Bahía Blanca | Domingo, 01 de febrero

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Critica a los absurdos proyectos de Billy Gates

La carne del futuro y el tiempo mal contado.

Durante siglos creímos que el progreso consistía en ir más rápido. No era una definición explícita, pero operaba como axioma. Allí donde una tarea demandaba menos tiempo de reloj, allí veíamos una mejora. La industria perfeccionó esa creencia: producir más en menos horas se volvió sinónimo de civilización.

Hoy esa lógica reaparece, con ropaje científico y tono moral, en la promesa de la carne artificial. Se nos dice que es inevitable, eficiente, limpia, moderna. Se nos dice que corrige los excesos del pasado. Y, sobre todo, se nos dice que ahorra tiempo.

Conviene detenerse un momento, no para impugnar la técnica, sino para examinar la premisa. ¿Qué tiempo ahorra exactamente?

La confusión es antigua y persistente: medir el tiempo por su duración y no por su costo. El reloj cuenta intervalos; no cuenta pérdidas. El calendario ordena fechas; no registra irreversibilidades. Dos procesos pueden durar lo mismo y, sin embargo, no haber consumido la misma porción del mundo.

Hace unos diez mil años, sin fábricas ni manifiestos, la humanidad resolvió un problema energético central: cómo transformar vegetales incomestibles en proteína apta para su cuerpo. Lo hizo mediante un sistema biológico distribuido, estable y sorprendentemente eficiente: el rumiante. Ese animal convierte energía solar indirecta en carne, sin requerir electricidad, reactores ni vigilancia permanente. Se reproduce, se repara y se integra a ciclos ecológicos amplios. No acelera: metaboliza.

La Revolución Industrial alteró esa economía silenciosa. Liberó en siglos la energía acumulada durante millones de años. Fue un prodigio técnico y, a la vez, una compresión violenta del tiempo. Desde entonces, confundimos velocidad con inteligencia. Produjimos más, sí, pero al precio de consumir de una sola vez lo que había sido acumulado lentamente.

La carne artificial hereda esa lógica. No propone un nuevo metabolismo; propone una fábrica. Para imitar lo que un animal hace caminando y rumiando, necesita energía industrial constante, control térmico, insumos refinados, descarte tecnológico y una infraestructura que no descansa. Todo eso para obtener un resultado equivalente.

El argumento a favor es siempre el mismo: producimos más en menos tiempo. La frase es verdadera y, sin embargo, insuficiente. Produce una ilusión de ahorro donde hay, en realidad, un gasto acelerado. Se ahorran horas; se consume mundo. Se gana velocidad; se pierde estabilidad.

El ambientalismo que celebra esta solución incurre en una paradoja que merece ser pensada. En nombre de la naturaleza, defiende sistemas más frágiles, más complejos y más dependientes de energía externa que aquellos que pretende reemplazar. Demoniza al pastizal y glorifica al laboratorio. No es una traición consciente; es una consecuencia de seguir midiendo con relojes lo que debería medirse con otro instrumento.

No se trata de nostalgia ni de negacionismo tecnológico. Se trata de contabilidad. Una civilización madura no es la que produce más rápido, sino la que distingue qué procesos consumen tiempo real —el que no vuelve— y cuáles solo ocupan espacio en la agenda.

Quizá el error no esté en querer innovar, sino en haber olvidado que el progreso no consiste en fabricar aquello que la biosfera ya resolvió con elegancia, sino en aprender a no gastar inútilmente lo que tarda siglos en recomponerse.

Tal vez la pregunta decisiva no sea qué comeremos mañana, sino cuánto tiempo del mundo estamos dispuestos a perder para seguir creyendo que avanzar es acelerar.

Por: Tatiana Woschinski