Entre rascacielos y barberías de barrio: el otro escenario de los Juegos Suramericanos
Bajo la lógica del evento, que ordena recorridos y proyecta una vidriera internacional, en esas mismas calles persisten dinámicas desiguales que no entran en escena.
Periodista y comunicadora digital. Forma parte del equipo de redacción de La Nueva desde 2022, donde cubre eventos locales, regionales y nacionales, generando contenido para las ediciones impresa y digital.
Panamá obliga a mirar dos veces. No porque oculte algo, sino porque lo deja todo a la vista, al mismo tiempo.
La capital se proyecta como un centro financiero que no disimula su ambición. Torres de vidrio, bancos internacionales y una economía apoyada en los servicios, el comercio y el Canal marcan el pulso. Más de la mitad del PBI del país se concentra acá y el perfil urbano lo confirma sin rodeos.
Pero esa imagen no alcanza. ¿Qué queda fuera de ese encuadre?
En el recorrido diario entre sedes deportivas, hoteles y traslados por los Juegos Suramericanos de la Juventud 2026, las diferencias aparecen sin esfuerzo. No hace falta buscarlas, se cuelan en cada trayecto.
A pocas cuadras del circuito más moderno, la lógica cambia. La calle pasa al frente. Surgen puestos de venta, trabajos sin estructura formal e intercambios directos. Es otra economía, ajena a oficinas y edificios corporativos, pero esencial para sostener lo cotidiano. Una parte significativa del empleo se mueve en la informalidad, muchas veces sin estabilidad ni cobertura.
En ese entramado aparecen también las peluquerías abiertas, casi improvisadas, denominadas aquí como barberías de barrio. Una silla hacia la vereda, un espejo sostenido como se puede y máquinas conectadas a extensiones que cruzan desde el interior. No hay fronteras claras entre el local y la calle. El corte de pelo ocurre en plena circulación, con autos que pasan a pocos metros, un puesto de comida al lado y vendedores ocupando cada espacio disponible.
Todo sucede en simultáneo, sin pausas. Como si el espacio urbano no buscara ordenar, sino acumular.
A veces, esa convivencia se condensa en una misma cuadra. De un lado, una torre vidriada integrada al circuito financiero global. Del otro, construcciones más precarias, cables expuestos y persianas a medio abrir. No hay transición, solo cercanía. ¿Dónde empieza un mundo y termina el otro?
El crecimiento fue acelerado, impulsado por su posición estratégica en el comercio internacional y por un sistema financiero que atrae capitales. Pero ese impulso no se distribuyó de manera homogénea, al menos así lo percibo en estos días, aún con mucho por descubrir. La desigualdad deja de ser una idea abstracta cuando se vuelve visible en el territorio.
En ese mismo paisaje, el modelo que sostiene rascacielos y bancos convive con circuitos informales que resuelven lo inmediato. La frontera entre lo formal y lo informal muchas veces se diluye, bien al estilo latinoamericano.
En ese contexto, los Juegos suman otra capa. Ordenan recorridos, concentran inversión y proyectan una imagen lista para la escena internacional. Pero fuera de ese encuadre, la dinámica sigue siendo más compleja y menos previsible.
No es una ciudad fragmentada. Es una ciudad superpuesta.
Mientras los atletas compiten con reglas claras, cronómetros y metas precisas, el entorno propone otra carrera, más irregular y más desigual. Una en la que el punto de partida no es el mismo para todos y donde, a veces, la distancia entre un mundo y otro se mide en apenas unos metros de vereda.