres utilizan mecanismos lesionales de mayor efectividad porque son mucho más violentos, como el ahorcamiento, el desfenestramiento o el acceso a armas de fuego. Las mujeres, en cambio, suelen recurrir con mayor frecuencia a psicofármacos", sostuvo.

Kern también relacionó esta diferencia con factores culturales y de género.

"En los hombres sigue existiendo cierta tendencia a evitar las consultas de salud mental, a no hablar del mundo emocional y a resolver los problemas en soledad. Eso tiene un efecto acumulativo que muchas veces termina generando comportamientos autodestructivos", advirtió.

Uno de los datos que más inquieta a los especialistas es que los grupos de entre 15 y 24 años concentran la mayor cantidad de intentos de suicidio.

La tendencia coincide con los registros nacionales. El Boletín Epidemiológico Nacional indica que los intentos de suicidio presentan sus tasas más elevadas precisamente entre los 15 y los 24 años. De hecho, el suicidio ya se consolidó como la segunda causa de muerte entre adolescentes argentinos.

"Los jóvenes enfrentan dificultades económicas, problemas para independizarse, incertidumbre respecto del futuro y cambios profundos en las formas de relacionarse", explicó Kern.

Para el profesional, existe además un fenómeno generacional que atraviesa a las nuevas generaciones.

"La irrupción de las redes sociales marcó un punto de inflexión. Entre 2010 y 2012 se observa uno de los mayores picos de tentativas suicidas y consultas de urgencia vinculadas a salud mental. Hoy el algoritmo y las nuevas dinámicas digitales siguen moldeando la subjetividad de los jóvenes", afirmó.

Según describió, la cultura de la inmediatez y la hiperconectividad también genera nuevas formas de sufrimiento.

"Todo es rápido: las relaciones, los consumos, los duelos, las expectativas. Eso repercute en la manera en que las personas enfrentan situaciones críticas", agregó.

En la provincia

La preocupación también se refleja en la provincia de Buenos Aires.

Datos del Ministerio de Salud bonaerense muestran que las internaciones por motivos de salud mental en menores de 18 años crecieron un 22,8% en los últimos dos años y prácticamente se duplicaron respecto de 2019.

El ministro de Salud provincial, Nicolás Kreplak, describió un cambio profundo en la demanda asistencial.

"Hay una mudanza del perfil de salud mental. Si bien las problemáticas más graves aumentaron, crecieron aún más las demandas por angustia, ansiedad y autolesiones", señaló.

Y agregó: "El aumento está en toda la población, pero especialmente en los extremos: los adultos mayores y los más chicos".

El escenario también se refleja en el consumo de psicofármacos. Según estadísticas provinciales, la cantidad de usuarios pasó de 1.500 en 2020 a más de 16.000 en 2026.

¿Por qué Bahía Blanca logró bajar sus números? La pregunta aparece inevitablemente frente a la comparación con el resto del país.

Para Kern no existe una única explicación, aunque identifica varios factores.

"Hay una trayectoria de trabajo que viene desde 2014, con iniciativas impulsadas desde distintos ámbitos, incluida una comisión específica en el Concejo Deliberante dedicada a investigar y abordar las tentativas suicidas", explicó.

El especialista también destacó la consolidación de programas públicos de salud mental.

"Los equipos territoriales, la continuidad de cuidados y dispositivos como Red de Vidas mejoraron la capacidad de seguimiento de las personas que atraviesan situaciones críticas", señaló.

Red de Vidas es uno de los ejes centrales de la estrategia local. El dispositivo busca acompañar a quienes atravesaron un intento de suicidio una vez que reciben el alta hospitalaria, evitando que queden sin seguimiento.

Los datos oficiales muestran que el 41% de los casos notificados logró un contacto efectivo y que el 74,7% mantiene seguimiento activo.

"El principal factor de riesgo para un suicidio consumado es una tentativa previa", recordó Kern. "Por eso es fundamental que esas situaciones no pasen desapercibidas y que exista continuidad en los cuidados".

El profesional también planteó una hipótesis vinculada a la experiencia colectiva que atravesó la ciudad tras las emergencias climáticas recientes.

"Las situaciones críticas obligan a las personas a enfocarse en resolver problemas concretos. Son experiencias traumáticas, pero también generan organización comunitaria, solidaridad y participación, factores que pueden actuar como elementos protectores", indicó.

El desafío de reconstruir vínculos

Más allá de las estadísticas, los especialistas coinciden en que el suicidio no puede analizarse únicamente desde una mirada clínica.

"La salud mental está determinada por los vínculos afectivos que una persona puede establecer a lo largo de su vida", sostuvo Kern.

En esa línea, advirtió que uno de los signos más importantes para detectar situaciones de riesgo es el aislamiento progresivo.

"Las personas que atraviesan sufrimiento psíquico muchas veces van perdiendo vínculos y quedando solas. Eso aumenta enormemente la vulnerabilidad, especialmente en los jóvenes", señaló.

La psicoanalista Andrea Aghazarian también vincula el aumento de los suicidios con factores sociales y económicos.

"Cuando las personas quedan fuera del mercado laboral o viven en condiciones de precariedad, el futuro se vuelve algo impensado. Eso impacta directamente en la salud mental", sostuvo.

Un problema global

La situación argentina se inscribe en una problemática mundial. La Organización Mundial de la Salud estima que más de 720.000 personas mueren por suicidio cada año y advierte que se trata de una de las principales causas de muerte entre adolescentes y jóvenes.

Por ese motivo, el lema mundial para el período 2024-2026 es "Cambiar la narrativa sobre el suicidio", una propuesta orientada a combatir el estigma, promover conversaciones abiertas y fortalecer las redes de apoyo.

Los especialistas coinciden en que los datos de Bahía Blanca constituyen una señal alentadora, pero lejos están de habilitar triunfalismos.

"Cada vida sigue siendo importante. Que los números bajen algunos puntos no significa que el problema esté resuelto", remarcó Kern.

La diferencia con la tendencia nacional demuestra que las políticas públicas, el seguimiento de las personas en riesgo y el fortalecimiento de los vínculos comunitarios pueden generar resultados. Pero también confirma que la prevención exige una tarea permanente, sostenida y colectiva.

Porque detrás de cada estadística hay una historia, una familia y una comunidad que necesita acompañamiento. Y porque, como coinciden los especialistas, el suicidio sigue siendo una de las expresiones más visibles de una crisis social y emocional mucho más profunda.

Los adolescentes, en el centro de las alertas

Tanto en Bahía Blanca como a nivel nacional, los grupos de entre 15 y 24 años concentran la mayor cantidad de intentos de suicidio, una tendencia que se repite en buena parte del mundo.

Para la psicóloga clínica Silvia Papuchado, vicepresidenta de Políticas Públicas y Salud Mental de la Asociación Argentina de Psiquiatría, el aumento de estas conductas obliga a prestar atención temprana a las señales de sufrimiento emocional.

La especialista sostiene que el diálogo familiar, la detección de cambios bruscos de conducta y la intervención precoz constituyen herramientas fundamentales para la prevención. Además, advierte que las estadísticas oficiales reflejan apenas una parte del fenómeno, ya que numerosos intentos de suicidio no llegan a ser registrados dentro del sistema sanitario.

La psicóloga mendocina Mariam Moscetta, especializada en prevención del suicidio en adolescentes, coincide en la necesidad de romper silencios y prejuicios alrededor del tema.

"Tenemos el mito de que del suicidio no se habla y lo que hemos venido trabajando durante años es justamente en derribar ese mito, porque del suicidio debe hablarse", sostuvo.

Moscetta señaló además que, si bien el suicidio no puede considerarse una conducta habitual durante la adolescencia, sí se observa un incremento sostenido en los casos que involucran a jóvenes.

"Hay un aumento significativo y constante de los casos entre personas de 15 a 29 años", advirtió, al tiempo que reclamó políticas preventivas permanentes, espacios de escucha accesibles y estrategias de acompañamiento temprano.

Las observaciones de ambas especialistas encuentran puntos de contacto con el diagnóstico realizado en Bahía Blanca por el jefe del Departamento de Salud Mental y Adicciones del Municipio, Hugo Kern.

Tanto a nivel local como nacional, los expertos identifican un conjunto de factores que se repiten: el deterioro de los vínculos sociales, el aislamiento, las dificultades para construir proyectos de futuro, la incertidumbre económica y la creciente influencia de las redes sociales sobre la vida cotidiana de adolescentes y jóvenes.

"Muchas veces los jóvenes están más conectados que nunca y al mismo tiempo más solos que nunca", sostiene Kern. 

Para el especialista, el aislamiento social sigue siendo uno de los principales factores de vulnerabilidad y explica parte del aumento de las consultas por sufrimiento psíquico, autolesiones e intentos de suicidio que se observa en los últimos años.

En ese contexto, los especialistas coinciden en que la prevención no depende exclusivamente de los servicios de salud. La familia, la escuela, los clubes, las organizaciones sociales y las redes comunitarias cumplen un papel clave en la detección temprana y el acompañamiento de quienes atraviesan situaciones de angustia o desesperanza.

El consenso es claro: hablar del tema, escuchar a tiempo y fortalecer los vínculos sigue siendo una de las herramientas más eficaces para prevenir.