Historias curiosas de la manzana fundacional de Bahía
La tarea de construir un fuerte demandó enormes esfuerzos hasta completar sus mil metros de extensión (cuatro lados de 262 metros), un muro de cuatro metros de alto y un foso perimetral.
Es periodista, ingeniero civil y docente de la Universidad Nacional del Sud en materias relacionadas con el Patrimonio arquitectónico y el planeamiento urbano. Ha publicado notas en revistas Vivienda, Todo es Historia, Obras & Protagonistas y Summa +. Participa en varios micros radiales referidos a la historia de Bahía Blanca. En dos ocasiones recibió primera mención por parte de ADEPA en el rubro Cultura e Historia.
El 11 de abril de 1828 los hombres del grupo fundacional que acompañaban al coronel Ramón Estomba pusieron manos a la obra y palas en la tierra iniciando la construcción del fuerte que les daría la necesaria protección ante la amenaza de los indígenas.
No era una muralla china, claro, pero la tarea demandó enormes esfuerzos para iniciar los más mil metros de extensión (cuatro lados de 262 metros), un muro de cuatro metros de alto y un foso perimetral. De hecho nunca se completó la totalidad de la obra.
En las cuatro puntas de la bautizada Fortaleza Protectora Argentina se ubicaron los baluartes, que daban la característica forma estrellada, destinados a ubicar los cañones.
Otro grupo de soldados se dedicó a elaborar ladrillos de adobe y paja y a ordenar los materiales de construcción llegados por mar para el armado de los ranchos y demás componentes.
A partir de 1878, la denominada Campaña al Desierto liderada por Julio Argentino Roca puso punto final a la presencia de los indígenas y el fuerte perdió su razón de ser. Poco a poco sus partes fueron desocupadas o demolidas para dar lugar al primer trazado del pueblo.
Aquella manzana fundacional –-hoy Vieytes-Brown/Estomba-Chiclana, entre Moreno y O’Higgins--, quedó dividida en dos a partir de la calle central, por entonces llamada Buenos Ayres, en la actualidad la avenida Colón.
La mitad de esa superficie –recostada sobre O’Higgins--, fue cedida al municipio por el general Daniel Cerri, máxima autoridad local, a partir de una orden del ministerio de Guerra.
La otra mitad quedó en manos del estado nacional, con una primera idea de ubicar en el lugar los edificios que alojarían sus distintas reparticiones.
El balcón de Pilatos y un hilo suelto
Hacia fines del siglo XIX apenas un par de edificios fundacionales quedaban de pie en la fortaleza y se sumaron un par nuevos. Uno en particular era el que más actividad registraba: Ubicado sobre calle Estomba se destacaba por ser una construcción de dos plantas, con una arcada de acceso y una puerta de hierro que se cerraba cada tarde.
En ese inmueble funcionaban el correo, el telégrafo y rentas. Su distribución incluía oficinas, una cocina, letrinas y un zaguán.
Sobre el portón central, en altos, se ubicaba un modesto local con un balcón a la calle, al que los vecinos llamaban “el balcón de Pilatos”.
El origen de esa denominación no está claro. Puede referir, claro, al balcón desde el cual el prefecto de Judea, Poncio Pilatos, anunció la condena a muerte de Jesús de Nazaret.
También era habitual, sobre todo en España, usar esa denominación para designar a los miradores naturales, puntos geográficos elevados que permitían visuales del paisaje.
Otra curiosidad del edificio es que por una de sus ventanas ingresaba el hilo del telégrafo, único medio de comunicación del pueblo con el resto del territorio.
De este edificio dan cuenta un par de fotografías, fechadas en 1881. Una muestra su frente y el pintoresco balcón, con varios de los empleados formados en la vereda.
La segunda fue tomada en el que fuera el patio del fuerte. Posiblemente por la necesidad de disponer de buena luz para la fotografía es que el personal se instaló en el lugar con todos sus elementos de trabajo. Allí se pueden apreciar las mesas con los aparatos Morse y sus palanquitas, las balanzas para pesar la correspondencia, los testafeteros y los repartidores de carta en sus caballos. Toda una repartición pública.
El resto
En cuanto al resto del fuerte, sobre la calle central –que durante algún tiempo se extendió por el medio de la plaza Rivadavia-- se ubicaba la cuadra, un edificio organizado en una tira donde se ubicaron las habitaciones de los soldados. Para fines del siglo XIX ese conjunto se encontraba en pésimas condiciones, desocupado, sin techo, ni uso alguno. También había escombros y restos de los ladrillos que formaban parte del muro perimetral.
Con el tiempo se trazó la cortada Vicente López-Drago, con lo cual la manzana fundacional quedó dividida en cuatro porciones.
La llamada manzana nacional –avenida Colón y Moreno, entre Vicente López y Estomba-- fue ocupada por edificios públicos, por caso el correo, las dos sedes del banco Nación, el palacio de Tribunales, el banco Hipotecario y la biblioteca Rivadavia.
De aquellas huellas fundacionales, de aquellas primeras obras, precarias pero significativas, no quedó nada.
Apenas fueron conocidas por algunos de los primeros pobladores que a poco de iniciado el siglo XX comenzaron a llegar al poblado que se fue convirtiendo en La Gran Perla del Sur, en La Liverpool sudamericana, en la Nueva Chicago, en la ciudad de los siete puertos, en el poblado nacido entre océano y pampa del que muchos presintieron su gloria mundial.