Salud mental: el regreso al manicomio
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Si bien en Argentina, la salud mental fue algo así como el patio trasero de las políticas públicas, este último mes somos testigos, bajo la narrativa de la "modernización" de una contraofensiva ideológica ya que lejos está de ser un avance clínico o social.
El proyecto para reformar la Ley Nacional de Salud Mental 26.657 no viene a "agilizar" procesos como intentar “vendernos” sino que viene a restaurar un modelo que creíamos superado: el del sujeto como un engranaje defectuoso que debe ser depositado, etiquetado y, finalmente, silenciado.
Ya sabemos que la bandera y la retórica oficial giran en torno a la "libertad", pero cuando se trata de padecimiento subjetivo, la libertad parece reducirse a la libertad de internar sin controles. Se propone flexibilizar la intervención judicial y técnica bajo la excusa de la peligrosidad.
Cuando se presentó el proyecto en el Consejo Federal de Salud, el mismo Ministerio de Salud señaló como uno de sus ejes centrales la necesidad de “facilitar las internaciones involuntarias ante situaciones de riesgo”, con el argumento de evitar hechos de violencia, suicidios o agresiones a terceros. Una vez más, y como lo hicieron en la campaña 2026, se apela al miedo, ahora se agita el fantasma del “loco peligroso” para que la sociedad acepte el retroceso hacia el aislamiento.
La pregunta es: ¿Retroceso o ley superadora?
Maritza Montero en su libro Psicología Social Comunitaria refiere que la salud mental no ocurre dentro de “un cráneo”, sino en la trama de relaciones que un sujeto teje con su entorno. Ella utiliza el concepto de empowerment (fortalecimiento) como el proceso mediante el cual los sectores vulnerables de una comunidad desarrollan un control sobre sus vidas, y este proyecto de reforma intenta es precisamente lo contrario: restringir autonomía.
¡El objetivo es romper todo!
Se sabe que si se desmantela la red de dispositivos intermedios: talleres, casas de convivencia, entre otras, y el Estado promueve "internación y fármaco", psicologiza la pobreza en lugar de atacar las causas del malestar.
Que el dinero no alcance, que pierdas un trabajo, sin dudas genera malestar, en ese caso se medica en lugar de abordar el problema de manera humana e integral. Así la nueva ley, propone la idea de una persona atomizada, un gasto a recortar, salvo que tengas prepaga. Para Montero si el tratamiento no ocurre en la comunidad, no es salud; es control social.
Una vez más asistimos a algo cruel y perverso: la "burocratización del diagnóstico". El proyecto busca restaurar la hegemonía del saber médico cerrado, aquel que clasifica desde una supuesta neutralidad técnica, ignorando que el diagnóstico es un acto político. Vuelven las etiquetas que tanto llevan deconstruir.
Además, al simplificar las internaciones involuntarias, se corre el riesgo de convertir al hospital monovalente en el depósito de lo que el sistema ya no quiere ver. Es la "limpieza" de la vía pública trasladada al ámbito de la psique.
El dolor humano es multicausal, por eso la salud mental comunitaria se fundamenta en el tratamiento interdisciplinario, Sin embargo, la bajada de línea apunta a una jerarquización verticalista. Se busca silenciar la voz del psicólogo, del trabajador social y por, sobre todo, la voz del propio sujeto.
Entonces: ¿dónde queda el "consentimiento informado" cuando el sistema decide que tu crisis es una amenaza presupuestaria o estética para el orden público?
Es un modelo de individualismo extremo aplicado a una ciencia de cotillón. Nos quieren convencer de que somos dueños/as de nuestro destino, pero si tu destino te lleva a una crisis por el colapso de tus condiciones materiales de vida, el Estado te ofrece una cama en un pabellón y “un chaleco”, en lugar de una red de contención comunitaria.
Hoy más que nunca la comunidad no es un lugar físico, es un espacio de resistencia. Por eso, más allá de estar en contra de esta ley, propongo una resistencia terapéutica. No se puede permitir que la supuesta "modernización" sea la excusa para volver al encierro.
Si creen que la salud mental se puede concebir en un despacho o en un manicomio, la Psicología debe salir a la calle, allí el sufrimiento tiene rostro, tiene nombre y apellido, y una historia que ninguna ley puede volver a encerrar.