Era cocinero en el Hospital de Pringles y decidió empezar de nuevo en España
"Empecé a pensar en mi vejez", dijo Carlos Solano, quien volvió a hacer las valijas. A los 51 años asegura que esta vez emigró con un objetivo distinto: construir un futuro que le permita llegar con tranquilidad a la jubilación.
Licenciada en Comunicación Social egresada de la Universidad de La Plata. Docente en nivel superior. Redactora de La Nueva desde 2010. En LU2 Radio Bahía Blanca tiene la columna "Buenas buenas" y se desempeña como redactora creativa. Es especialista en cubrir historias humanas de superación. Además, es profesora de yoga.
A los 24 años emigró por primera vez. Desde entonces vivió en España, Suecia, Italia, Cuba y Argentina. Aprendió nuevos oficios, abrió emprendimientos, trabajó en relación de dependencia y volvió a empezar una y otra vez. Pero esta vez, cuando decidió dejar el Hospital Municipal de Coronel Pringles para instalarse en Málaga, el motor fue diferente.
"Empecé a pensar en algo que nunca antes había pensado: organizar mi vejez. Tengo 51 años y la jubilación ya no parece tan lejana. Esta vez busco construir ese futuro", resume Carlos Solano.
La decisión no obedeció a un único motivo. En pocas semanas coincidieron una propuesta laboral, la posibilidad de instalarse en la casa de un amigo en Málaga, el final de una relación personal y una situación económica que describe como "asfixiante" para trabajadores y emprendedores en Argentina.
No era la primera vez que hacía las valijas. De hecho, asegura que esta es la sexta vez que cambia de país y la segunda que deja Argentina. A lo largo de su vida alternó emprendimientos propios con empleos en gastronomía, acumulando experiencias en distintos rincones del mundo.
Incluso suele recordar una frase que le repite un amigo, Roberto Roig: "Hay que tener alma de maleta".
El precio emocional de emigrar
Aunque hoy las videollamadas acortan las distancias, Carlos sostiene que hay ausencias que ninguna tecnología puede reemplazar.
"Lo más difícil que dejo es el cariño de mis amigos, de los de la infancia y de los que uno hace en el camino. También el amor de mis compañeros de trabajo y de mis jefes. Eso es lo más duro, aunque también es lo mismo que te abre puertas en otros lugares."
Su primera experiencia en Málaga ocurrió cuando apenas tenía 24 años. Recién volvió a reencontrarse con su madre cuando ya había cumplido 38.
"Después de 14 años ya no era la misma persona que había dejado. Había envejecido, como es natural. En esa época no existían las videollamadas como ahora."
También sabe que emigrar implica renuncias profundas.
"A veces significa no poder estar en el funeral de un ser querido. En mi caso fue una decisión personal. Mis padres ya no están y preferí quedarme con el recuerdo de las últimas veces que los vi."
Sus hijos, el impulso para volver a Europa
Otro motivo que pesó en la decisión fue la posibilidad de estar más cerca de sus hijos.
Facundo, de casi 26 años, vive en Boden, Suecia, donde se desempeña como oficial del Ejército tras completar la carrera militar. Cayetana, de 19, acaba de terminar el Gymnasium —equivalente al nivel preuniversitario— y eligió un camino completamente distinto: estudia arte.
Una experiencia que lo marcó
Antes de partir, Carlos trabajó durante casi tres años en la cocina del Hospital Municipal de Coronel Pringles, una experiencia que define como una de las más enriquecedoras de su carrera.
"En gastronomía siempre se aprende de los compañeros de trabajo."
Pero lo que más lo sorprendió fue descubrir el compromiso cotidiano de quienes sostienen el funcionamiento del hospital.
"Trabajar ahí me permitió ver el enorme amor, cariño y empatía con que trabajan las mucamas, el personal administrativo, mis compañeros de cocina, los del patio, farmacia, enfermería, admisión, telefonía, rayos, nutrición, médicos, guardia, camilleros, ambulancias y lavadero. Es una gran familia y creo que mucha gente no alcanza a imaginar el compromiso que tienen con cada paciente y con sus familias."
También asegura que un hospital enseña a convivir todos los días con la fragilidad de la vida.
"Es trabajar en una frontera. De repente llevás el desayuno o la comida a alguien y al otro día ya no está: porque recibió el alta o porque, lamentablemente, partió de este plano."
Para él, una cocina hospitalaria solo funciona cuando cada integrante entiende que forma parte de un mismo equipo.
"Desde quien organiza las comidas hasta quien recibe los pedidos, pela las papas, cocina, reparte o lava los platos, todos son importantes. Hay que hacer sentir a cada uno que forma parte de una misma cadena."
Aunque anteriormente había trabajado en la cocina de una empresa minera en Estocolmo, esta fue su única experiencia dentro de un hospital.
"Anímense, pero con los papeles en regla"
Lejos de desalentar a quienes piensan emigrar, Carlos cree que vale la pena intentarlo, aunque hace una recomendación clave.
"Lo primero es tener los papeles en regla. Eso marca una enorme diferencia y hoy es un poco más fácil que antes."
Mientras comienza una nueva etapa en Málaga, ya imagina cómo le gustaría cerrar el recorrido de tantos años.
"Poder jubilarme y volver algún día para vivir entre Sierra de la Ventana y Coronel Pringles. Ese sería el cierre perfecto para este camino."