Aquellos tiempos de la abuela Tina

18/11/2017 | 08:10 |

Por
Walter Gullaci

C elestina Sáenz era una mujer de una belleza extrema. Pampeana de ojos azules, mirada profunda, rasgos europeos. De cabello bien negro, aunque ganado por unas canas que increíblemente no le quitaron ese atractivo de misterio imposible de develar.

Tan difícil de develar como saber dónde fue inscripta al nacer por sus padres José y Serafina. Porque en realidad Tina, como todos la llamaban, llegó al mundo en Alpachiri cuatro años antes de que esa localidad cuente con Registro Civil.

* * *

-Hola, hablo desde Bahía Blanca. ¿Cómo puedo disponer del acta de nacimiento de Celestina Sáenz? Ella nació allí, el 29 de octubre de 1919.

-Ajá... Seguramente fue anotada en Guatraché o Macachín. Llámeme en una hora. Yo le averiguo en esos dos Registros. Por allí tenemos suerte.

-¡En serio! ¿Sería tan amable?

-No, amable por qué. Es mi trabajo. Me llamo Fernando. Espero su llamada.

* * *

Desde este lado de la línea, solo incredulidad. Desacostumbrado ya a los buenos modos que esgrimió este hombre. Al compromiso del otro en poder solucionarle o hacerle un poco más sencilla la vida a uno. La verdad, no lo podía creer...

A la hora.

-Hola, ¿Fernando?

-Sí, sí. Bueno. Celestina está anotada en Guatraché. Háblele a Silvina a este número (lo dicta minuciosamente). Ella tiene todo lo que necesita.

-Bueno, agradecido. Muy agradecido.

-Por nada, hombre.

* * *

-Hola, ¿Silvina? Hablo de Bahía...

-... ¿qué tal? Acá tengo todo. En realidad a ella la anotaron los padres el 30 de noviembre de 1919. Pero necesitamos autentificar el acta con un sellado de 65 pesos.

-¿Entonces tengo que viajar hasta Guatraché?

-Mi hijo estudia en Bahía. Yo le mando con él la copia autentificada. Deme su celular así lo llama y se lo lleva a su casa.

-Pero, ¿y la plata?

-Ehhh... ¡son 65 pesos! Se los pago yo.

-...

* * *

Una hisoria nimia. Demasiado, quizás. Pero que relaja el alma.

Un mimo ante tanto gesto de desinterés. De chocar contra ceños fruncidos, palabras poco amistosas, sonrisas borradas por la vorágine, el celular, la apatía casi generalizada.

Una especie de volver el tiempo bien atrás. Cuando los Fernando y Silvina eran casi moneda corriente.

A aquellos tiempos de mi abuela Tina...

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