Bahía Blanca | Miércoles, 22 de mayo

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Taller municipal de alfarería de Cerri, 30 años dejando huella

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Parecen pájaros o más bien abejas laboriosas construyendo un panal, y en el taller reina el ambiente festivo de un tiempo de cosecha. Son jóvenes y adultos, en su mayoría mujeres. Aunque también hay algunos varones. Sobre una enorme mesa de tablones de madera van depositando, casi con unción las piezas de alfarería en las que han ido trabajando durante meses: ollas, jarras, mates, teteras, pequeñas esculturas y hasta instrumentos musicales. Se preparan para ser introducidos en los hornos donde el humilde barro de la ría se convertirá en sorprendente cerámica. Cada trabajo es único y es tratado con la misma delicadeza, ya sea una pieza elaborada por un tallerista de años, o el producto de los primeros intentos de un niño.

Dirigiendo la operación y con el mismo entusiasmo con el que coordinara el primer taller en Cerri, hace 30 años, Tato Corte da precisas instrucciones. “Coloquen las piezas más pequeñas dentro de las más grandes y cubran todo con aserrín”. Tato comenzó a venir a Cerri en 1993 coordinando un taller del CECUM (Centro de Educación y Cultura Municipal) En 1997, y dependendiendo del área de niñez y adolescencia, se mudaron a la ex Lanera Argentina. El taller se llamaba Tierra Joven dirigido por Maria Roudeler y su principal actividad era la apicultura. La alfarería surgió como actividad alternativa para los meses de invierno y fabricaban vasijas para miel. En el invierno del 2002 se acercaron al predio, a medio edificar, del Hospitalito y construyeron el horno donde el 11 de diciembre de 2002 hicieron la primera horneada.

Desde 2016 funciona nuevamente como Taller Municipal y Elvira Román, que comenzó también en 1993, colabora con la coordinación. Este año asisten más de 30 alumnos distribuidos en tres turnos: lunes de 18:00 a 21:00 Hs, miércoles de 9:00 a 12:00 Hs y de 14:00 a 17:00 Hs, viernes de 9:00 a 12:00 Hs. Se trabaja con arcilla local lavada, que se extrae del arroyo Sansinena y en el camino al Club de Pesca; y también la que decomisan los camiones sobrecargados en el Km 700 de la ruta 3 Sur. Para la cocción se utiliza la quema mapuche con la que se obtiene piezas de un color predominante negro o la doble cocción donde la primera da como producto el bizcocho y luego se hace la quema de esmalte.

Esto les da a las piezas una terminación vidriada y brillante. Con esmalte de elaboración propia y a una temperatura de 980 grados la horneada número 100 se hizo en dos etapas. Un viernes se realizó un precalentado en tanto que el sábado se hizo un fuego permanente de 8 Hs. Durante el proceso hubo mateadas y música; y se terminó con una cena en dos variantes: asado y vegetariana. El horno se abrió alrededor de las 20 hs. Lo maravilloso de este proceso es que no se sabe cómo va a salir la pieza. Muchas veces se comienza con una idea y luego pareciera que el mismo material va tomando la forma que quiere. “Ni hablar de los colores que puede tomar la arcilla cocida, dependiendo del aserrín que se coloque, el fuego o las hojas donde se ponen las piezas cuando se sacan del horno”, explica Elvira.

“Este es un trabajo comunitario y solidario. También te invita a moderar la ansiedad, respetando los tiempos de la arcilla”, dice Naty.

Lo mejor es cuando se abre el horno y ahí se producen las sorpresas. Mucho depende del proceso que se realiza con la arcilla para quitarle la salinidad: se lava, se bate y se deja decantar 5 o 6 veces. “Elvira que es muy meticulosa lo repite hasta 8 veces, Tato prefiere que quede un poco de sal porque eso matiza los colores y le da una característica a nuestros productos” dice Roxana. Las manos en contacto directo con el barro, técnicas ancestrales y la sabiduría del tiempo hacen de esta actividad una privilegiada manera de ejercitar la creatividad. Las ollas, ideales para preparar, guisos, cazuelas y platos tradicionales son perfectamente aptos para soportar el fuego.

Solo resta decir que si van de paseo por Cerri y pasan al costado del Hospitalito, hagan una parada en el Taller. Seguro Elvira o Tato les conviden un bizcocho. Pero no de los que se comen. Son de esos que toman forma. Esos que saben a arcilla colada que se pisan para formar el pastel final o el bloque para moldear y que huelen a mar y sal de la ría.

Elba Guagliardo