Cuando el límite entre el reclamo de justicia y la barbarie se estrecha
Por Juan Pablo Gorbal / [email protected]
Pasó en Monte, el año pasado. Un grupo de personas reaccionó ante el crimen de Katherine Moscoso y no tuvo mejor idea que matar a golpes a un inocente y quemar distintas propiedades.
Pasó en Bahía, hace algunos días. Vecinos de la zona del Saladero incendiaron la casa de Jonathan Luna -entonces ya detenido por el asesinato de Micaela Ortega- y así pudieron borrar pruebas útiles para el caso.
Pasó en el barrio Bella Vista, también en 2015. Quisieron "ajusticiar" a un presunto abusador y no solo prendieron fuego su casa, sino también la de un vecino que nada tenía que ver.
Pasó en Médanos, durante el último verano. Incendiarios asaltaron la casa de un joven de 17 años, aunque ya estaba reducido por haber ultrajado a un niño de 4.
Pasa cada vez más seguido. Y preocupa. La intolerancia y la reacción primitiva, sin medir alcances, de una sociedad que muchas veces se impulsa por la inoperancia del Estado, la falta de responsabilidad de operadores comunicacionales o de oportunistas anónimos que se valen de la tecnología.
El jueves se condenó a un menor como coautor del salvaje ataque a golpes contra Juan Carlos "Canini" González, a quien la horda que lo agredió sindicaba como autor del homicidio de Katy. Hasta hoy, ninguna prueba vincula al hombre con el delito que originó la barbarie.
La fiscal de Menores Betina Úngaro quedó conmovida por el juicio. La marcó el dolor que evidenciaron -aunque ya pasó más de un año de los hechos- los vecinos que declararon y, en especial, los tres policías que, por inferioridad numérica, no lograron evitar la muerte de Canini y aún siguen consternados.
"Espero que la condena sirva para reflexionar. Este menor no tenía antecedentes y personas que nunca pensaron en involucrarse en un proceso se vincularon con un delito de la misma gravedad de aquel por el cual pedían justicia", advirtió.
Durante el debate que terminó el jueves -según dijo- quedó claro cómo, a través de las redes sociales, se montó una pueblada que tuvo un desenlace fatal.
"Coincidimos en que es aberrante lo que pasó con Katherine y en la necesidad de esclarecer el hecho. Lo que parece una locura es cómo un acto violento termina transformando a la gente por incitación a la violencia. Mediante las redes, se organizaron para prender fuego los lugares públicos e ir a matar a Canini. Eso lo declararon los testigos. Y Canini murió por los golpes en la cabeza, no por una patología previa. Murió sin defenderse", dijo.
Al mismo tiempo, Úngaro puso de relieve la "valentía" de muchos vecinos que hicieron su aporte en el juicio, como muestra de la otra cara de una sociedad que busca aclarar su camino.
En la última década se atribuye al surgimiento de las redes sociales la posibilidad de convocar a gran cantidad de personas, de coordinar puntos de encuentro de manera simple, pues la tecnología posibilita cubrir de forma simultánea grandes superficies geográficas. Como por arte de magia, en cuestión de segundos, nos llega una invitación a una marcha, a una protesta o a vitorear a un equipo de fútbol ganador.
Bastan unas pocas letras y un botón para que miles de usuarios segmentados en grupos que comparten gustos, aficiones, causas, conocimientos e ideologías, puedan interactuar de forma virtual y darse cita en un lugar.
Sin embargo, este fenómeno -hoy potenciado o “viralizado”- se remonta a muchos años.
En el siglo XIX, inclinado por el estudio de la sociedad industrial, Émile Durkheim, arriba a la conclusión categórica de que los lazos que unen a los individuos estarían dados por la solidaridad. Sin ella no existiría la vida social. A partir de este hallazgo, según el sociólogo francés, la solidaridad social está dada por la conciencia colectiva, responsable en la formación de nuestros valores y sentimientos comunes, que a su vez influye y condiciona al ser individual y sus creencias.
Si combinamos la teoría de Durkheim con la tecnología, es sencillo entender el proceso mediante el cual la gente es convocada o se autoconvoca. Pero cabe una reflexión para los procesos sociales mediados por las redes sociales, puesto que, como toda herramienta, sirve para construir y también para destruir, sin el uso adecuado o sin el anticipo de las consecuencias. En verdad, la indignación se contagia y la comunicación irresponsable, lejos de solucionar, amplifica el problema. Linchar a Canini González o incendiar la casa del Jonathan Luna, lejos de aportar una solución, resta, tiene efectos colaterales. Y peor aún: aumenta la fila de imputados.
Guillermina Rizzo / doctora en Psicología