Mañanas de domingo, entre la misa y el vermú
Fue moda y costumbre durante años: la cita en la misa de la Catedral y luego compartir la hora del vermú: la paquetería al palo.
Es periodista, ingeniero civil y docente de la Universidad Nacional del Sud en materias relacionadas con el Patrimonio arquitectónico y el planeamiento urbano. Ha publicado notas en revistas Vivienda, Todo es Historia, Obras & Protagonistas y Summa +. Participa en varios micros radiales referidos a la historia de Bahía Blanca. En dos ocasiones recibió primera mención por parte de ADEPA en el rubro Cultura e Historia.
“Somos dos destinos que se juntan/y este amor un poco trasnochado/igual que el copetín/se sube al corazón”. D’Agostino y Cadçicamo, Mi chiquita
Hubo en la década del 30 en nuestra ciudad un ritual que marcaba el ritmo del domingo y que se convertía en un verdadero rito social, un momento de encuentro de lo más granado de la sociedad bahiense.
La cita era precisa: la misa de 11 en la iglesia Catedral. No se trataba solo de cumplir con la liturgia y poder irse en paz, sino que esa celebración configuraba una suerte de “previa” divina que daba paso al ritual por excelencia de la época: a la salida, caminar unos metros para compartir un vermú, un copetín.
Chule Matute, Melita Bautista y Esther Lopetegui, a la salida de la Catedral, 1934
Luisa M.de Morado Veres, Haydée Larrañaga, Pichona Pérez Bustos, Blanca Mascarello, Chola Méndez, Blanza Zabala y María Julia Larribité, 1935
Las veredas de la plaza Rivadavia eran testigo entonces del paso de elegantes mujeres que llegaban a Alsina 27, altos, donde se ubicaba La Central Faiazzo, que desbordaba en unos minutos de gente, ocupadas todas y cada una de sus mesas.
Lo curioso es que eran mujeres las protagonistas de este ritual, vestidas de ocasión, para mirar y ser vistas, caminando en grupos, algunas agarradas de los brazos, luciendo impecables trajes, con sombreros y andar elegante.
Era tal la relevancia del acontecimiento que los diarios y revistas de la época se encargaban de reflejar ese momento, con sus textos y un fotógrafo especialmente asignado.
Lo que se compartía era el momento del aperitivo, la hora del vermú. En las mesas se imponía las bebidas cláscicas rebajadas son soda de sifón y algo de limón. También se bebía Hesperidina, caña, vino, algún guindado o una bebida amarga. Todas acompañadas por platitos salados, maníes, quesos, aceitunas.
La planta alta de la Central se convertía en un mundo, un murmullo creciente, la charla animada, las miradas cómplices, el chusmerío en todo su esplendor.
Se había cumplido con el Señor, se había compartido el vermú. Quedaba por delante el almuerzo familiar y luego atravesar la tarde del domingo, el día más triste y nostálgico de la semana.
Al margen
Las fotos que ilustran esta nota fueron mejoradas y coloreadas mediante el uso de IA. Las originales.