¿Nos robaron la final? La Psicología Política de una sospecha
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Terminó el mundial, ese evento que durante más de un mes nos tuvo en vilo, en estado de alerta y que alteró nuestras rutinas, nuestra respiración y nuestro latidos. Una ilusión que se fue acrecentando y convirtiéndose en algo real tras cada gol, pero que el domingo a la noche se desvaneció como un gol que el VAR anula después de haberlo festejado ya.
Cayó el telón para el mundial, y si bien estamos orgullosos/as y agradecidos/as con nuestra Selección, la euforia va menguando y empezamos a mirar con otros ojos y se oye ruido que ya no es el de los cánticos.
En tiempos de estadísticas nos llama la atención una cifra. ¡Cero! Cero remates al arco de Argentina en los noventa minutos de una final de Mundial, algo que no había pasado nunca desde que hay registros, desde 1966. Ese cero es, quizás, el primer ruido que ya no es el de la hinchada y que ensordece.
Pero el cero no llegó solo, hubo lesionados, tarjeta roja, Lautaro Martínez, goleador clave del equipo y de momentos cruciales, no entró ni un minuto pese a los seis cambios que hizo Scaloni y Dibu Martínez atajó pelotas y también las emociones de 47 millones de argentinos/as.
Y estos datos, imposibles de gambetear, habilitan la pregunta que desde la Psicología Política formulo: ¿Necesitamos creer que algo raro pasó para no aceptar que el equipo, esta vez, jugó mal, o de verdad pasaron cosas que todavía no podemos nombrar, que desconocemos y lo que es peor nunca sabremos?
En esto días es viral un video del túnel, Messi arengando, "olvidémonos de todo, solo juguemos" y lo comparaban con la misma situación en otros partidos. Ante tanto rumor me valgo de la comunicación no verbal y analizo lo que veo, pues solo “leo” conductas.
De acuerdo con el Sistema de Codificación de la Acción Facial (FACS) de Paul Ekman, en los gestos habituales de la Selección predomina la sonrisa genuina sostenida, espontánea, durante varios segundos, que corresponde a los códigos AU12 y AU6, juntos. En la final y tras la arenga aparecen otros códigos AU43, AU23/24, todos ellos combinados se puede decodificar como un esfuerzo consciente por mantener el control y no estallar en ira o frustración.
Pero la duda flota en el aire y aterriza en las redes, cobrando centralidad en todas las conversaciones. ¿Por qué la duda se convierte en una necesidad que hay que sostener?
En el verano volví a leer un libro y es imposible no traelo a esta columna. Giuliano da Empoli, politólogo y ensayista, escribe en Los ingenieros del caos que ciertos/as estrategas del poder no necesitan que algo sea cierto para que funcione, la duda sostenida es en sí misma una herramienta política, mientras la sociedad discute si pasó algo raro, nadie discute lo que sí pasó. ¿Nos robaron la cuarta estrella como nos arrebatan el litio, las tierras, la energía? ¿La sospecha nos entretiene mientras el despojo sucede?
A su vez, Karen Douglas, psicóloga social británica, referencia mundial en el estudio de las teorías conspirativas, muestra que la incertidumbre después de un evento inesperado empuja a buscar explicaciones que devuelvan sensación de control, aunque no haya evidencia. No es una falla individual, es una respuesta esperable frente a lo que no se puede procesar de otra manera. (Y justo esto lo dice una inglesa, se puede putear)
Estoy convencida de que la duda no es una falla, es nuestro refugio o también nuestra denuncia. Si en el túnel pasó algo quizá los gestos de frustración delataron lo que tal vez nunca sabremos. Si no ocurrió nada, la sospecha funciona como un calmante. Pero mientras debatimos si un fantasma caminó por el vestuario, la duda funciona como el distractor perfecto. En la cancha o en la política, cuando el poder mete la mano, la verdad es lo primero que nos despojan. Nos encontramos en septiembre.