La confesión

7/2/2021 | 06:00 |

"Además de formar nuevos dirigentes, es necesaria la entereza moral  y el compromiso con la creación de nuevas realidades." Escribe Ernesto Tolcachier.

   Entre los grandes interrogantes de este año pasado y su continuidad, recuerdo la significación de la vida en estos momentos de incertidumbre, y nuestras acciones para dotar de sentido su existencia espiritual y física. La levedad del ser parece hacer hincapié en su corta temporalidad y su aguante, dadas las angustias a sobrellevar. Al respecto, mis reflexiones apuntan a encontrar causas y efectos en los ciclos vividos, y las consecuencias que sobrellevamos.

   Algunas inevitables, pandemia, otras evitables, errores groseros en la conducción política del país. En el presente, en toda su tremenda  magnitud,  sus consecuencias fluyen sin solución de continuidad, agravadas por su temporalidad y su incumplimiento en etapas pasadas.

   Creo que, además de plantear la formación de nuevos dirigentes, es necesario entereza moral  y compromiso con la creación de nuevas realidades. El  país está quebrado y enfermo. La crisis requiere todas las energías disponibles, que son pocas, y las escasas voluntades de  mejorar chocan con espacios que se expresan motivados por la  ambición personal, defensas corporativas y dogmatismos ideológicos.

  Nací un 11 de setiembre de 1932,  en pleno golpe de estado militar del general Uriburu, sucedido luego por el General Agustín P.  Justo. Viví etapas de una sociedad muy violenta, donde  radicales y conservadores se disputaban el poder en mi  ciudad  natal, La Paz de la provincia de Entre Ríos. La escuela fue muy exigente, con una actitud  de fidelidad extrema hacia los símbolos patrios y los valores del tradicionalismo.

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   Durante mi paso por las etapas secundarias y universitarias y mis años futuros, logré entender algunos conceptos que fueron modelando mi idiosincrasia. Y traté de transmitirlos a través de estas notas a mis queridos lectores.    Al efecto, mi paso por la Universidad  Nacional del  Sur en las carreras de grado en Química en 1957 y 1958 y luego de Abogacía donde me gradué en el 2006, me  permitió ampliar mi nivel de conocimientos, sobre todo de todo en materia institucional y específicamente sobre las leyes y principios. Eso hizo que tuviera un especial amor por la defensa de la democracia, y por los principios tan férreamente defendidos por  Dworkin.

   Así,  traté por todos mis medios, artículos periodísticos y notas periodísticas, de sostener sus postulados básicos, entre ellos la libertad. Pero la libertad es solo una parte de la historia y la mitad de la verdad. La libertad  no es más  que el aspecto  negativo de cualquier fenómeno, cuyo aspecto positivo es la responsabilidad. De hecho, la libertad corre el riesgo de  generar una nueva arbitrariedad, a no ser que se viva con responsabilidad.

   En algunos momentos pensé en el vacío existencial, y medité que ese vacío se manifiesta enmascarado en la voluntad de poder, cuya expresión más primitiva es la de ganar dinero.

   Así, mis inquietudes se fueron planteando en el sentido  concreto de la vida, en momentos determinados por su especificad. Así,  mi confesión sobre el aspecto transitorio de nuestra existencia es que  su significado está presente en nuestra responsabilidad. Entre las alternativas  presentes, elegimos cuál de ellas debemos realizar.

   Y aquí mi responsabilidad de haber escrito estas notas. Y con orgullo y goce disfruto la riqueza a lo largo de la vida que he vivido plenamente. Para ello yo cuento, además de la vida, realidades de mi pasado, mi trabajo hecho y amado.

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