Entre goles y escombros
Mientras el fútbol monopoliza el interés global, se siguen escribiendo otras historias. No es la primera vez que un Mundial convive con grandes dramas.
Periodista, conductor y realizador televisivo, columnista en medios de difusión nacional. Nativo de Coronel Dorrego, alterna residencia entre Sauce Grande y Capital Federal. Conduce el ciclo ESAS PEQUEÑAS COSAS en BVC Bahía Blanca.
Estamos en modo Mundial. El fútbol domina la conversación pública. Argentina gana y convence. Nos volvimos a ilusionar. Scaloni pone paños fríos y recomienda “no marearnos” ni gastar a cuenta.
Nosotros, ilusionados. Paraguay disfruta del batacazo frente a Alemania. Confirma que nadie tiene el resultado asegurado; Argentina, tampoco. Festejan los paraguayos. Brasil sufrió, pero ganó en el último minuto. Argentina invicta, camina a paso firme.
En la otra cara de la moneda, Uruguay es pura tristeza. En el fútbol, como en la vida, se gana y se pierde. Conocemos la historia de los triunfadores, mientras queda en penumbras la que transcurre entre la soledad y la frustración de quienes pierden.
La vida de Fernando Muslera cambió para siempre en apenas unos minutos. “Nunca pensé que iba a sufrir tanto con este deporte”, confesó, desconsolado después de las atajadas fallidas que dejaron a Uruguay afuera del Mundial. El paraguayo Gill y Muslera representan, en un mismo torneo, la gloria y el fracaso.
No es una historia nueva. Moacir Barbosa, arquero de Brasil en la final del Maracaná de 1950, la vivió en carne propia. Tras la derrota ante Uruguay, los medios y buena parte de la sociedad lo señalaron como el gran responsable. Desde entonces vivió un vía crucis, marcado por la indiferencia y el reproche popular.
Muchos años después Barbosa dejó una frase que todavía estremece y obliga a reflexionar: “En Brasil, la pena máxima por un crimen es de treinta años; yo llevo pagando más de cuarenta por un crimen que no cometí”.
Moraleja: ninguna derrota, ningún error futbolístico, merece semejante condena.
Mientras el fútbol monopoliza el interés global, se siguen escribiendo otras historias. La semana pasada fueron deportados a su país 147 venezolanos. El vuelo 164 aterrizó justo cuando la tierra comenzó a temblar. Dejaron la cárcel de Estados Unidos y, al llegar, la muerte los esperaba. Quedaron atrapados bajo los escombros; apenas una decena sobrevivió.
Las cifras son escalofriantes: se derrumbaron setecientos setenta edificios y se registran entre cincuenta y setenta mil desaparecidos. Es la peor tragedia de los últimos dos siglos. A solo 113 kilómetros de La Guaira, epicentro del desastre, Curazao -y Aruba más adelante-, siguen viviendo su rutina de descanso y placeres. A veces, el infierno y el paraíso están separados por un puñado de kilómetros.
No es la primera vez que un Mundial convive con los grandes dramas de la historia. El de Francia 1938 estuvo atravesado por el comienzo de la lI guerra Mundial. Austria clasificada no pudo participar porque Hitler había anexado su territorio. España ausente sin aviso, desangrada en su propia guerra civil.
Con Europa devastada, los mundiales de 1942 y 1946 fueron cancelados. Recién volvieron en 1950, con aquella final inolvidable en la que Uruguay derrotó a Brasil en el Maracaná.
Sin ir tan lejos, aquí, en 1978, a treinta cuadras del Monumental donde se jugó la final, en la ESMA la dictadura militar aplicaba el terrorismo de Estado. Adentro del estadio se festejaba el primer campeonato del mundo; afuera, aviones tirando los muertos al fondo del mar.
Como en el teatro, en la vida conviven las dos máscaras al mismo tiempo: la risa y el llanto, la alegría y la tristeza, la vida y la muerte.
Y el mundo sigue andando.