Mundial 2026: La fiesta es de todos, la resaca no
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Hay algo hipnótico en un estadio encendido. Las luces, el ruido, los colores, los cuerpos que se mueven al unísono. Repetimos rituales y cábalas y durante noventa minutos, millones de personas miramos en la misma dirección. Las conversaciones cambian, los horarios se reorganizan y las urgencias se posponen.
El Mundial 2026 está en su apogeo y con él llega algo así como una pausa extraordinaria que cada cuatro años convierte a la Argentina en una sola tribuna.
Georges Balandier, sociólogo y antropólogo francés, sostiene en El poder en escenas que toda sociedad está gobernada por lo que él llama una “teatrocracia”. Es decir, que el poder no se sostiene solo con leyes o decisiones económicas, sino también con una puesta en escena. Así, la "función" necesita actores, necesita relato, necesita que el público mire exactamente hacia donde el poder quiere que mire.
Por eso el Mundial no es una trampa armada desde arriba, ni la sociedad es una masa ingenua que se deja engañar. El fútbol es un refugio legítimo, una alegría real y necesaria frente a una cotidianeidad que muchas veces se vuelve insoportable. El problema es que el poder sabe leer esa necesidad y se aprovecha del show para ganar tiempo.
Entonces la pregunta es: ¿a quién le conviene que mientras todos/as miramos el campo de juego, nadie mire lo que pasa al costado?
Mientras Argentina se ilusiona con "la cuarta estrella" y se maravilla con la genialidad de Lionel Messi, el Banco Central informa que la irregularidad en los créditos de las familias llega al 12,1% en abril y es el valor más alto en más de dos décadas. Más de 5,3 millones de personas ya tienen atrasos en sus pagos.
Esos números no se sienten en abstracto, son el reflejo de una realidad que se siente en la heladera que queda vacía después de mitad de mes. Se sienten en la “pata muslo” que pasó a ser un alimento de lujo que no entra en el presupuesto, mientras los menudos del pollo son el alimento cotidiano. Se sienten en el que se cuela en el tren porque entre el boleto y la leche, elige la leche.
Ernesto Laclau llama “significante vacío” a esos símbolos capaces de unir a personas muy distintas bajo una misma identidad, sin resolver ninguna de las contradicciones que las separan. La camiseta argentina es exactamente eso. Une al que no llega a fin de mes y al que festeja el blanqueo de capitales. Une al que se cuela en el tren y al que mira el partido desde un palco. Durante noventa minutos, todos/as somos Argentina, pero cuando el árbitro pita el final, las realidades no son iguales; los padecimientos, tampoco.
Desde la Psicología Política no se trata de demonizar el fútbol ni de quitarle la alegría a nadie. Se trata de preguntarse a quién le conviene que durante un mes entero la conversación pública gire alrededor de un resultado deportivo en lugar de discutir el vaciamiento del bolsillo. Porque la fiesta es real, y es de todos/as; pero la resaca, no.
Esta suspensión de la realidad, este "modo mundial", no afecta a todos/as por igual. El que puede pagar sus cuentas se sienta en primera fila y disfruta. La gran mayoría, en cambio, vive una tregua ficticia.
Mientras discutimos cómo blindar a Messi en la mitad de la cancha, hay un país real que necesita un blindaje urgente para sus ingresos, porque estar en "modo pausa" por el mundial, no congela los precios ni garantiza la subsistencia.
Disfrutá el Mundial. Yo también lo voy a disfrutar. Pero cuando el torneo termine y se apaguen las luces del estadio, recordemos que el problema de fondo nunca hizo pausa. Solo esperó en la puerta.