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“En un sentido estructural, la Argentina es racista”: la visión bahiense sobre un debate que se actualiza

El Dr. Pablo D. Arias, reconocido investigador sobre el tema, aportó una mirada diferente y despojada de idealismos sobre la identidad nacional.

El reciente Mundial de Fútbol actuó como un despertador de pasiones varias y variadas. / Fotos: Archivo La Nueva.
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Audionota: Danilo Belloni

Al analizar las raíces históricas de la discriminación en el país, desde la pigmentocracia colonial hasta el rol del fútbol como caja de resonancia de frustraciones sociales, el Dr. Pablo D. Arias advierte que el racismo no es un fenómeno aislado sino una pieza clave del sistema actual.

En una mirada de faros largos, el investigador bahiense analiza el racismo como una herramienta indispensable del capitalismo para la explotación y advierte sobre el peligro de los actuales discursos de odio que emanan de la política.

La reciente exposición de cánticos y actitudes racistas en el deporte parece haber abierto una herida latente en la Argentina.

“Sin embargo, lo que vemos hoy no es un fenómeno aislado, sino la manifestación de una estructura que sostiene al país desde su fundación”, aclara Arias, quien dialogó con La Nueva.

“¿Si la Argentina es un país racista? Taxativamente podemos decir que sí, que la Argentina es racista y lo es en un sentido estructural. Esto significa que existe un modo de conducir nuestras sociedades basado en actitudes y prácticas que son profundamente racistas y que, en muchos casos, pasan desapercibidas para la mayoría, aunque no para los cuerpos de las personas racializadas que sufren esas miradas dolorosas en su vida cotidiana. Es un racismo que nos acompaña desde nuestro origen como nación”, explica.

—¿Es posible mensurar o dimensionar ese racismo?

—No hay un instrumento para medirlo, pero sí podemos aplicar una sonda histórica, por decirlo de alguna manera. Desde la colonia nos encontramos con lo que se llamaba pigmentocracia: sociedades divididas minuciosamente según el color de piel, donde el poder y las labores estaban rígidamente asignados. Incluso, la fase revolucionaria, que buscaba la libertad, chocó con la defensa de los derechos de propiedad de los amos.

El Dr. Pablo Arias, a la salida de la sede de la UNS, en Colón 80.

“Más tarde, la Generación del 80 diseñó una identidad argentina excluyente basada en lo que algunos antropólogos llaman terror o pánico étnico: un miedo a que la diversidad cultural hiciera al país ingobernable. Así se buscó homogeneizar a la población, reprimiendo la diversidad para construir un ciudadano manejable. Esa genealogía llega hasta el siglo XX, con la figura del Cabecita Negra por ejemplo, y persiste en los discursos públicos actuales”.

—¿Somos el país más racista del mundo, como se ha llegado a afirmar por estos días?

—Se trata de una expresión desmesurada. No se puede determinar qué país es el más racista, pero si se pudiera seguramente no seríamos nosotros, ya que hay casos mucho más sistemáticos y fragrantes. Sin embargo, el hecho de no ser los peores no nos deja libres de culpa, ni significa que no tengamos cuestiones serias que revisar.

—¿Por qué el debate cobra fuerza en este momento?

—La Argentina ha salido a la escena pública internacional mostrando su rostro más vergonzante. No me refiero solo al fútbol, que fue el detonante, sino a un proceso de un par de años donde el discurso político público se ha tornado un instrumento de agresión permanente, con un tono que, a veces, parece salir de una cloaca y se traslada a tribunas internacionales. Es comprensible que esto genere sonrojo y vergüenza en muchos de nosotros.

—¿El racismo se actualiza? En tal caso, ¿qué formas adquiere actualmente en el país?

—El racismo es creativo y se adapta a las necesidades de cada sociedad. 

“Hablar de racismo es admitir que somos una sociedad injusta que estropea la vida de personas por sus rasgos, creencias o pertenencias”.

“Hoy vemos una formulación que se ampara en la idea de la incompatibilidad cultural. Ya no es solo un racismo científico como el de principios del siglo XX, sino la idea de que ciertas personas, por su religión o cultura, son incompatibles con la sociedad hegemónica. Hemos escuchado recientemente a dirigentes hablar de la incompatibilidad de ciertas religiones, lo cual es una de las expresiones más modernas y peligrosas del racismo”.

—Decís que el racismo es algo estructural, ¿podés desglosarlo?

—Significa que el racismo no es un error del sistema, sino un modo de conducir la sociedad. Hay una serie de prácticas y actitudes que son profundamente racistas y que, aunque para muchos pasan desapercibidas, son constantes para quienes las sufren. Son personas que transitan su vida bajo miradas dolorosas y circunstancias marcadas por este racismo que nos acompaña desde el origen como nación.

—¿Cómo ingresa el fútbol en esta discusión?

—El fútbol es una caja de resonancia que amplifica las furias, frustraciones y expectativas de los pueblos. En la Argentina, atraviesa a toda la sociedad y, en ese clima de emociones exacerbadas, se hace mucho más visible lo que normalmente pasa desapercibido.

“El lenguaje de la tribuna, como el insulto o el escupitajo, a veces se refleja en los discursos públicos. El fútbol no es más racista que el resto de la sociedad, pero funciona como una pantalla donde vemos esa parte de nuestro rostro que preferimos ignorar u ocultar”.

—¿Qué lugar ocupa el denominado crisol de razas en nuestra identidad?

—Es una figura legitimadora que escondió un proyecto racista. La idea era que, a través del mestizaje, las diferencias se disolverían para arribar a una nueva raza blanca, como decían los censos del siglo XIX. Bajo una retórica igualitaria, se buscó la homogeneización. No somos originales en esto; otros países tienen mitos similares, como el melting pot en los Estados Unidos, pero en nuestro caso ha servido para omitir nuestra realidad racista.

—¿Es para celebrar que el tema esté hoy en el debate de variados ámbitos?

—Totalmente. Es horripilante e incómodo admitir estas cosas, pero indispensable al mismo tiempo. Hablar de racismo es admitir que somos una sociedad injusta que estropea la vida de personas por sus rasgos, creencias o pertenencias. Todo lo que nos obligue a mirarnos con un ojo crítico, y no solo a defendernos por impulso nacionalista, es bienvenido para intentar construir algo mejor.

Algo personal

El Dr. Pablo Daniel Arias es bahiense. Aprendió a leer y a escribir en la Escuela Nº 57 del barrio Sánchez Elía y a tocar la guitarra en el Conservatorio de Música de Bahía Blanca.

Es profesor (2007), licenciado (2010) y doctor en Historia (2021) por la Universidad Nacional del Sur (UNS), donde se desempeña como investigador en el Departamento de Humanidades. Desde 2007 vive en la ciudad de San Martín de los Andes, provincia de Neuquén. Allí lleva a cabo su trabajo de campo e imparte clases.

Especializado en el estudio de la historia de los pueblos originarios, Arias combina en su indagación fuentes de diversa índole: documental y entrevistas. “Busco una reconstrucción de la historia desde la base e investigo con un enfoque microhistórico las consecuencias de la avanzada genocida conocida como Conquista del Desierto”, sostuvo.

Publicó recientemente los libros “Topografía de las guaridas. Una historia espacial del deseo y del pánico en la Conquista de Desierto” (Prohistoria, 2022) y “Oid el ruido de forjar cadenas. Vidas de indígenas en la Buenos Aires de 1880” (Biblioteca Nacional, 2024).

Conoció la literatura de Fiódor Dostoievski y las ideas de Frantz Fanon en la Biblioteca Rivadavia y en la Biblioteca Arturo Marasso. Recorrió la ciudad de Bahía Blanca en bicicleta cientos de veces y fue asistente en el taller de Luthieria del maestro Christian Iannamicco.