Bahía Blanca | Sabado, 04 de abril

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Tiene 10 años, sufre crisis psiquiátricas desde los 2 y sus papás no saben qué hacer

Rompe todo, agrede y se lastima. La familia busca un diagnóstico certero.
Foto: adamedtv.com

Por Belén Uriarte / buriarte@lanueva.com

   Cuando Pedro tiene un ataque golpea, se golpea y rompe. Rompe todo. Tiene 10 años y lleva casi 8 con crisis psiquiátricas.

   —En mi casa ya no hay muebles sanos. Rompió 7 camas, 8 televisores, computadoras y celulares —cuenta Leticia, su mamá.

   Los papás dicen que aún no tienen un diagnóstico certero: el psiquiatra les habla de psicosis infantil "aunque no cuadra mucho la edad en la que empezó". Otros psicólogos, de trastorno general de la conducta.

   Para sus papás se trataba de "berrinches". Incluso el primer neurólogo que vieron les dijo que el nene no tenía nada y que eran ellos los culpables de su comportamiento.

   Sin embargo, a los 3 años, Pedro se abrió la cabeza y en el hospitalito de Ingeniero White les dijeron: "Hacelo tratar porque no son berrinches. No es normal".

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   La mamá recuerda con detalle cada una de las grandes crisis. Por ejemplo, cuando se lastimó un dedo, se fue a la pieza y al volver al comedor mostró "el dedo colgando, había perdido un pedacito de hueso".

   Cuando la herida no es profunda, lo cura Leticia. Si la lesión es más grave, corren al hospital.

   —Le ponen la gotita y cuando llegamos a casa a veces ya no tiene más puntos porque se los arranca —relata la mamá.

   Además de ejercer violencia, Pedro desafía los límites: una vez se escapó de su casa y se paró frente a un colectivo (no le pasó nada porque los vecinos le advirtieron al chofer que había un nene frente al micro); otra, trepó hasta la terraza del vecino al grito de 'me voy a matar'.

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   Cuando está calmo, Pedro pide perdón.

   —Le digo que no tiene que pedir perdón, que tiene que tratar de controlarse. A veces me dice que no puede, otras veces no quiere hablar —cuenta la mamá.

   La crisis puede durarle media hora como toda una mañana. Le agarra cuando tiene sueño, cuando se frustra y sobre todo, cuando le ponen un límite.

Foto: mispycin.blogspot.com.ar

   Cuando tenía 3 años, Pedro trajo a su hermano al mundo: iba en el auto, intentó tirarse y su mamá, por querer agarrarlo, hizo un mal movimiento y rompió bolsa con 8 meses de embarazo. Así llegó Bruno.

   Este año, tras una pelea de hermanos, la mamá les apagó la computadora y Pedro empezó a agredirla. Bruno quiso defenderla, no pudo y terminó con un derrame en su ojo y yendo al oftalmólogo.

   Pero la violencia no es lo único que sufre Bruno. Ya a los 7 años comprende la "injusticia", como dice Leticia, de vivir encerrado y de saber que sus amiguitos no pueden ir a jugar con él a su casa.

   Bruno tiene apenas 7 años y también tiene miedo. Cada noche se acuesta con sus papás y reza. Sabe que su hermano mayor está enfermo y por eso le pide al ángel de la guarda que cure a Pedro y proteja a su familia.

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   Pablo, el papá de Pedro, era camionero. El 15 de febrero de este año decidió renunciar a su trabajo porque su mujer empezó a trabajar de docente y ella sola no puede con el nene, que le pega y se le escapa.

   Cuando él trabajaba estaban bien económicamente: ganaba 30.000 pesos al mes. Hoy, ya no alcanza. Leticia trabaja 11 horas semanales y cobra $ 10.000.

   —Nos arreglamos como podemos; tenemos deudas por todos lados, nos van a hacer juicios de todo tipo y tamaño porque no podemos pagar nada —cuenta la mujer que no está ejerciendo normalmente por sus ataques de pánico.

   Y lo económico no es lo único que se deterioró: la vida familiar cambió por completo. Si antes iban al parque, ahora no pueden porque Pedro sale corriendo entre la gente y cuando los papás lo agarran todos miran como si fuese un secuestro. Si antes visitaban a los parientes, ahora no van para que Pedro no rompa nada. Si antes invitaban amigos a su casa, ahora no lo hacen porque Pedro se pone violento e insulta.

   No es fácil, por eso Leticia y Pablo admiten que no saben cómo siguen juntos. Siempre hay peleas y enojos. Y los recuerdos de una familia feliz parecen muy lejanos. El último fue en la ruta, camino Parque Sesquicentenario: fueron una tarde y ahí, con la única compañía de los árboles, respiraron al fin un poco de tranquilidad.

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   —¿Qué tiene Pedro?

   —Ese es nuestro problema: pasamos no sé por cuántos psiquiatras, psicólogas, psicopedagogas, y todos tienen opiniones diferentes. El neurólogo le hizo estudios, por lo menos los que se pueden hacer acá, y no le sale nada —cuenta Leticia con resignación.

   Pedro toma medicación desde los 4 años y tiene mucha resistencia a las drogas, por eso nunca duerme lo esperado. Sus papás cuentan que probó de todas las clases, excepto una que no puede tomar porque sufre broncoespasmos. Antes tomaba 5 tipos diferentes; ahora, 3.

   —La psiquiatra anterior le dio de todo: antipsicóticos, antidepresivos. Yo iba a la farmacia y me decían 'esto es para caballo, es muy fuerte'. Los medicamentos lo tranquilizan los primeros días, pero después el organismo se acostumbra —señala el papá.

   Y su mujer agrega que las drogas nunca le hacen el mismo efecto y que una sola vez, a los 4 años, logró estar tranquilo por 6 meses: "Ya no sabés si lo que le pasa, en parte, es por culpa de la medicación que le atrofia más el cerebro".

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   Los papás de Pedro recorrieron casi todos los consultorios de la ciudad y también pasaron por el Instituto Alexander Fleming de Capital Federal: "La jefa de Neurología nos decía que teniendo psiquiatras en Bahía, no vale la pena viajar cada 15 días".

   En parte, tenía razón: viajar con Pedro era toda una odisea. Tenían que ir con varios familiares para contenerlo y evitaban los hoteles para que el nene no destrozara nada. Paraban en el departamento de una prima de Leticia, pero se la pasaban afuera. Era lo más económico.

   Actualmente, lo atiende el psiquiatra Eduardo Seminara en el Penna. Por eso cuando tiene una crisis lo llevan a ese hospital, donde lo agarran entre varios doctores y lo atan.

   —Lo atienden en la guardia. No lo internan porque no hay lugar —sostiene el papá de Pedro. 

   Él y su esposa solo quieren que internen a su hijo unos días en algún centro donde lo evalúe un equipo interdisciplinario y se determine qué es lo que realmente tiene.

   —Hay veces que decimos 'te voy a internar' porque no damos más, no podemos seguir así. El otro día el papá estuvo tres horas arriba de Pedro por una crisis. Pero después viene corriendo y te da unos besos gigantes o está durmiendo la siesta abrazado y decís 'no lo interno'. ¿A qué padre le gustaría?Es difícil—asegura Leticia.

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   —El tema es que no hay un lugar, no hay centros de día para casos así. Tampoco hay una escuela especial para él —lamenta su mamá.

   Este año Pedro empezó a ir a la 514. Comenzó recién en octubre por una carta que publicó su papá en Facebook pidiendo que alguna escuela lo acepte.

   Sin embargo, no es un establecimiento para él: "Lo toman porque no está escolarizado, entendí que ahí hay chicos con autismo. Pedro va dos horas los martes y dos horas los jueves, hasta que se adapte", cuenta su mamá.

   El año pasado también empezó tarde en la escuela Nº 59. Los papás de Pedro cuentan que después de su paso por la escuela Nº 30, donde estuvo menos de 3 años, nadie lo quería tomar.

¿Qué pasó?

   Cuando Pedro iba a la 30, su papá trabajaba con el camión y gracias a su obra social Oschoca podía pagarle un acompañante terapéutico. 

   Todo marchaba bien: Pedro asistía 4 horas por día y tenía sus momentos de recreación. Con el acompañante iba al cine, salía a tomar helado y hasta formaba parte de un equipo de básquet. Tenía crisis, pero muchas menos.

   Sin embargo, después de dos años de trabajo, el acompañante se fue. No por decisión propia. Los papás de Pedro cuentan que la entonces directora Sandra Saugar (*) y su equipo determinaron que no era el acompañante adecuado para el nene; es más, hasta cambiaron a Pedro de curso.

   

   Leticia recuerda que en una crisis Pedro tomó a su hermano del cuello hasta dejarlo azul. Ella gritó y le pidió que lo soltara. Después no sabe bien qué pasó, solo se acuerda que ella tenía un mate en la mano y cuando volvió en sí, ya no lo tenía.

   Pedro estaba en el piso con la mano en la cabeza y tenía sangre. El mate tenía un borde roto y se ve que eso le produjo el corte. Leticia lo curó y al otro día le contó lo que había pasado al acompañante.

   Cuando el nene fue a la escuela, le comentó a la maestra por qué tenía una gasa en la cabeza y después, se enteró la directora.

   —Me hizo una denuncia penal... No quiso más al acompañante y por eso lo perdimos —se lamenta Leticia.

   Sin apoyo y sabiendo que Pedro ya no estaría en el mismo curso, los papás decidieron cambiarlo de escuela. Les costó encontrar una. Finalmente la 59 le abrió sus puertas y dos acompañantes mujeres se hicieron cargo de Pedro.

   Este año la situación se complicó aún más: Pablo ya no trabaja, Leticia sí, pero tiene IOMA y "ningún acompañante quiere trabajar con esa obra social porque paga atrasado". Por eso, terminó en la especial.

              Mirá también: El informe sobre Salud Mental de La Nueva.

   Un centro de día, un diagnóstico, un grupo de padres en la misma situación con quienes hablar y un equipo interdisciplinario que atienda a chicos con problemas de salud mental. Ese es el deseo de Leticia y Pablo. 

   Tal vez no solucione la situación en su totalidad, pero es la única luz que hoy ven entre tanta oscuridad: "Tengo la esperanza de que Pedro pueda encaminarse", dice su mamá sin poder contener las lágrimas.

Pedro, Bruno, Leticia y Pablo son nombres ficticios, pero la historia es verdadera.

(*) Desde el gremio UPCN le confirmaron a La Nueva. que Sandra Saugar fue suspendida del cargo tras recibir varias denuncias de docentes por maltrato. La situación se está investigando, pero aseguran que ya no volverá a la escuela Nº 30.


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