Bahía Blanca | Martes, 10 de marzo

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La travesía de una dama de 102 años entre Algarrobo y el Fin del Mundo

Julio Dupont comenzó un viaje de más 3 mil kilómetros a bordo de un Ford T de 1924. El auto lleva el nombre de su abuela Haydée, quien lo crió y le inculcó su amor por los fierros.

Fotos: IG El viaje de Haydé

Serán más de 3 mil kilómetros, con fecha de partida inamovible y un tiempo de viaje indeterminado. Los extremos de la travesía se conocen de antemano, y los lugares por donde pasará están relativamente determinados; algunas cosas pueden cambiar en plena ruta. Los avatares, el clima, los encuentros y los tiempos que insuma el recorrido determinarán todo lo demás.

Lo que resalta de toda esta locura linda es el vehículo. En estos 3.079 kilómetros entre Algarrobo, en Villarino, y el parque nacional Tierra del Fuego, donde termina la ruta nacional 3, la estrella y protagonista absoluta será Haydée, un Ford T modelo 1924. El nombre no es casual ni tomado a la ligera: así se llamaba la abuela de Julio Dupont, ideólogo, organizador, conductor y máximo responsable de la aventura: “El Loco del Ford T”, como suele presentarse.

Desde que tiene uso de razón estuvo vinculado a los autos antiguos y, en especial, a esa marca y modelo. “Desarmé muchos y armé pocos”, reconoce. Al final, encontró una manera de aunar su pasión por los fierros viejos y el amor a su abuela, y viaja cada vez que puede con el auto que lleva su nombre. Ya lo hicieron desde Córdoba, el año pasado, en una travesía por más de 7.300 kilómetros con otros Ford T, a través de caminos de asfalto y ripio, pasando por casi 80 poblaciones de todo el país.

La ruta los volvió a llamar. Esta vez, en un proyecto que parte desde su propio terruño y busca llegar hasta El Fin del Mundo, 3 mil kilómetros al sur; y desde ahí, si es posible, en una segunda etapa, cuando la ida del invierno haga más amigables los caminos, recorrer la ruta nacional 40 bordeando la cordillera de los Andes. Pero esa es una historia que se contará sola más adelante.

La de ahora, la inmediata, dice que todo comenzó el último martes bien temprano en Algarrobo. Julio y Haydée remontaron la ruta nacional 22 hasta el Salitral de la Vidriera para luego virar hacia el sur y dejarse llevar, con la idea de llegar a Ushuaia en algún momento. La primera noche, la única que tiene clara y definida en su cronograma, se hizo en Pedro Luro.

Después, la bitácora de viaje se va dividiendo en etapas, como la Entrada en la Patagonia, pasando por Carmen de Patagones, Viedma y Las Grutas; Ballenas y Mar, recorriendo Sierra Grande, Puerto Madryn, Trelew y Rawson; Viento Patagónico y Kilómetros Eternos, haciendo escalas en Camarones, Rada Tilly y Comodoro Rivadavia; Ruta Petrolera y Estepa Infinita, atravesando Caleta Olivia, Jaramillo y Puerto Deseado; Puertos Históricos, con Puerto San Julián, Comandante Luis Piedra Buena y Río Gallegos, para cruzar el Estrecho de Magallanes y llegar -por fin- al parque nacional de Tierra del Fuego.

El viaje no lo hace solo. Horas antes de su partida, se sumó una baquet Ford A, también centenaria, y una camioneta extra para la asistencia mecánica. Además, todo lo que ocurra en el viaje se mostrará en la página de IG @elviajedehaydee.

Como se dijo, no hay fechas ciertas. Cada pueblo puede ser un desvío, una distracción o una oportunidad. Un Ford T de más de 100 años en ruta y el loco que lo maneja es una rareza que pocos van a querer perderse. La travesía se puede seguir a través de las redes sociales e incluso se ha hablado con los municipios de los distintos sitios que atravesará. En Villarino, sin ir más lejos, el viaje fue declarado de interés municipal. En Ushuaia ya está todo listo para su llegada, sea cuando sea.

“La idea es ir contando lo que vamos viviendo, subir un video en vivo día a día mostrando lo que está pasando en el camino: hay muchísimas cosas para contar entre el viaje, el arreglar el auto, el estar con la gente. También queremos hablar con gente que tenga o haya tenido un Ford T, para que nos deje anécdotas y recuerdos”, señala.

Julio cuenta que, después de la travesía de los 7.300 kilómetros, ya no es necesario para él conducir el auto durante todo el viaje hasta el Fin del Mundo. Lo importante, aclara, “es que llegue Haydée, no yo al volante”.

El auto lleva el nombre de la abuela escrito en el frente, sobre la parrilla, en letra cursiva blanca, resaltando sobre el negro de la pintura. Hasta consiguió armar, con ayuda de gente de Córdoba, una suerte de hornito que en la década de 1920 se ubicaba sobre los escapes del auto y permitía cocinar con el calor del motor. “Todos los mediodías vamos a mostrar cómo cocinamos con el escape del auto; hay un montón de locuras que fueron saliendo a medida que planificamos”.

La velocidad es otro tema: según sus cálculos y experiencia, Haydée alcanza los 60 kilómetros por hora. “Sí, se desarma un poco, pero lo vuelvo armar después”, bromea.

“El drama más grande, tal vez, sea para las ruedas con los pozos que puede haber en el camino. Tal vez en un vehículo moderno no traiga consecuencias, pero en un auto de hace más de 100 años trae sus consecuencias, lo mismo que bajar a la banquina. Pero es parte del desafío -señala-. No tengo drama ni prejuicio de estar toda la noche arreglando algo para seguir con cumpliendo mi sueño”.
Julio no quiere hablar de tiempos, pero sí los tiene calculados; al menos, tiene un estimativo. Si no ocurre nada raro, su idea es antes de fin de mes llegar a Tierra del Fuego y, después, dejar a Haydée en Río Gallegos para comenzar en octubre con su nueva locura: la ruta 40, de sur a norte.

“Vamos a esperar que pase un poquito la época de la nieve y cuando ya esté terminando, vamos a empezar a subir la 40. Nos oxigenamos en todo sentido y salimos nuevamente a viajar. Es como un vicio: ya no es pensar el viaje, ya no es la llegada; disfruto muchísimo la travesía y las historias de vida que me pasan con el Ford T”, asegura.


En nombre de la abuela Haydée

La pasión de Julio por los fierros antiguos en general , y los Ford T en particular, viene de familia.

Su abuela paterna Haydée, la que lo crió hasta que cumplió siete años, es la que le inculcó esa pasión. Ella siempre le contaba que a sus 20 años, en la década de 1930, viajaba sola en un Ford T desde Nicolás Levalle para ir a ver a su novio.

“Ella recordaba que le ‘bajaba el bigote’ al auto -NdR: se denomina así por las palancas al volante que funcionaban como acelerador y avance del encendido- y viajaba sola en caminos vecinales a visitar a mi abuelo”, recuerda.

Esa memoria la llenaba de orgullo. La historia de Haydée manejando y viajando sola por aquellos años en los caminos rurales de Villarino lo marcó a fuego. Tal es así que decidió darle su nombre a su Ford T 1924.

“Estaba orgullosa de haber hecho eso. Y yo pensé que el mejor nombre para homenajear al auto era Haydée, que es la persona que además de inculcarme la pasión, marcó muchas cosas en mi vida”, dijo.

Julio recuerda que en su casa “siempre hubo un Ford T”.

“Compramos muchos, desarmé muchos y armé pocos; soy El Loco de los Ford T, por la  pasión de que me pasó mi abuela”, explica.