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Un viaje en tren al compás de buena música

La Orquesta Sinfónica Provincial de Bahía Blanca propuso, el sábado por la noche, un viaje en tren que nada tuvo que ver con el sistema ferroviario argentino ni con su estado actual. Este fue imaginario y singular. Por eso partió, a las 21, desde una estación diferente: la Sala Mayor del Teatro Municipal.

 La Orquesta Sinfónica Provincial de Bahía Blanca propuso, el sábado por la noche, un viaje en tren que nada tuvo que ver con el sistema ferroviario argentino ni con su estado actual. Este fue imaginario y singular. Por eso partió, a las 21, desde una estación diferente: la Sala Mayor del Teatro Municipal.


 Tanto el público, muy cómodo en sus butacas, como los músicos, desde sus respectivos atriles, se dejaron llevar por el disfrute del repertorio de las nueve obras que sonaron bajo la conducción del maestro invitado Leonardo Rubín.


 El tren pasó por los caminos del Expreso de Oriente (Express d' Orient), aquel ferrocarril inaugurado en 1883 que unía Europa Occidental con el Sudoeste Asiático, y que hasta la actualidad ha vivenciado innumerables hechos históricos, razón por la cual, muchas veces ha interrumpido su servicio y modificado sus rutas. Por eso el concierto llevó su nombre.


 No sólo el Expreso de Oriente es legendario y emblemático sino que, en términos generales, el ferrocarril en sí mismo representa un ícono como medio de transporte colectivo. En correspondencia con este sentido, el carácter general del concierto fue más bien "popular" dentro de lo que usualmente se entiende por repertorio "clásico".


 Es decir, todas las obras interpretadas por la orquesta fueron amenas, breves y bien conocidas. Como se suele decir en las FM respecto del pop y del rock, se pudieron oír algunos grandes "hits".


 La primer obra fue Can Can de la obertura de Orfeo en los infiernos (1858), la célebre opereta de Jacques Offenbach. El Expreso de Oriente aún hoy parte desde París y esta danza rápida y vivaz, que por el siglo XIX contaba con una dudosa reputación, caracteriza a la capital francesa.


 Continuó otro gran compositor de esa nacionalidad, Claude Debussy y dos movimientos de su Petite Suite (el primero, En Bateau, y el cuarto, Ballet). Con el aporte del arpa y la flauta traversa a los que se fueron sumando el resto de las cuerdas, hubo una cadencia más melódica que en la anterior.


 Se llegó entonces a Italia, con Giuseppe Verdi y el preludio --es decir la pieza musical introductoria y prologal-- de la ópera La Traviata. También con la obertura --un sinónimo de preludio en este caso-- de Il Signor Bruschino, de otro gran exponente del género operístico, Gioacchino Rossini.


 La tercera posta del Expreso de Oriente fue Austria, nada más y menos que bajo la figura de Gustav Mahler y un movimiento de su monumental 5º Sinfonía, Adaggietto. Los protagonistas de esta pieza fueron las cuerdas: violines, violas, cellos y el arpa.


 Y si de Viena se habla, no puede faltar un vals de Johannes Strauss (hijo). Entonces fue el turno de la obertura de El barón Gitano, El Danubio Azul, que tanto suena en todas las fiestas de casamiento y tan familiar resulta a todos.


 Continuaron tres, del grupo de 21 Danzas Húngaras que compuso Johannes Brahms originalmente para piano y luego orquestadas; la Nº 1, 3 y 5.


 El paseo culminó con una alusión a Constantinopla, hoy Estambul, la ciudad más grande de Turquía y la bisagra entre Asia y Europa que culturalmente influyó en los compositores occidentales. Este era el punto de llegada del Orient Express en su época de auge.


 La obertura El Rapto del Serrallo, de Wolfang A. Mozart, desplegó todo su carácter festivo y luego lo hizo Marcha Turca de Las ruinas de Atenas, de Ludwig van Beethoven, tan popularizada por la serie televisiva El Chavo del ocho.


 La orquestación, con su colorido rítmico, se fue apagando con las palmas, los aplausos y las ovaciones del público que ya no quería bajar del tren.

María Sol Oliver/Especial para "La Nueva Provincia"