Bahía Blanca |

Bahía Blanca |

Bahía Blanca |

Sarita Cappelletti: de las aulas a los escenarios, siempre con música

De aquella niña whitense a la maestra de canto que dejó su huella en miles de alumnos. Una historia de vocación, rebeldía, sensibilidad y amor por enseñar.

Fotos: Rodrigo García-La Nueva.

Los recuerdos de Sarita empiezan con una canción. Para ella, la infancia tiene sonido de mandolina, tangos silbados, viejos discos y voces que llegaban desde la radio. También tiene el aroma de la cocina de sus abuelos y la imagen de una niña que encontraba en la música una forma natural de expresarse.

Nació el 8 de noviembre de 1942, en su propia casa de Ingeniero White, como era habitual en aquella época, con una partera que llegó a domicilio. Se tomó su tiempo para llorar y puso nerviosos a sus padres, Luis Humberto Cappelletti y Élida Brígida Di Lorenzo. Ella, con el humor que la caracteriza, recuerda aquella demora como una de sus primeras “jugarretas”.

Fue la primera nieta y, además, tuvo un privilegio que marcaría su infancia, porque la casa de sus abuelos estaba pegada a la suya. Allí pasaba buena parte del tiempo junto a Alfonso Carmelo Di Lorenzo y Graciana Di Lorenzo.

Su abuelo, el “nono”, era serenatero, tocaba la mandolina, componía y tenía otra gran pasión, la cocina. En esa casa también había lugar para la ópera y para largas horas de escucha frente a un antiguo tocadiscos o una radio capilla.

La música, entonces, no apareció de golpe. Estaba allí, alrededor suyo, como parte natural de la vida cotidiana.

Y hay un recuerdo que Sarita conserva especialmente, ya que cuando tenía poco más de un año ya cantaba “El sueño del pibe”, una de esas canciones que quedaron asociadas para siempre a su infancia.

A los cinco años comenzó a acercarse al piano. Una tía, Dorita Scotti, profesora de música, vivía en la casa lindera y tocaba el armonio en la iglesia, en casamientos y celebraciones. Sarita observaba todo con una curiosidad que parecía no tener límites.

La subían a un taburete y empezaba a “orejear”. Tocaba pequeñas melodías sin partituras, descubriendo de oído aquello que para ella era un universo completamente nuevo.

“Mi padre también alimentaba ese vínculo con la música. Era un apasionado de los tangos y pasaba buena parte del día silbándolos. Entre mi abuelo materno (Alfonso), mi tía y mi papá, fui absorbiendo sonidos, melodías y formas de entender la música”, recordó Sarita con encanto y su habitual sonrisa.

Pero la escuela no siempre logró despertar el mismo entusiasmo.

“Pasé por la Escuela Nº 15 y luego por el Sarmiento, aunque mi inquietud y mi facilidad para aburrirme, porque ya conocía los contenidos, hicieron que mis padres, incluyendo a mi mamá, buscaran alternativas. Yo misma, muchos años después, describí aquella personalidad como una forma de ‘viajar’ cuando algo dejaba de interesarme”, relató.

La imaginación, en cambio, a Sarita nunca le faltó. En el patio de su casa armaba su propio mundo.

“Con unas sillitas, un pizarrón que me había construido mi papá y, junto a los alumnos imaginarios, jugaba a ser docente y creaba también mi propia música”, contó emocionada.

La enseñanza apareció así incluso antes de convertirse en profesión; primero como juego, fantasía y una manera de inventar mundos.

Su relación con el estudio musical tampoco fue demasiado convencional.

“De chica tuve clases particulares, pero encontraba rápidamente la forma de escapar de aquello que consideraba aburrido. Si la profesora me dejaba algunos pentagramas y se iba a tomar mate con su madre, yo hacía mi propia versión de las obras”, aseguró.

“Hacía la gran ‘Charly’. Como Charly García en sus primeros años frente a las obras clásicas, aprendí algunos compases y después improvisé hasta llegar al final. No fui una virtuosa ni una alumna excepcional, pero sí tuve y tengo una curiosidad persistente y una capacidad para encontrar caminos propios”, afirmó.

En la escuela secundaria podía llevarse materias y no ser precisamente la estudiante ideal. Pero había un lugar donde se transformaba y esos momentos eran los actos escolares.

“Ahí era una ganadora, allí tocaba. Era mi momento, el escenario. Incluso el pequeño escenario de un acto escolar parecía ser el lugar donde todas mis inquietudes de la infancia finalmente encontraban sentido”, remarcó.

Con el tiempo, esa personalidad atrevida y perceptiva también le permitió abrirse camino en el mundo de la música.

“Cuando quise llegar al Conservatorio Superior de Música ‘Manuel de Falla’ entendí que no bastaba solamente con estudiar; había que preguntar, presentarse, insistir y saber dónde golpear las puertas”, apuntó.

Quizás esa sea una de las claves de su historia. Mucho antes de pensar en una carrera musical, ya había aprendido a escuchar.

“A escuchar a mi abuelo con la mandolina, a mi padre silbando tangos, a mi tía frente al armonio, a la radio y a los viejos discos. Y, sobre todo, a escucharme a mí misma”, repitió con orgullo.

La música como puente entre generaciones

La historia de Sara Cappelletti no termina en aquel piano de su infancia. Al contrario, allí comienza un camino que la llevaría durante décadas por las aulas de Ingeniero White y que tendría como protagonistas a miles de adolescentes.

“En 1967 comencé a trabajar en la Escuela Mosconi. Era el 7 de agosto y quedaba apenas a dos cuadras y media de mi casa. Llegaba ‘con la lengua afuera’ (risas), pero pese a la distancia era costumbre llegar corriendo”, sintetizó.

Para entonces ya había encontrado en la enseñanza un lugar donde combinar dos de sus grandes pasiones, la música y el vínculo con los demás.

En 1968, mientras todavía transitaba su formación, comenzó también a dar clases en la Escuela Normal, donde había estudiado. Y en 1971 llegó a La Técnica de Ingeniero White, que junto con el Mosconi se convertiría en una de sus grandes referencias profesionales.

“Durante más de cuarenta años pasé por esas instituciones y por muchas otras escuelas de la zona. Con el tiempo, llegué a enseñar en 13 establecimientos educativos en forma simultánea y por mis clases deben haber pasado unos 45.000 alumnos o más”, recordó.

La cifra impresiona, pero cuando habla de ellos no los recuerda como una estadística, sino por sus nombres, sus historias y, muchas veces, por lo que terminaron haciendo después.

“Entre mis exalumnos hay figuras que trascendieron en distintos ámbitos, como los basquetbolistas Hernán Montenegro y Juan Ignacio ‘Pepe’ Sánchez. También músicos como Nora Rocca, ‘Tito’ Peralta, Daniela Rossi, guitarrista radicada en Londres, y Franco Grimoldi, entre otros”, aseveró.

Pero si algo distingue su manera de mirar aquella trayectoria es que nunca redujo la enseñanza musical a aprender una canción o reconocer una melodía.

“La clase tenía que ser un espacio de participación. Sentaba a mis alumnos en círculo, proponía juegos y llevaba música de todo tipo. Una película podía ser el punto de partida para una conversación; una obra clásica podía convivir con una canción popular. Incluso les proponía escuchar cinco temas y clasificarlos según sus propios gustos y argumentos”, resaltó.

“En tiempos en que los teléfonos celulares eran vistos como una distracción dentro del aula, yo los convertí en una herramienta. Los dejaba utilizar auriculares para escuchar diferentes piezas sin interrumpir la clase. Después tenían que explicar qué habían escuchado y por qué lo habían elegido”, subrayó.

“Claro que esa experiencia no siempre fue bien recibida por mis colegas. Estaba convencida de que, utilizados de otra manera, esos dispositivos podían ‘abrir la cabeza’, estimular la imaginación. Esa mirada innovadora nos hacía más cercanos y nos abría a todos para el diálogo”, dijo.

Cuando sonaba el timbre, muchas veces no se iba inmediatamente. Se quedaba ordenando los materiales, guardando un grabador o, simplemente, disponible para quien quisiera acercarse.

“Era el momento del ‘te escucho’. ¿Qué te pasa? Contame. ‘No te vi bien hoy’, le decía a quien veía desconectado. Ese instante era una especie de momento sagrado para mis estudiantes y para mí, porque yo me nutría de ellos”, expresó.

Sara asegura que aprendió muchísimo de los adolescentes y hasta reconoce que se lleva mejor con ellos que con los adultos. Le atrae esa incertidumbre propia de una edad en la que cada día puede aparecer una historia diferente.

“Es todo un cuadro, una pintura que no sabés con qué te encontrás”, aseguró.

“Tuve la oportunidad de reencontrarme con generaciones enteras. Le enseñé a hijos de antiguos alumnos y, en ocasiones, les mostré a esos padres videos de sus propios hijos trabajando en clase”, contó.

Durante la reforma educativa de la década del 90, la reorganización de las escuelas hizo que su recorrido se ampliara todavía más. La Técnica comenzó a recibir alumnos provenientes de distintas escuelas primarias, al igual que el Mosconi. Su trabajo se extendió por White y sectores cercanos. Y Sarita siguió yendo.

“Sin camioneta (risas), pero con una energía única. Nunca tuve miedo de caminar por los barrios, y eso que algunos daban miedo, ni de encontrarme con mis exalumnos. Muchas veces me esperaban, me saludaban por mi nombre o me acercaban una torta frita, jajaja. Esos gestos tienen un enorme valor”, sentenció.

La música también le permitió tender puentes allí donde había rivalidades.

“Una vez pude reunir a alumnos del Mosconi y de la Técnica, dos escuelas que siempre mantenían cierta competencia. Organicé un espectáculo en el puerto, un encuentro artístico en el que participaron estudiantes de ambas instituciones. Fue, en cierto modo, otra forma de enseñar, de demostrar que la música podía hacer convivir mundos diferentes”, se emocionó.

Y cuando las herramientas no alcanzaban, Sara salía a buscarlas.

“Entre 2017 y 2018 le escribí al Ministerio de Educación para solicitar instrumentos de percusión. La respuesta llegó y llegaron materiales para distintas instituciones, entre ellas la Escuela 17 y la Técnica. Con ellos armé pequeñas bandas de percusión”, dijo.

“Mis alumnos, entusiasmados, querían tocar, participar, hacer ruido, ocupar el escenario. Y yo los dejaba. Escucharlos cuando cantan, aunque desafinen; dejarlos experimentar, permitirles discutir una canción. Descubrir qué pueden hacer cuando alguien confía en ellos. Fueron de los momentos más felices de mi vida”, recalcó.

El día en que una escuela entera salió a despedirla

Le habían dicho que tenía que ir a la Escuela Nº 3 porque un alumno había hecho una travesura y necesitaban que interviniera. Un remis la llevó hasta allí, pero antes de llegar dio una vuelta. Cuando Sara bajó y abrió la puerta de la escuela, entendió el engaño.

“Estaban esperándome. Los alumnos formados, como una guardia de honor, sostenían cartas con mensajes, mis colegas y las porteras, con quienes tenía la costumbre de llegar y compartir unos mates antes de comenzar la jornada. Fue grandioso”, reveló.

El año 2018 marcaba así el final de una larguísima etapa frente a las aulas, pero no el final de su vínculo con la música.

“No me quedé quieta. La música es parte de mi vida cotidiana y también una manera de mantenerme activa. Conversando una vez con Oscar Colombo (neurólogo), recibí una explicación que me llevó a pensar en mi relación con el piano. Tocar exige que las dos manos trabajen de manera diferente y coordinada, mientras intervienen simultáneamente distintas capacidades”, dijo.

“Por eso sigo tocando, interpreto obras de otros, compongo canciones y compuse himnos para escuelas, entre ellos los del Mosconi y otras instituciones educativas. Obras que quedaron registradas y grabadas”, aseguró.

De a poco, la docencia comenzó a compartir protagonismo con otra faceta, la gestión cultural.

“Tuve un ciclo en Ferrowhite, un taller en La Siempre Verde y trabajé durante años en el Museo del Puerto, donde los domingos encontraba una especie de terapia”, sostuvo.

“Mi relación con La Siempre Verde, además, tiene una raíz familiar. El lugar me conecta con mi padre y con aquella tradición fomentista que también heredé de él. Incluso después de mudarme a Bahía seguí vinculada durante años a la Sociedad de Fomento de Ingeniero White”, contó.

Hoy reconoce que su relación cotidiana con White es diferente. Hace tiempo que no va con la misma frecuencia y llegar hasta allí implica organizar un traslado.

“El vínculo permanece en la memoria y en las personas que conocí. En pandemia, cuando las restricciones me obligaron a quedarme en casa, empecé a dar clases por Zoom. Mis alumnos preparaban las clases virtuales como si fueran a actuar y las propuestas eran buenas. Realicé videos con mis estudiantes para el Día del Niño y el Día de la Familia, y hasta produje trabajos para compartir a través de las plataformas digitales y del Teatro de Ingeniero White”, resaltó.

Piazzolla, el piano y la rebeldía

Entre los músicos que más admira aparece Astor Piazzolla. No solamente por su carácter rebelde, sino por haber entendido que el tango no podía permanecer detenido en una época.

“Piazzolla transformó el género sin desprenderlo de su melancolía y de su identidad”, sintetizó.

También siente una particular identificación con el trabajo de la mano izquierda, que considera uno de sus puntos fuertes como pianista.

“¿Mi repertorio personal? Uff… Es amplio, pero no se limita a una sola corriente. Me gusta Rachmaninoff, Shostakóvich, Rimski-Kórsakov y Chaikovski… Y los blues, porque ‘yo soy blusera’; el folklore y la voz de Mercedes Sosa, a quien admiro mucho”, repasó.

"También escucho a Héctor Roberto Chavero (Atahualpa Yupanqui); Soda Stereo y el ‘Polaco’ Goyeneche, entre otros”, manifestó.

Entre los artistas que formaron parte de su recorrido Sara también menciona a los hermanos Del Cerro, Rosana Soler y Eduardo del Gobbo.

Un legado que no entra en un diploma

A lo largo de su trayectoria recibió siete reconocimientos como Ciudadana Ilustre y múltiples distinciones de real valía. Lo cuenta sin solemnidad y hasta con una cuota de incredulidad.

“Mi reconocimiento está en mis alumnos que todavía me recuerdan, en las escuelas que conservan alguna canción mía, en los músicos a los que acompañé”, subrayó, dejando para lo último la mención de que el camarín del Teatro Municipal de Ingeniero White lleva su nombre.

“Hoy tengo tres ciclos culturales en el Café Histórico. ‘Mirada de Mujer en las Huellas del Arte’, dedicado a cantantes mujeres de la ciudad; ‘Porque se nos canta’, una propuesta que lleva su sello irreverente y descontracturado; e ‘Historias para ser Cantadas’. Todas bellísimas”, aseguró.

La familia, las raíces

Cuando habla de su familia, Sarita lo hace desde una mezcla de humor, afecto y cierta nostalgia.

Su familia y sus raíces forman parte de una historia que aparece una y otra vez en sus recuerdos, como sus padres, sus abuelos, su hermana y quienes la fueron acompañando las distintas etapas de su vida.

Hoy, además, conserva un vínculo cercano con sus sobrinos, Agustín e Itatí Real, hijos de su hermana Alicia.

"Agustín (casado con Daniela y padre de Constantino y Eva) estudió Ciencias Políticas, es docente de la UBA y escribió un libro. Itatí, en cambio, heredó de su madre Alicia la habilidad manual. Es profesora de inglés y está casada con Juan, a quien conoció desde muy chica, porque fueron compañeros de banco en el jardín de infantes. Ellos tienen una hija (Victoria)", resaltó.

Una historia todavía por escribir

A Sara todavía le queda un proyecto pendiente, que es escribir su propio libro. Alguna vez compró un cuaderno grande y comenzó a intentarlo, pero la cantidad de historias, recuerdos e ideas que lleva consigo le hizo difícil encontrar un punto de partida.

“No sé por dónde empezar, pero lo seguiré intentando”, admitió entre risas.

Quizás, después de una vida dedicada a enseñar, acompañar, crear y escuchar, ese sea el próximo escenario que todavía le queda por habitar.

Mientras tanto, hay algo que sí le pesa y son las barreras de accesibilidad que le impiden asistir a teatros, bibliotecas y espacios culturales donde están sus amigos y colegas.

Pero incluso con esas limitaciones, conserva la misma actitud que la acompañó siempre, que es seguir buscando la manera de estar presente.

Sumate a la conversación. ó Registrate
Iniciaste sesión como Cerrar sesión