Kicillof, Cristina y la antropofagia peronista
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El domingo 7 de junio, en el Polideportivo Gatica de Avellaneda, casi un millón de personas hicieron una fila de sesenta cuadras para despedir al Indio Solari. Esa tarde, ocurrió algo que muchos/as esperaban: Máximo Kirchner y Axel Kicillof coordinaron juntos la organización del velatorio. Por unas horas, pareció que el dolor lograba lo que ninguna negociación política había conseguido.
Duró trece días. El sábado 20, al cumplirse un año de la prisión domiciliaria de Cristina Fernández de Kirchner, Máximo subió al escenario de Parque Lezama y, sin nombrar a Kicillof, dijo: "Hablan de unidad del peronismo y ni siquiera van a verla a Cristina".
La senadora Teresa García comparó la situación con la épica fundacional del movimiento al cuestionar que Kicillof no visite a Cristina. Pocos días después, Sergio Berni redobló la apuesta en el Senado bonaerense al recordarle a la vicegobernadora Verónica Magario la historia de exilio de su familia. La disputa ya no era solo política, sino que comenzaba a medirse en credenciales de lealtad.
Desde la Psicología Política la pregunta es: ¿por qué el peronismo/kirchnerismo discute la puja por el poder camuflada en reclamos y visitas en lugar de construir un proyecto para terminar con Milei?
La discusión por "la visita" funciona como la punta del iceberg. Lo que aparece en escena es quién demuestra mayor incondicionalidad hacia la ex presidenta, pero esos cruces son el síntoma, no la causa. Detrás hay una pelea real de poder respecto de quién conduce, quién decide candidaturas, quién controla el armado territorial. La lealtad "filial" es el lenguaje con el que se disfraza esa pelea de poder, no la pelea en sí.
Esto es poder en estado puro, ya que, de un lado, un kirchnerismo que intenta conservar la conducción; del otro, un kicillofismo que construye autonomía. Alrededor de esa disputa se reordenan dirigentes, intendentes y alianzas.
A ese escenario se suman gobernadores, dirigentes del interior y otros sectores del peronismo que no eligieron esta disputa bonaerense. Mientras algunos, como Juan Manuel Urtubey, reclaman discutir un proyecto de país, otros, como el massismo, observan el conflicto sin asumir costos políticos.
La lealtad es un código de conducta exigible, con consecuencias si se rompe, y en esta interna, esas consecuencias se cobran en público, acusaciones de traidor, de desagradecido, de querer "hacer kirchnerismo sin Cristina". El costo de no rendir el tributo correcto es la deslegitimación pública, transmitida en streaming, en el Senado, en redes. Pero como en todo conflicto, además de los/as involucrados/as están los/as espectadores/as.
Acá hay un electorado que mira desde afuera y no son los/as que reclaman visitas a San José 1111, ni los/as que se cuelgan banderas de fidelidad en las recorridas de Kicillof. Son los/as que necesitan, antes de las elecciones de 2027, una alternativa real frente a Javier Milei, y que observan, con un hartazgo creciente, cómo esa construcción queda rehén de una pelea que no soluciona los problemas cotidianos.
El psicólogo social José Manuel Sabucedo, catedrático de la Universidad de Santiago de Compostela, lo explica con un concepto preciso: la identidad colectiva politizada. Cuando la identidad de un grupo se vuelve el centro de la disputa, el conflicto deja de ser contra un enemigo externo. Se convierte en una guerra por el control de la definición de esa identidad. No importa tanto qué hacer con el país, importa quién tiene derecho a decir qué es en esencia, ser peronista/kirchnerista.
Eso explica por qué Berni necesita decirle a Magario que viene de una familia exiliada, por qué Teresa García compara la falta de visitas con la resistencia al exilio de Perón, por qué cada bando necesita señalar al otro como el usurpador de una identidad que se supone compartida. No están discutiendo políticas, están discutiendo quién tiene la llave de lo auténtico.
Pero Sabucedo va más allá y explica que la identidad politizada no alcanza por sí sola para movilizar a un grupo hacia la acción. Hace falta, además, que sus miembros sientan que la pertenencia a ese grupo es la razón de los agravios que sufren. El dilema actual no es el agravio en sí, sino que cuando un sector de la militancia siente que ese agravio también tiene su origen en el otro sector del propio espacio, la energía que debería dirigirse hacia afuera se mueve hacia adentro.
Perón decía que los peronistas son como los gatos, cuando parece que se pelean, en realidad se están reproduciendo. Ojalá fuera así, hoy la escena se parece más a una antropofagia peronista donde un espacio consume a los propios mientras el adversario observa desde afuera.