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Una mirada panameña sobre la pasión argentina: "No entiendo cómo pueden vivir así"

Una serie de escenas dispersas arma un mismo relato, el de una forma de vivir que no pasa inadvertida.

Fotos: Panamá 2026

El calor en Panamá no se discute. Se instala, se pega al cuerpo y marca el ritmo de todo lo que sucede. En los Juegos Suramericanos de la Juventud 2026, ese pulso más lento parece imponerse en casi cada escena. Casi.

Hay momentos que rompen esa lógica. No por el resultado de una competencia ni por una situación extraordinaria, sino por una forma de estar. Ahí aparece, sin necesidad de subrayarlo, algo reconocible: lo argentino.

La escena empieza con una conversación que, en principio, no prometía demasiado. Una mujer panameña, de unos cincuenta años, se detiene a hablar. Tiene una sonrisa abierta, pero una mirada observadora, como si lo que estuviera diciendo fuera el resultado de haber prestado atención durante mucho tiempo.

"A ustedes los colonizó gente linda", dice, entre risas. La frase parece un comentario al pasar, pero encierra algo más. No es solo una apreciación estética. Es una manera de marcar una diferencia y de expresar cierta admiración.

Sin embargo, lo que más le llama la atención no pasa por ahí.

"No entiendo cómo pueden vivir así", agrega inmediatamente, ya sin reírse, abriéndo aún más los ojos.

No hace falta que profundice demasiado. Menciona el fútbol, nombra a Boca Juniors, pero en realidad está hablando de otra cosa. De una intensidad que le resulta difícil de explicar.

Desde su lugar, se define sin conflicto. Dice que los panameños son felices, atravesados por una alegría más liviana, más constante. Pero enseguida aparece la comparación. No de esa manera.

En ese matiz, más que distancia, hay una forma de encanto por lo nuestro.

Entonces la historia se vuelve más concreta. Aparece "Chumbita".

Un chico argentino que llegó a Panamá siendo muy pequeño y que, con el tiempo, quedó bajo su cuidado afectivo. No desde lo formal, más allá de haber sido su profesora, sino desde esos vínculos que se construyen en la cercanía cotidiana.

Lo llevaba a todos lados. Lo hacía hablar en actos, en reuniones, en cualquier lugar donde hubiera gente. "Solo a él", cuenta.

Había algo en su acento que la fascinaba. En su manera de decir, en esa musicalidad que para ella no pasaba desapercibida. Era, de algún modo, una forma tangible de eso que no terminaba de entender.

Incluso en los detalles más simples.

Como la imagen de ese chico tomando mate en medio del calor húmedo, en un clima que parecía contradecir por completo ese ritual. “¿Cómo vas a tomar eso con este calor?”, le preguntó una vez, genuinamente desconcertada. La respuesta fue inmediata: “Ustedes toman sopa todo el tiempo”.

Se rió. Y no volvió a preguntar.

No porque hubiera encontrado una explicación, sino porque dejó de hacer falta. Algo en ese intercambio, en esa lógica invertida, cerraba mejor que cualquier argumento.

Esa misma sensación reaparece más tarde, en otro contexto, con otras voces, pero con el mismo fondo.

Un conductor de Uber que atraviesa la ciudad habla de fútbol con naturalidad. Cuenta que en Panamá, durante los Mundiales, muchos eligen a Argentina. Incluso cuando juega la selección propia. También a Brasil, aclara. Pero Argentina tiene un lugar especial.

No lo teoriza. Dice simplemente que gusta más.

Conoce Buenos Aires. Estuvo ahí. Y cuando menciona Puerto Madero, lo hace con entusiasmo, como si ese recuerdo todavía tuviera peso.

En las tribunas, esa afinidad se vuelve visible sin necesidad de palabras. Cada vez que se presenta a un argentino, en cualquier disciplina, el clima cambia. El volumen sube, la reacción es más inmediata. Cuando gana, la respuesta es todavía más contundente.

No ocurre lo mismo con otros países. No es una diferencia sutil. Es una repetición.

El momento más claro aparece en el futsal. Las chicas argentinas van a la tribuna a ver a los varones. Se acomodan entre el público y, desde ahí, empiezan a alentar. Primero de a poco, después cada vez más fuerte. Cantan, saltan, marcan el ritmo con las manos, con el cuerpo, con la voz. Las canciones se encadenan con una lógica que no necesita traducción.

Alrededor, la reacción es inmediata. Algunos miran con sorpresa, otros se ríen, muchos sacan el celular y filman. Hay curiosidad, pero también una especie de fascinación.

Como si esa forma de vivir lo deportivo —y, en el fondo, algo más amplio— llamara la atención incluso cuando no se termina de comprender.

En Panamá, lo argentino no siempre se explica. No se ordena fácilmente en categorías.

Pero aparece. Se filtra en una conversación, se reconoce en un acento, se amplifica en una tribuna. No necesita traducción para hacerse visible.

Y quizás por eso impacta. Porque no pide permiso ni intenta adaptarse. Simplemente ocurre. Y se hace sentir.