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La historia del chico que, con 11 años, diseñó la bandera de Bahía Blanca

Pablo Martínez Haller recordó cómo una consigna escolar terminó convirtiéndose en un símbolo que forma parte de la identidad de la ciudad. “Lo único que considero indispensable es la fortaleza y los colores”, dijo.

Pablo Martínez Haller. Foto: Emilia Maineri-La Nueva.

A veces, las grandes historias no empiezan con un plan ambicioso, sino con algo tan simple como una tarea de clase. Así lo vivió Pablo Martínez Haller, el joven que, sin proponérselo demasiado, terminó diseñando la bandera de Bahía Blanca.

“Recuerdo estar en clase y ver que entra la directora a avisar que el ganador del concurso estaba en la escuela. Dijo mi nombre y mis docentes y compañeros me felicitaron”, rememoró. Aquella escena, que para muchos sería inolvidable, para él quedó guardada como una postal difusa: un recreo distinto, un nombre en boca de todos y poco más. “No me acuerdo más de ese día”, admitió a La Nueva. con honestidad.

En aquel momento, la magnitud del hecho le pasaba de largo. “Yo no entendía bien cómo era el concurso ni lo que implicaba”, explicó. Su forma de procesarlo fue, quizás, la más genuina: “Dije ‘tengo que hacer esto’ y lo traté como si fuera una tarea de Plástica”. Sin solemnidad, sin presión, casi como si dibujara para cumplir con la consigna del día, como cualquier otra actividad escolar.

El tiempo se encargó de cambiar esa mirada. La dimensión real de lo que había hecho empezó a aparecer de a poco, entre charlas, actos escolares y encuentros inesperados. “Fue cuando tuve que dar charlas en actos en algunas escuelas, pero más que nada cuando me hacían hablar del tema”, contó. Y todavía hoy le resulta curioso: “Suelen sorprenderse”. No es para menos.

Detrás del diseño hubo una construcción colectiva. “El proceso creativo fue muy supervisado por mis padres”, recordó. Su madre, con una mirada más metódica, lo acercó a la idea de “hacerlo como una tarea”, mientras que su padre aportó el hilo de la identidad local. Así aparecieron los símbolos: la fortaleza, los colores, el ancla, el engranaje, la guarda pampa, la espiga, la pluma y el sol. “Un nuevo amanecer”, como lo pensó aquel chico que, sin saberlo, estaba condensando la historia de una ciudad en una imagen.

También hay una autocrítica que hoy aparece con claridad. “Era un nene de 11 años, eso explicaría por qué la bandera tiene tantos elementos y está tan cargada”, reconoció. Un diseño cargado de símbolos, sí; pero también cargado de sentido.

Con el paso del tiempo, la experiencia dejó de ser solo un recuerdo para convertirse en reflexión. Pablo no duda en señalar la importancia de abrir espacios para las nuevas generaciones: “Hay muchos talentos o grandes ideas que por no tener un espacio o entorno seguro no llegan a explotar nunca”.

Su relación con la bandera, en cambio, tiene algo de paradoja. “Ya la naturalicé tanto que no relaciono que estuve involucrado”, confesó. Es parte del paisaje cotidiano, algo que se ve pero no siempre se registra en la conciencia. Sin embargo, hubo un momento que rompió esa naturalización: “La única vez que me conmovió fue cuando justamente me tocó ser abanderado con mi propia bandera”.

Hoy, Pablo sigue su camino lejos del diseño. “Nunca fui hábil con las artes plásticas”, dijo, y sin embargo no le escapa a lo creativo, solo que desde otro lugar. Estudia Filosofía en la Universidad Nacional del Sur (UNS) y se permite imaginar futuros posibles, quizás más ligados a la escritura que a las imágenes: un libro, un guión, una canción. “Todavía tengo el privilegio de elegir qué quiero hacer”, señaló.

¿Y la bandera? ¿La volvería a diseñar hoy? Pablo no duda en abrir el juego: “Está muy sobrecargada, lo único que considero indispensable es la fortaleza y los colores, el resto lo someto a debate”. No hay rechazo a su propia creación, sino una mirada más madura, capaz de cuestionar lo hecho sin desvalorizarlo.

A 14 años de aquel concurso, su historia sigue viva cada vez que la bandera se iza. No solo por lo que representa, sino por cómo nació: en la simpleza de una tarea, en la mirada de un chico y en la potencia inesperada de una idea que, sin proponérselo, terminó siendo parte de la identidad de una ciudad. Y quizás ahí esté la enseñanza más fuerte, que las cosas importantes, a veces, empiezan mucho más cerca de lo que imaginamos.