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Fentanilo: ¿fue la banalidad del mal?

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Por Dr. Daniel Fainstein

El caso del fentanilo contaminado interpela a la medicina, a la administración pública y a la filosofía. No corresponde a este texto establecer responsabilidades penales; esa tarea pertenece a los jueces. Sin embargo, sí corresponde preguntarnos cómo es posible que, en sistemas creados precisamente para proteger la vida, se produzcan hechos de consecuencias tan devastadoras.

Hannah Arendt acuñó la expresión “la banalidad del mal” al observar que algunos de los peores desastres de la historia no fueron necesariamente obra de monstruos, sino de personas comunes que dejaron de ejercer el juicio crítico y sustituyeron el discernimiento por la obediencia al procedimiento, la rutina administrativa o la indiferencia burocrática.

Conviene detenerse en una precisión esencial. Cuando Arendt habló de la «banalidad del mal» no quiso decir que el mal fuera banal. El daño puede ser inmenso, irreparable y trágico. Lo banal puede encontrarse en el modo en que ese mal llega a producirse: no necesariamente mediante una voluntad deliberadamente perversa, sino a través de personas comunes que dejan de pensar críticamente sobre sus actos, cumplen procedimientos, obedecen, postergan decisiones o se refugian en la función que les ha sido asignada.

La banalidad no está, entonces, en las consecuencias del mal, sino en la renuncia al juicio que puede hacerlo posible. Y es precisamente allí donde aparece el discernimiento: como la capacidad de detener la rutina, reconocer las relaciones y anticipar las consecuencias humanas de nuestros actos y omisiones.

La pregunta, entonces, no es únicamente jurídica. Es médica. Es ética. Es filosófica. ¿Puede una cadena de omisiones, expedientes, firmas demoradas, controles insuficientes o decisiones aplazadas terminar produciendo un daño inmenso sin que ninguno de sus protagonistas haya deseado ese resultado? Si así fuera, ¿estaríamos frente a una expresión contemporánea de aquello que Arendt llamó la banalidad del mal?

Los procedimientos y los controles son indispensables en cualquier sistema sanitario. El problema comienza cuando su cumplimiento reemplaza al juicio sobre sus consecuencias. El discernimiento es la capacidad de reconocer relaciones antes de actuar. Cuando esa capacidad desaparece, la burocracia deja de ser un instrumento del bien común y comienza a transformarse en un mecanismo autónomo, donde el procedimiento reemplaza a la responsabilidad. El expediente adquiere más importancia que el paciente; el reglamento, más que la vida humana. Quizá allí resida la verdadera tragedia. La burocracia administra información; el discernimiento asume sus consecuencias.

¿Fue la banalidad del mal? Tal vez esa sea una de las preguntas más importantes que esta tragedia deje a la medicina argentina. Cualquiera sea la respuesta judicial, ninguna institución sanitaria puede cumplir verdaderamente su misión si el discernimiento deja de ocupar el lugar que le corresponde. Porque controlar no consiste solamente en completar procedimientos: consiste en comprender qué puede ocurrir con una vida humana cuando esos procedimientos fallan.