Bahía Blanca | Viernes, 27 de enero

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Los Vascos: una historia centenaria y los frascos que maravillan

La familia Moro sigue al frente —por ahora— del histórico negocio con una de las propuestas gastronómicas más tradicionales de la ciudad: las masas.

José (h) y Tomás Moro, padre e hijo, perpetúan una de las historias más ricas de la ciudad. / Fotos: Pablo Presti-La Nueva.

Mario Minervino / mminervino@lanueva.com

   Semanas atrás este diario publicó, en su sección Entre tasas y café, como novedad que la tradicional confitería Los Vascos podría cambiar de dueño luego de estar —durante cuatro generaciones— en manos de la familia Moro. 

   La razón es que los nuevos integrantes de la familia han elegido otro camino y los dueños buscan quién se pueda interesar en el negocio y darle un vuelo apropiado para el enorme potencial que tiene.

   Sin embargo, han pasado varios meses y la familia Moro sigue al frente de su histórico negocio, con el mismo amor y la misma entrega de siempre.

   Pero la noticia sirvió para poner en la mesa, la mente y el gusto de cientos de lectores la historia de una de las propuestas gastronómicas más tradicionales de la ciudad: las reconocidas masas de Los Vascos que, por supuesto, van más allá de la calidad y la variedad, sino que forman parte además de una propuesta que se mantiene desde hace 102 años.

   La casa abrió sus puertas en abril de 1919, cuando todavía no se habían construido los edificios del Banco Nación, la biblioteca Rivadavia, Tribunales ni el correo.

   Sucedió cuando por las calles circulaba el tranvía eléctrico, el centro de la plaza Rivadavia lo ocupaba una glorieta, el teatro Municipal cumplía seis años de existencia y el parque de Mayo era un barrio parque en conformación.

De Sansinena a los dulces

   Apenas comenzado el siglo, había llegado a nuestra ciudad el matrimonio de José Moro Eizaguirre y Etelvina Lecuona, oriundos de Fuente Ravina.

   A Moro le ofrecieron un cargo importante en el frigorífico Sansinena, en General Cerri que, por entonces, se llamaba Cuatreros. Pero fue Etelvina quien se encargó de torcer el rumbo de la familia cuando comenzó a elaborar ensaimadas, una comida de masa azucarada que sumó rápidamente muchos compradores.

   A eso fue sumando productos de pastelería con sus propias recetas. Fue tal la demanda que el matrimonio decidió establecer su negocio al público en calle Donado 180. Desde entonces, nunca cerraron sus puertas, salvo unos días por la mudanza que hicieron en 1940 a pocos metros del lugar, en la tradicional esquina de Saavedra y Donado.

Mobiliario de décadas y generaciones

   Cuando uno ingresa al local de Los Vascos se transporta —en parte— al pasado, ya que mucho de su mobiliario da cuenta de una historia de décadas y generaciones.

   Desde el maravilloso mostrador, pasando por una decoración que, sin ser antigua, esquiva ser contemporánea. Y algo que no pasa desapercibido a ningún cliente es la maravillosa colección de frascos de vidrio, repletos de bombones, confites y otros dulces.

Salvo en algunas farmacias de vieja data, donde los frascos de época toman protagonismo, no hay otro comercio que permita disfrutar de ese tipo de recipientes, tan singulares y únicos.

   José María Moro, nieto de José, explica que estos frascos tienen exactamente la misma edad del comercio. Más de un siglo. Pero no sólo eso. Su abuelo los trajo en Buenos Aires, nada menos que cedidos por Felipe Fort, el fundador y dueño de la fábrica Felfort que, en Buenos Aires, estaba ganando el mercado con sus productos de chocolates y confituras.

   “Mi abuelo era amigo de Felipe y los frascos eran parte de la compra que le hacía de confites y pastelería”, señala José María.

   Por eso, esa esquina contiene un espacio que se ha sabido mantener en el tiempo sin resignar su pasado. Donde todavía es simple imaginar el vermú que se sirvió en 1940 cuando se inauguró el salón, repleto de vitrinas con bombones, masitas, caramelos, confites, sándwiches, helados y sundaes.

Moro trajo los frascos desde Buenos Aires, cedidos por Felipe Fort, el fundador y dueño de la fábrica Felfort.

   Un detalle adicional: la esquina del comercio todavía conserva —en el frente— su cartelería sesentosa, revestida sus letras con las coloridas y brillantes luces de neón.