Ancán: “Mi campeonato es ver a mis chicos debutar en primera”
Con 71 años y más de cuatro décadas formando jugadores de fútbol en las divisiones infantiles y juveniles, el “Negro” comparte sus enseñanzas, recuerda sus inicios y disfruta del juego.
Subjefe de la Sección Deportes con especialización en temas deportivos. Más de 30 años comentando fútbol y otro tipo de actividades; además de haber realizado coberturas en todo el país con la incursión de los elencos bahienses en la elite del fútbol nacional. También coberturas del seleccionado Argentino en acontecimientos como Copa América y amistosos internacionales.
Cuando Ernesto Fermín Ancán habla de fútbol, su voz parece una mezcla de nostalgia y pasión intacta. Tiene 71 años y más de 44 como entrenador, pero la emoción se nota en cada respuesta al recordar sus comienzos.
El “Negro”, apodo con el que cariñosamente los saludan todos en Bella Vista, sigue fiel a una idea de formar antes que ganar.
“Salimos campeones un montón de veces… pero ¿quién se entera? Lo importante es que los chicos aprendan a jugar y a respetar el fútbol. Si juegan bien, los partidos los van a ganar solos”, dice casi como anticipando la pregunta.
Empezó a dirigir casi sin transición, mientras todavía jugaba, ayudando a los técnicos de las divisiones menores. Aprendió de Luis Caballi, quien en aquellos años era un adelantado en métodos y enseñanza.
“Me enseñó todo. Era un hombre con pasión y claridad. Usaba pizarrón, explicaba por puestos… sabía llegarle al chico. De él heredé una frase que se volvió caballito de batalla. ‘Jugador de una sola pierna es medio jugador’”, subrayó.
Desde entonces, cada entrenamiento se centró en la técnica, en trabajar ambos perfiles y en la capacidad de resolver rápido, incluso con espacio reducido, y en pulir sus habilidades.
“Hoy hay menos espacio. Si no resolvés rápido, se complica todo. Hay chicos con capacidad de resolver en espacios reducidos, son habilidosos y muy inteligentes, y otros que lideran por personalidad, se imponen porque nunca se rinden”, explicó.
En sus entrenamientos el error no se castiga, se aprovecha para aprender.
“Si el chico se levanta para jugar, tiene que jugar. No sacársela de encima por miedo. Un pibe mete un centro con la pierna que no usa y lo celebro… para mí ya está, es un triunfo por 1 a 0 (risas)”.
Y detrás de cada toque de pelota hay una intención, como tratar de descubrir el talento o pulir al que tiene ganas más allá de las limitaciones.
Ancán recuerda a Juanchi (Juan Pablo), su hijo, que al principio era un desastre en la cancha, pero él sabía que tenía condiciones.
“Lo llevaba a casa, mi señora renegaba porque decía que lo veía bostezar, sin ganas de jugar. Yo la tranquilizaba, lo agarraba y practicábamos con tortugas, esquivando conos… y se fue puliendo, llegó a Primera y nos dio muchas satisfacciones. Había que descubrirlo nomás. Después se recibió y siguió otro camino. Pero el fútbol le enseñó a ser disciplinado, respetuoso”, apuntó.
En el baúl de los recuerdos aflora la categoría ’72 y las vivencias de una camada que lo marcaron para siempre.
“Empecé con la clase ‘72, con Carlos Mungo y Pablo Arriagada. Ahí arrancó todo para mí como técnico. Me gustaba, siempre me gustó. Yo sabía que el día que dejara de jugar, me iba a dedicar a enseñar”.
“Cuando lo probé a Carlos (Mungo) estaba gordo y tenía una persona cercana que me decía: ‘No pierdas tiempo con ese, no te va a servir’. Pero yo le veía condiciones, nunca lo relegué y lo arrimé al grupo. Como era un apasionado aceptó los cambios, se ganó un lugar y fue campeón; hoy es una persona reconocida como técnico”, aseveró Ernesto, quien no sólo enseña fútbol, enseña valores y los pone en práctica día tras día.
“Nunca me interesó la tabla de posiciones. Lo que me importa es que los chicos mejoren, que jueguen bien. Si aprenden a jugar, los partidos se ganan por decantación. Mi campeonato es cuando me voy a la vieja tribuna de madera y debuta uno en Primera. Ahí sí me siento campeón”, dijo.
Los viajes y torneos también forman parte de la enseñanza. Recuerda uno en Villalonga, con equipos conocidos a nivel nacional e internacional.
“Llegamos a la semifinal con Independiente de Avellaneda y teníamos un chico talentoso que jugaba de ‘3’ y sobresalía, pero el padre estaba desesperado porque quería que jugara de cierta manera. Lo volvió loco y terminó frustrándolo completamente”, apuntó.
“Irremediablemente, cuando un padre es así, el pibe se frustra. Es algo que se vive y duele, porque no es culpa del chico, sino de quienes deberían apoyarlo”, aclaró.
Esa experiencia, y otras vividas, refuerzan su filosofía de cómo hay que comportarse.
“Siempre traté de hablar con los padres, explicarles que la prioridad es que el chico aprenda y disfrute del fútbol. No se trata de cumplir los deseos de un adulto, sino de formar al jugador y a la persona”, dijo.
Adaptarse a los cambios
El cambio de épocas lo entristece un poco, aunque el “Negro” sabe que su paciencia a la larga da resultado.
“Antes los chicos vivían por y para el fútbol. Entrenábamos de noche, jugábamos en el potrero hasta que las viejas nos llamaban a cenar, y nadie faltaba. Tener una pelota nueva era un lujo; hoy tienen todo y no lo valoran; son otras distracciones”.
“Entrenábamos en una cancha pelada de tierra donde está el estadio o en las plazas con un foquito de luz y temperaturas bajo cero. No faltaba nadie. A las pelotas viejas las pintaba con cal y pesaban una tonelada. Se rompían la cabeza, pero no aflojaban. Eso lo cuento a los chicos de hoy y no lo creen”, aseguró.
“¿Mi receta? Igualdad, respeto, disciplina en todo lo que hacemos. Todos los chicos entrenan y juegan lo mismo, no puede ser que, más allá de los cambios reglamentarios, un entrenador ponga a un chico faltando cinco minutos; qué querés demostrar con eso”, agregó.
“Siempre trato de que haya convivencia y trabajo en grupo, aunque ahora hay que aceptar que se apoyen mucho en ver las jugadas por el celular y sacan sus propias conclusiones”, admitió.
Con los árbitros, la enseñanza y el trato hacia ellos también debe ser clara.
“Les digo a los chicos que no se vuelvan locos con el referí. Están aprendiendo, igual que ustedes. Tienen que tratar de jugar bien, porque el partido lo van a ganar igual. Siempre les enseño a ser agradecidos, humildes y tener autocrítica. No le echen la culpa al referí ni a la pelota; piensen qué hicieron bien o mal ustedes. Si jugaron bien me dejan conforme”, contó.
El talento no es fácil de conseguir
El ojo clínico del “Negro” para detectar talentos es legendario. Recuerda a Rodrigo Palacio y al “Gula” Aguirre como ejemplos a imitar.
“Ya de chiquitos se notaba su talento, pero yo también busco actitud. Un chico con ganas y disciplina se transforma, incluso supera al que nace con más técnica. El habilidoso apático no sirve mucho, pero un chico con actitud se puede trabajar y mejorar. Muchos de esos chicos terminan jugando más tiempo en Primera que los más habilidosos”, expresó.
Ancán también tiene la virtud de ser un aprendiz constante, de observar todo el tiempo.
“Siempre me gusta mirar y aprender de otros entrenadores. Me encantaba Cásar Menotti, por la claridad de sus conceptos. También escuché y compartí conceptos de técnicos como Roberto Saporiti, Gregorio Pérez, Omar De Felippe y César Falcioni, cuando estaban en Olimpo. Tomo lo positivo y lo adapto a mi forma de enseñar”, dijo.
“¿Dirigir en Primera? Lo hice interinamente, pero nunca me interesó. Evitaba dirigir Primera para no entrar en conflictos con los pibes que traje de abajo. Mi pasión siempre estuvo en la formación en ver su evolución, en potencias sus virtudes”, aseguró.
Dirigió hasta siete categorías simultáneamente, desde infantiles hasta juveniles, con la ayuda de colaboradores que compartieran su filosofía.
“Siempre busqué gente que compartiera la misma filosofía, aunque es difícil porque algunos me decían que no tenían paciencia. Mi verdadero campeonato es verlos debutar en Primera, verlos disfrutar del fútbol. Eso es lo que me llena por dentro”, resaltó.
Ernesto se apega a las viejas costumbres y recuerda con cariño los pequeños rituales para unir grupos.
“Comiditas organizadas por los técnicos, entrenamientos intensos en el potrero, viajes en colectivo con mates y charlas sobre fútbol; y hasta bromas sanas entre los chicos. El grupo se arma con el trabajo que vos le das, te estudian y analizan. Si sos convincente se arma un grupo sólido; en mi trayectoria tuve la suerte de armar varios y con eso soy feliz ”, remarcó.
Y se lo ve feliz hasta cuando responde al saludo de cada uno de los chicos que llegan a entrenar. La sonrisa es para todos por igual, el trabajo también.
Agradece que el portal de ingreso al predio lleve impreso su nombre y afirma que el homenaje en vida tiene más valor.
“Es demasiado, no lo esperaba. Si lo hicieron es porque algo hice bien. Mientras pueda caminar y hablar seguiré enseñando, es mi manera de sentir el fútbol”, concluyó.