Bahía Blanca |

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Fotografías que cuentan historias

A 198 años de su fundación, un recorrido visual por escenas poco conocidas que revelan el lado más singular del pasado de la ciudad.

A sólo dos años de su bicentenario, Bahía Blanca invita a mirar hacia atrás para descubrir las pequeñas grandes historias que construyeron su identidad. Más allá de las fechas y los hitos oficiales, hay escenas cotidianas, personajes olvidados y momentos curiosos que sobreviven en viejas fotografías.

En esta selección de diez imágenes antiguas, el pasado cobra vida: cada una es una puerta a anécdotas singulares, rincones transformados por el tiempo y detalles que ayudan a entender cómo esta ciudad se fue narrando a sí misma, entre el progreso, las costumbres y la memoria colectiva. 

Tarugos flotantes

En 1911 el intendente municipal, Valentín Vergara, adjudicó las primeras 40 cuadras para el reemplazo del pavimento de adoquines de granito por tarugos de madera.

Esa modalidad se había impuesto como alternativa de menor costo y fácil colocación, con probado éxito en Buenos Aires y Rosario. A diferencia de los tarugos de algarrobo que se usaron en otras ciudades, en la nuestra se impuso el uso del caldén, de buen resultado y más económico.

El granito retirado se volvía a colocar en los barrios, mientras que la madera renovó el aspecto de las calles céntricas.

“Esta obra representa una mejora para el tránsito, para la valorización de la propiedad e higiene, ventajas que fundan un orgullo para un municipio que demuestra su celo progresista y la honestidad de su gestión”, señaló este diario.

Ya operativo, el pavimento resultó un fracaso. Primero, porque los tarugos dilataban ante las exigencias del clima local y las calles explotaban, saltando las piezas de manera peligrosa. Con las lluvias, el agua arrastraba la madera, la cual era secuestrada por los vecinos para sus cocinas y calefactores. En la década del 30 se comenzó a utilizar material bituminoso derivado del petróleo, toda una modernidad.

Aviones en Villa Harding Green

En 1929 comenzó la historia de la aviación comercial de cabotaje en nuestro país con la implementación del servicio regular de cargas y pasajeros entre nuestra ciudad y Comodoro Rivadavia, con escalas en Trelew y San Antonio Oeste.

La empresa a cargo era la Aeroposta Argentina, subsidiaria de la Compagnie Générale Aéropostale, fundada en Francia por Pierre-Georges Latécoère.

Para cubrir la llamada ruta Patagónica utilizaba aviones Laté 25 y Laté 28, a cargo de pilotos franceses como Jean Mermoz, Henri Guillaumet y Antoine de Saint Exupéry, a los que se sumaron los locales, Rufino Luro Cambaceres, Próspero Palazzo, Ricardo Gross y Domingo Irigoyen.

El aeropuerto local fue construido en Villa Harding Green, disponiendo de un hangar, oficinas, una torre trasmisora y la pista de tierra con iluminación a kerosene. En ese lugar funcionó hasta 1971, cuando se inauguró la actual aeroestación Comandante Espora.

Najdorf por el récord

Tres años llevaba en nuestro país el ajedrecista Miguel Najdorf (1910-1997) cuando, en 1941 llegó a nuestra ciudad. Nativo de Varsovia, Polonia, había pedido asilo ya que su país fue invadido por los alemanes.

Gran Maestro Internacional, Najdorf era famoso por su prodigiosa memoria, la cual le permitía retener partidas completas y recrearlas sin problemas.

Aquella visita de 1941 tuvo una particularidad: llegó dispuesto a batir el récord internacional de partidas simultáneas, jugando contra 222 tableros. El encuentro tuvo lugar en el salón Bariloche del club Olimpo, donde se dispusieron varias filas de mesas con los tableros.

En casi 21 horas de juego, Najdorf ganó 202 partidas, hizo 12 tablas y tuvo 8 derrotas. Tiempo después un allegado al ajedrecista contó una anécdota de aquella jornada.

“En un momento, un rival, médico, recibió una llamada urgente. Salió y los auxiliares supusieron que había perdido y levantaron el tablero. Cuando vuelve, se desespera; pero Najdorf lo soluciona: dispone las piezas tal como estaban en el momento de la confusión. Recordaba cada detalle como los de los otros 221 tableros”.

Solitario

Cuando en 1906 se inauguró el parque Municipal (actual parque de Mayo), la avenida Alem comenzó a tomar vida. Hasta entonces era un sector de quintas y poco a poco empezó a sumar una atractiva arquitectura.

Una de las primeras obras, pintoresca y solitaria, se ubicó a pocos metros del paseo. Fue diseñada en 1909 por el arquitecto Joaquín Saurí, un chalet tipo "fantasía", muy en boga en los barrios Parque.

El inmueble tenía un destino particular: servir de lavadero, cuarto de planchado y habitación del quintero para una familia de la “haute bahiense”. "Nada más trivial que esto y, no obstante, el arte ha sabido elevarlo a buena altura, disfrazando lo pobre del interior con un exterior agradable en extremo", se comentó.

El castillito de la avenida Alem, como se lo conoce, ha logrado sobrevivir en el tiempo, inventariado como bien patrimonial, un tanto perdido entre nuevas construcciones.

El sumergible

La fotografía es de 1963 y muestra el puente vehicular de calle Casanova, sobre el arroyo Napostá. Las lluvias registras en Sierra de la Ventana provocaron su crecida y las aguas excedieron la capacidad del cauce.

Lo curioso es que con cada crecida el puente quedaba bajo el agua, lo cual evidenciaba su inadecuada ubicación. Sin embargo, cuando se inauguró, en 1952, fue presentado como “un puente sumergible”, lo cual sugiere que se sabía de esa condición.

La situación fue corregida en 1968, con la construcción de un nuevo puente, adecuado en altura y mejorada su condición estructural. La inundación de marzo de 2025 dejó en claro su capacidad para resistir solicitaciones extremas.

La carrindanga, el camino

Camino con historia si las hay el de La Carrindanga, que se supone fue la huella que siguió la expedición fundadora de 1828. La designación corresponde al nombre de un bar ubicado en su recorrido, aunque no fue hasta principios de los 60 que se lo comenzó a llamar de esa manera.

En 1906 se lo mencionó como “el camino que une la ciudad con los establecimientos de Salvá, Echevarría, Laspiur, Calvento y Newton, pasando por el molino Vanoli y la Chacra Echave”.

En 1946, cuando la Asociación de Ganaderos pidió a Vialidad Provincial que lo arreglara lo menciona como el camino que conduce al “paraje puente Canessa”.

En 1956, cuando se trabaja en su arreglo –fotografía superior— se lo nombra como el “camino Salvá”.

Recién en 1967 aparece la denominación de La Carrindanga. Así se lo menciona hasta el presente, incluso a despecho de la ordenanza que en 2014 lo renombró como Paseo Urbano Juan Domingo Perón.

El último choque

Es 2 de diciembre de 1938. Dos meses antes el Concejo Deliberante había aprobado la ordenanza cancelando el servicio del tranvía eléctrico, luego de 27 años de operatividad.

Aquel día, el automóvil patente 067 de General Conesa, Río Negro, cruzó la esquina de Zapiola y Buenos Aires (actual Yrigoyen) sin advertir la llegada del coche Nº 18 de la Línea 1, el cual lo embistió de costado. El impacto no fue fuerte porque Miguel Coletta, motorman, alcanzó a frenar, con lo cual los daños fueron menores.

Minutos después llegó al lugar personal de la comisaría primera, que tomó declaraciones y realizó un croquis de situación. Cuando llegó el fotógrafo de La Nueva Provincia, agentes, conductores y curiosos se prestaron felices a ser retratados.

Diez días después el último tranvía ingresó al depósito de Chile y Undiano, cerrando la historia.

Las cinco esquinas

Nacieron en 1906, con el trazado del barrio, cuando la calle diagonal de acceso a Villa Mitre al encontrarse con Caseros y Garibaldi generó cinco esquinas.

Siempre las esquinas son lugares singulares en una manzana, una referencia, un espacio distintivo.

Por eso en el tiempo cada una de estas cinco tuvo un destino comercial, con negocios que se convirtieron en referentes del barrio, entre ellos el cine que fue Las Cinco Esquinas y luego París.

En la fotografía, ubicable en los 60, aparece la confitería París y a la derecha se advierte parte del pedestal del mástil que el club Villa Mitre donó al barrio en 1949. Si Villa Mitre es una ciudad dentro de la ciudad, las cinco esquinas es uno de sus principales símbolos.

La puerta de entrada

En 1884 llegó el ferrocarril. La punta de rieles había quedado detenida en Azul y finalmente el Ferrocarril del Sud completó el tendido para llegar al muelle que tenía concesionado en Ingeniero White.

La estación Bahía Blanca fue primero de ladrillo y teja y luego tomó aires afrancesados, con una fachada símil piedra y una gran marquesina de hierro y vidrio que recorre todo su frente.

Fue durante décadas la puerta de entrada a la ciudad. Artistas, políticos, presidentes, deportistas, hacendados, visitantes. Todos llegaban a ese lugar, cuya playa de estacionamiento desbordaba de automóviles esperando alguno de los varios servicios y destinos que tenía la ciudad.

Bahía Blanca ya no tiene servicio ferroviario y desde hace un año la históricas estación ha quedado fuera de todo uso y cerrado su acceso.

El gran nebulizador

En 1918, luego de años de pedidos y reclamos, la empresa del Ferrocarril del Sud comenzó la construcción de un puente peatonal sobre su playa ferroviaria, uniendo las avenidas Parchappe y Cerri.

El movimiento de trenes era por entonces tan intenso y variado que era difícil realizar el cruce sin exponerse a un accidente, caminando entre vagones y con el paso contante de formaciones.

La obra fue prefabricada en Leeds, Escocia, y llegó en barco al puerto local, transportada luego al sitio de montaje. La estructura fue pintada de negro y hasta hoy se la conoce como el Puente Negro.

Un uso adicional inesperado que tuvo fue el de funcionar como soporte para el tratamiento de niños congestionados. Las madres los subían en el puente y esperaban el paso de las máquinas a vapor, las cuales hacían las veces de gran nebulizador.

Hoy el puente negro es una estructura de poco uso. Ya no hay trenes que evitar ni tampoco están los murallones que impedían el paso caminando a nivel de suelo. Es la pieza icónica del parque generado en el lugar por los propios vecinos.